Por qué sigo acurrucando a mis hijos, aunque casi no quepan en mi regazo

Por qué sigo acurrucando a mis hijos, aunque casi no quepan en mi regazo
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Es indiscutible que los brazos de mamá y papá son el mejor refugio para los niños. Nuestros brazos les proporcionan calma, cobijo, seguridad y protección; les ayudan a conciliar el sueño, les consuelan y les aportan bienestar cuando más lo necesitan.

Nadie duda de la importancia de acunar a un bebé (a pesar de que todavía hay quien sigue creyendo que los brazos "malacostumbran"), pero a medida que nuestros hijos van creciendo es necesario que les continuemos ofreciendo nuestros brazos, pues a pesar de verlos mayores,

Por qué me siento feliz de que mis hijos se hayan 'bienacostumbrado' a mi regazo

Cuando nació mi primer hijo jamás dudé un segundo en llevarle en brazos, portearle y sostenerle siempre que me lo pedía o lo necesitaba. Acurrucarle contra mí me ofrecía paz y felicidad, pero lo más importante es que él se calmaba y se sentía sostenido.

Cuando nació mi segunda hija, lejos de dedicarle mis brazos en exclusiva y "animar a mi primogénito a volar solo, como hermano mayor que era" (frase que a menudo escuchaba de otras personas y que iba totalmente en contra de mis principios), mi regazo se hizo más grande.

Así, era fácil verme sentada en el sillón acurrucando a mi bebé con un brazo, mientras que con el otro abrazaba y acariciaba a mi niño. Recuerdo que en aquellos momentos lo único que deseaba era que el tiempo se parara para poder saborear por siempre aquella inmensa felicidad que me invadía.

Luego llegó mi tercer hijo, y con él mis brazos y mi regazo se expandieron todavía más. ¡Y es que es increíble el amor tan grande que es capaz de albergar una madre, y cómo el corazón se ensancha ilimitadamente a través de los abrazos!

Acciones cotidianas como ver una película los cuatro juntos o leer un cuento, siempre tenían lugar sobre mis piernas. Cada uno se acurrucaba como podía, buscando un hueco junto a mí y sus hermanos y esperando que le rodeara cálidamente con mi brazo.

Cuando llegaba la noche, nuestro momento favorito era acurrucarnos todos en la cama, dándonos calor y besos por doquier sin importar el qué dirán.

¿No os parece maravilloso el poder sanador y mágico de los abrazos? ¡Confieso que a mí me sigue fascinando!

Pero mis brazos no solo estaban abiertos para ellos cuando nos relajábamos, reíamos o disfrutábamos del tiempo juntos, sino especialmente cuando las cosas se torcían o parecían inciertas.

Así por ejemplo, cuando alguno de mis hijos se caía en el parque, mis brazos le calmaban enseguida. Si el día en el cole no había sido bueno, un ratito en mi regazo y todo parecía solucionado. Si la fiebre empezaba a rondar, nada como acurrucarse contra mi pecho para sentirse mejor. Si la ira o la rabia hacían de las suyas, mis abrazos la aplacaban...

Y así fue como poco a poco me di cuenta de que mis hijos se habían "bienacostumbrado" a mis brazos, y entonces me sentí feliz y tremendamente satisfecha.

Porque para una madre, no hay sentimiento más maravilloso en el mundo que tener la certeza de que sus hijos acudirán a ella cada vez que lo necesiten, porque solo ellos son capaces de sentir la fuerza y el efecto de sus brazos.

La importancia de nuestros brazos, también en la adolescencia

Durante estos 13 años de maternidad, mis brazos han acogido las risas de mis hijos, sus lágrimas, su malestar, su felicidad, sus miedos, sus dudas, sus momentos de alegría... Y durante 13 años han sabido dar respuesta a cualquier necesidad que han manifestado.

Hoy, mi hijo mayor ya es un adolescente, pero me sigue necesitando igual que siempre, aunque ya no quepa en mi regazo y nos tronchemos de la risa cada vez que se sienta sobre mis rodillas con sus pies tocando el suelo.

Pero ese momento de conexión diario que tengo con él no lo cambio por nada del mundo, y mi mayor deseo es que podamos seguir acurrucándonos juntos durante muchos años más; hasta que a él le apetezca.

Porque ahora, en plena adolescencia, se que mis brazos son el lugar más seguro, real y sincero que mi hijo va a encontrar.

Porque en la adolescencia, cuando todo cambia a una velocidad vertiginosa, cuando las emociones se vuelven un poco locas y cuando muchas de las cosas que creías conocer se tornan de pronto inciertas, es necesario tener una guarida a la que acudir que te aporte calma, sosiego y luz.

No dejes de sostener a tus hijos en tu regazo

Es por todo ello que me gustaría darte un consejo, de madre a madre: no dejes de sostener a tus hijos en tu regazo, aunque ya no sean bebés. No te dejes influenciar por los comentarios de la gente y haz que tus hijos se "bienacostumbren" a tus brazos.

Porque por mucho tiempo que pase y muy pesados que los sientas sobre tus rodillas, ellos siempre te van a seguir necesitando, pues no hay nada que no calme o solucione el cálido y sincero abrazo de mamá o papá.

Foto de portada | iStock

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