Nueve razones habituales por las que los padres gritamos a nuestros hijos y cómo podemos evitarlo

Nueve razones habituales por las que los padres gritamos a nuestros hijos y cómo podemos evitarlo
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¿Crees que últimamente tienes menos paciencia que antes? ¿Gritas a tus hijos con frecuencia o sientes que pierdes los nervios con mayor facilidad?  Todos hemos pasado por momentos así alguna vez, aunque en los últimos meses es probable que estos episodios se hayan acrecentado.

Te explicamos cuáles son las razones por las que los padres gritamos a nuestros hijos y qué está en nuestras manos hacer para educar sin gritos.

En primer lugar, recuerda: no es tu hijo quien te hace gritar, eres tú

Seguro que en más de una ocasión le hemos dicho a nuestros hijos frases como "¡me estás poniendo nervioso!", "¡me enfadas!","¡estás agotando mi paciencia!", "¡haces que grite!"... Pero lo cierto es que los únicos responsables de nuestro estado emocional somos nosotros mismos, y no es justo echar la culpa a los demás sobre cómo nos sentimos.

Es decir, cuando gritamos a los niños no lo hacemos porque no nos hagan caso, no nos escuchen o nos desobedezcan, sino que nuestra actitud y forma de reaccionar depende únicamente de nosotros. De ahí la importancia de tomar conciencia cuando sintamos que vamos a perder los nervios, alejarnos de la situación, respirar y reflexionar antes de hablar.

Los padres estamos agotados físicamente y mentalmente

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Los padres solemos notar un mayor cansancio físico y mental a estas alturas del año. Las causas son variadas, aunque destacan sobre todo la sobrecarga laboral, los problemas de conciliación familiar y las obligaciones de nuestro día a día, que van poco a poco haciendo mella y desgastando.

Por otro lado, cuando tenemos niños pequeños también solemos acusar una mayor falta de sueño, así como otras preocupaciones relacionadas con su educación, su salud o su crianza que se hacen un hueco en nuestra mente de forma atronadora.

Con semejante carga física y mental es lógico y comprensible que nos sintamos agotados y en un momento dado "saltemos" con nuestros hijos. Pero puesto que el contador de nuestra paciencia no se reinicia cada 1 de enero, cada uno de nosotros hemos de buscar la mejor manera de "equilibrarnos" mentalmente y descansar.

Eso sí, es importante que ambos progenitores estemos en las mismas condiciones, de manera que debemos darnos apoyo y sostén (por ejemplo, turnándonos en el cuidado de los niños cuando las noches son complicadas, repartiendo la carga mental, involucrándonos por igual en la crianza de los hijos...) y buscar también apoyo fuera cuando sea necesario.

Esto nos permitirá no solo tener tiempo para nosotros mismos, sino también para nuestra pareja, lo que repercutirá de forma positiva en nuestro estado anímico y, por tanto, en el bienestar de nuestros hijos.

La fatiga pandémica

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Pronto se cumplirán dos años desde que la pandemia por coronavirus arrasó con nuestro modo de vida. En todo este tiempo hemos vivido meses de estricto confinamiento y medidas restrictivas, hemos aprendido a lidiar con la incertidumbre, y nos hemos visto obligados a adoptar una "nueva normalidad" que dista mucho de la que conocíamos antes.

Lógicamente, todo esto acaba pasando factura a nivel emocional.

Es por eso que los expertos insisten en buscar ayuda profesional si de un tiempo a esta parte te sientes más preocupado, angustiado, triste o sufres episodios de estrés, insomnio o ansiedad. Lamentablemente, la situación que estamos viviendo no va a mejorar de hoy para mañana, por lo que es necesario cuidar nuestra salud mental para sobrellevar mejor esta nueva realidad y seguir con nuestra vida de la mejor forma posible.

No en vano, la propia OMS ya alertaba hace unos meses sobre este tema y publicaba una serie consejos (algunos dirigidos especialmente a madres y padres) para afrontar la pandemia y los cambios de vida que ha traído consigo.

Queremos que los niños sigan nuestro ritmo

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Los adultos vivimos en un mundo de prisas. La vorágine del día a día, las responsabilidades en las distintas parcelas de nuestra vida y los imprevistos que siempre surgen nos acaban engullendo de forma atronadora, obligándonos a activar el 'piloto automático' desde que nos levantamos y hasta que nos acostamos.

Y así, día tras día sentimos que el tiempo se nos escapa entre los dedos sin ser apenas conscientes de ello, y con la frustración de no poder abarcar tanto como desearíamos. Aunque el problema surge cuando trasladamos esas prisas y esa vida acelerada a nuestros hijos.

