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No es tu hijo quien te pone nervioso o te enfada, eres tú: por qué no debemos responsabilizar a los demás de nuestras emociones

No es tu hijo quien te pone nervioso o te enfada, eres tú: por qué no debemos responsabilizar a los demás de nuestras emociones
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Seguro que en más de una ocasión le hemos dicho a nuestros hijos frases como "¡me estás poniendo nervioso!", "¡me enfadas!","¡estás agotando mi paciencia!", "me pones muy triste cuando haces eso"... Pero lo cierto es que los únicos responsables de nuestro estado emocional somos nosotros mismos, y no es justo echar la culpa a los demás sobre cómo nos sentimos.

Por eso, y aunque es comprensible que en un momento dado podamos perder los nervios y la tensión nos haga decir este tipo de cosas, es fundamental hacer un ejercicio de reflexión y responsabilizarnos de nuestras propias emociones, pues es la base de una relación positiva y respetuosa con nuestros hijos.

Por qué no debemos responsabilizar a nuestros hijos de nuestras propias emociones

Ante una situación que nos desborda es muy fácil caer en el error de culpar a los demás de ello. Pero no hacernos cargo de nuestras propias emociones tiene graves consecuencias, especialmente si arrojamos la responsabilidad de cómo nos sentimos sobre nuestros hijos.

Por un lado, estamos delegando en los demás nuestro estado emocional. Es decir, nos sentimos nerviosos, tristes, enfadados, irritados... porque "otros nos hacen sentir así" y "nosotros no podemos hacer nada para evitarlo". Sin embargo, este pensamiento nos convierte en individuos pasivos y a merced de los demás, ya que para sentirnos bien necesitamos que sean otros quienes cambien su forma de actuar o pensar, como si nosotros no tuviéramos el control de nuestras propias emociones.

Pero reflexionemos: ¿es así como queremos sentirnos realmente? ¿Queremos ser esclavos emocionales de las actuaciones y pensamientos de otros? Y sobre todo, ¿es ese el ejemplo que queremos dar a nuestros hijos?

gestión emocional

Por otro lado, si responsabilizamos a nuestro hijo de nuestro estado emocional le estamos dando poder para manejar nuestras emociones como quiera, además de hacerle sentir mal al verter sobre él la culpa de cómo nos sentimos. Todo ello repercutirá en su propia gestión emocional, y crecerá haciéndose responsable de los sentimientos de quienes le rodean, con la carga tan grande que esto implica.

Así pues, responsabilizarnos de nuestras emociones, saber controlarlas y comunicarlas de forma respetuosa es el primer paso a la hora de educar a nuestros hijos en inteligencia emocional, pues nuestro ejemplo es clave.

Y es que el niño que crece en un hogar en el que los adultos no son capaces de responsabilizarse y gestionar sus propias emociones, no tendrán referentes para aprender a desarrollar correctamente su inteligencia emocional y cognitiva, y todo ello acabará repercutiendo en su felicidad y en la forma de afrontar los problemas en su vida adulta.

Un ejemplo práctico

teletrabajo

Para entender mejor la situación y analizar cómo podemos enfrentarnos a ella, vamos a poner un ejemplo práctico, sencillo y cotidiano que probablemente nos resulte muy familiar en estos momentos que estamos viviendo.

Estamos teletrabajando en casa mientras nuestro hijo corretea y juega alrededor. Nuestro nivel de ansiedad empieza a crecer, pues tenemos que entregar un informe importante en menos de dos horas y no logramos concentrarnos más de cinco minutos en la tarea. Así que de pronto estallamos, y de malas formas le decimos que "se esté quieto porque no nos deja concentrarnos", "nos pone nerviosos" y "por su culpa estamos haciendo las cosas mal o nos hemos equivocado".

Es lógico y humano sentirnos así ante la presión derivada de esta difícil situación, pero si nos paramos a reflexionar nos daremos cuenta de que es injusto culpar a un niño, que juega ajeno a las preocupaciones de los adultos, de nuestro estado emocional y de los fallos que estamos cometiendo.

Siete claves que pueden ayudarte a gestionar la situación

  • En primer lugar no te culpes si la escena te resulta familiar. Todos podemos estallar en un momento dado y decir cosas sin pensar en las consecuencias, pero sacar "el látigo de la culpa" no va a ayudarnos. Así pues, enfoquémonos en cómo podemos mejorar en el futuro.

  • En segundo lugar, si sientes que vas a estallar, respira hondo y echa mano de herramientas que te ayuden a calmarte, pues solo desde la calma podrás dialogar de forma respetuosa y positiva, y buscar soluciones a la situación que estás viviendo.

  • Hazte responsable de tus propias emociones, siendo consciente de ellas, aceptándolas y aprendiendo a gestionarlas. No es un ejercicio fácil, pero hacerte responsable de lo que sientes es fundamental para lograr tu propio bienestar.

  • Ponte en el lugar de tu hijo y sé consciente de que no hace las cosas para fastidiarte, irritarte o entristecerte. Solo es un niño haciendo cosas de niños (jugando, saltando, riendo...), y sus actitudes y comportamientos son completamente independientes a ti. Este ejercicio te permitirá separar los pensamientos y actuaciones de los demás, de tus propias emociones.

  • Analiza qué está en tu mano hacer para sentirte mejor anímicamente. Volviendo al ejemplo anterior, plantéate aspectos como: "¿puedo trabajar en otro horario en el que haya más silencio en casa?", "¿es posible posponer para otro momento esa tarea que requiere de mi máxima concentración?"...

  • Comunica a tus hijos cómo te sientes, pero cambiando tu lenguaje. Así, en lugar de echarles la culpa por tu nerviosismo, dirígete a ellos de forma respetuosa y pídeles su colarboración para solventar la situación: "estoy nerviosa porque para concentrarme en la tarea necesito silencio" (estás expresando cuál es el detonante de tu estado emocional) "¿Se os ocurre cómo podéis ayudarme a conseguirlo?" (si son más pequeños, les ofreceremos nosotros mismos varias alternativas que requieran de su concentración y silencio para que elijan la que más les guste)

  • Pero aunque hayamos controlado esta situación puntual, es importante reflexionar sobre cómo nos sentimos de manera habitual y cuáles son nuestras reacciones ante determinadas emociones. Así pues, si perdemos los nervios con frecuencia, nos enfadamos a menudo o estallamos culpando a los demás de cómo nos sentimos, es necesario averiguar cuál puede ser la causa de nuestro estado emocional, e incluso pedir ayuda profesional si lo necesitamos.

Fotos | iStock

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