Los niños, que viven el aquí y el ahora, que necesitan tiempo para desarrollar sus diferentes habilidades, y que no entienden de prisas ni estrés, se ven de pronto engullidos por los gritos exigentes de los adultos para que hagan las cosas cuando nosotros queremos, sin tener en cuenta que su ritmo de vida es completamente diferente al nuestro.

No es fácil bajar el ritmo para adaptarlo al de nuestros hijos; pero cuando tomamos conciencia de la importancia de ser más pacientes con ellos, todo cambia a mejor.

Somos demasiado exigentes con nosotros mismos

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Otra razón por la que gritamos a nuestros hijos podría estar en las expectativas que a veces nos marcamos los padres, y que distan mucho de la realidad.

Las redes sociales tienen parte de culpa en el hecho de que nos impongamos expectativas en ocasiones inalcanzables.

No en vano, son varios los estudios que se han publicado acerca de cómo las redes sociales pueden afectar a la confianza de las madres y los padres, así cómo mermar nuestra autoestima, generar inseguridad y provocar culpabilidad al sentir que no estamos a la altura de las imágenes idílicas que observamos.

Sin duda, estos aspectos pueden llegar a generar un gran estrés entre los progenitores, que no consiguen ser esos "padres perfectos" que cosen espectaculares disfraces, hacen repostería casera o viajan con sus hijos a sitios idílicos.

Esta presión autoimpuesta se mezcla con el estrés laboral y los problemas de conciliación, pudiendo llegar a afectar al clima familiar, y más concretamente a la relación con los hijos.

Nos cuesta relativizar

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Al hilo de lo anterior, no está de más hacer de vez en cuando un ejercicio de reflexión y pensar: ¿qué cosas podemos hacer para simplificar nuestra vida diaria? ¿Hay tareas que podamos flexibilizar y reorganizar, no solo con el fin de tener más tiempo libre sino de evitar conflictos familiares?

Y es que muchas veces imponemos a los niños ciertas cosas que realmente no son necesarias en ese momento, o que si no se llevan a cabo no va a pasar nada. Por ejemplo, ¿qué pasaría si un día nuestro hijo no se quiere bañar? ¿Qué ocurriría si una tarde no tiene ganas de recoger sus juguetes? ¿Qué sucedería si un día cenáramos media hora más tarde de lo habitual porque el peque no quería irse del parque?

Evidentemente siempre debemos marcar a los niños unos límites, pero dentro de esos límites habrá algunos que puedan negociarse en un momento dado o incluso flexibilizarse para conseguir un mejor clima familiar y evitar tensiones y gritos.

Nuestros hijos no nos hacen caso

Los padres que suelen gritar a sus hijos explican que lo hacen porque si no los niños no les hacen caso y, por eso, aunque no les guste, se "ven obligados".

Pero la razón es que ellos mismos, con su pérdida de control, han enseñado a los niños a hacer caso solo cuando se les gritan, ya que hablándoles en un tono normal no parecen tomar en serio a la otra parte.

Sin embargo, si creemos que nuestro hijo no nos obedece, y sentimos que tampoco parece escucharnos cuando le hablamos, la manera de hacernos entender no es gritando, sino explicando el mensaje con palabras sencillas, repitiéndolo las veces que haga falta con paciencia, amor y respeto, consensuando límites y dándoles autonomía para tomar sus propias decisiones, siempre que esto sea posible.

Tenemos los gritos interiorizados como forma de educar

Otra de las razones por las que les gritamos a los niños es nuestra propia infancia. No siempre, pero en muchos casos nosotros también recibimos gritos, palabras duras y exigencias por parte de nuestro entorno familiar, pues el estilo educativo autoritario era propio de entonces.

Esto ha hecho que hayamos normalizado (e incluso justifiquemos) muchas de estas conductas. Con ello no estamos excusando los gritos, sino explicando por qué al tener interiorizada esta forma de educar, en  momentos de tensión, cansancio o enfado gritamos a los niños.

En resumen...

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Tras gritar a nuestros hijos, los padres nos sentimos mal. Muy mal. Al menos a mí me pasa, porque sabiendo que los gritos son dañinos para los niños, ¿qué padre o madre no se siente culpable después?

Pero aunque conocer las principales razones por las que gritamos no nos excusa ni justifica, sí que nos puede ayudar a tomar conciencia del problema y tratar de evitarlo. Todos queremos lo mejor para nuestros hijos, y solo reflexionando sobre aquello que podemos mejorar, podremos dar una mejor versión de nosotros mismos.

Fotos | iStock, Pexels

En Bebés y Más | El 70% de los progenitores afirma sentirse agotados por el esfuerzo diario que les supone intentar ser 'padres perfectos' para sus hijos

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