"¡Castigado a la clase de los pequeños!": por qué creo que no es una buena forma de corregir el comportamiento de un niño en el colegio

"¡Castigado a la clase de los pequeños!": por qué creo que no es una buena forma de corregir el comportamiento de un niño en el colegio
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El otro día, una madre amiga mía me comentaba que su hijo de cuatro años había pasado dos horas en la clase de los niños de tres años "por portarse como un bebé". Por desgracia, no es la primera vez que alguien me cuenta este tipo de cosas y confieso que no puedo evitar sentir una mezcla de compasión y enfado.

Enfado, porque lo miremos por donde lo miremos, enviar a un niño a un curso inferior con el fin de corregir su comportamiento es dañino y humillante, y por supuesto no le va a ayudar a mejorar.

Y compasión, porque para que el maestro acabe haciendo algo así debe sentirse completamente sobrepasado y sin recursos para ayudar y sostener emocionalmente a ese niño, que claramente está llamando la atención ante una necesidad que no está siendo cubierta.

Hoy me gustaría reflexionar sobre este asunto, e intentar desgranar qué siente el niño cuando es castigado a "la clase de los pequeños". ¿Es esta la mejor forma de corregir un comportamiento? ¿Qué podemos hacer los adultos?

¿Qué es "portarse como un bebé"?

educación

Las expresiones "portarse bien" o "portarse mal" las utilizamos con demasiada frecuencia cuando nos referimos al comportamiento infantil.

Por lo general, los adultos solemos considerar que un niño "se porta bien en clase" cuando se está quieto, callado, se sienta correctamente en su silla, hace sus deberes y sigue el ritmo de la clase sin distraerse.

A medida que los niños crecen van aprendiendo estas normas e incorporándolas a sus rutinas diarias en el aula, aunque con más o menos esfuerzo dependiendo de su carácter y sus necesidades.

Además, ya entienden que ciertos comportamientos como interrumpir al profesor, pelearse con el compañero o gritar en el aula suponen una falta de respeto a otras personas, por lo que saben que no deben hacerlo.

Pero cuando hablamos de niños en edad preescolar (niños menores de cinco o seis años), debemos tener en cuenta dos cosas:

  • Por un lado, que su cerebro es sobre todo emocional, por lo que no podemos pedirles que razonen de la forma en la que los adultos lo hacemos.
  • Por otro lado, los niños no nacen con las normas sociales aprendidas, ni entran al colegio sabiendo hacer todo lo que presuponemos que deben hacer. Poco a poco, con educación, paciencia y cariño, irán comprendiendo las consecuencias que sus actos tienen en los demás y en el devenir del ritmo de la clase.

Así pues, es más que probable que el niño pequeño grite en el aula,  interrumpa el ritmo de la clase levantándose de la silla o "chinchando" al compañero, estalle en una rabieta, no mantenga su atención durante mucho tiempo...

Pero eso no significa que se esté "potando mal" o "actuando como un bebé", y por supuesto, no considero que su comportamiento deba ser castigado (de hecho, ya sabemos que los castigos no sirven para educar).

Enviar al niño a un curso inferior es una forma de castigo

Los padres de nuestra generación fuimos educados con autoritarismo, tanto en casa como en la escuela. Así, cuando un alumno "se portaba mal" en clase se quedaba sin recreo, se le expulsaba fuera del aula, se le ponía de cara a la pared o era enviado al despacho del director (recomiendo la lectura de este artículo sobre los castigos y estrategias disciplinarias que se aplicaban hace algunos años).

Con el tiempo, estas formas de castigo han ido evolucionando, y aunque muchas veces ya no se emplea la palabra "castigar", a mi juicio sigue siendo lo mismo.

Esto sucede, por ejemplo, cuando el profesor envía al niño al "rincón o silla de pensar", cuando aplica el "tiempo fuera" o cuando le manda a un curso inferior porque considera que su comportamiento puntual no se corresponde con la edad que tiene.

Pero el niño que se encuentra en estas situaciones (en las que además, es expuesto y juzgado públicamente delante de otros compañeros y profesores), lejos de aprender o reflexionar sobre lo que ha hecho para no volverlo a hacer (que es lo que los adultos pretendemos que haga), experimenta el efecto contrario.

En este sentido, lo más probable es que niño sienta humillación, confusión ("¿qué hago yo en el aula de niños de tres años, si ya tengo cuatro?"), desorientación, enfado, vergüenza, ridículo, sensación de revancha, rebeldía, hostilidad...

En definitiva, el castigo aplicado no le ayudará a aprender ni a asimilar su error para no volverlo a cometer.

La educación emocional en las escuelas es clave

educación emocional

Pero aunque a los padres nos duela este tipo de situaciones, es necesario entender que los maestros no tienen la culpa, pues al igual que hacemos nosotros, ellos también tratan de educar a los niños de la mejor manera posible.

Además, en la mayoría de las ocasiones se encuentran desbordados por las ratios (20 niños, o incluso más, para una sola persona son muchos niños) y sin recursos emocionales para atender de manera individualizada a sus alumnos con el tiempo y la dedicación que merecen.

Por fortuna, cada vez más colegios están tomando conciencia de la importancia de educar a los alumnos desde un punto de vista emocional.

Así, recursos positivos como 'el tiempo fuera positivo', 'el frasco de la calma' 'la caja de las emociones',  técnicas de respiración o relajación, mindfulness, la resolución conjunta de los problemas o las preguntas de curiosidad, ayudan al niño a conectar consigo mismo y con quienes le rodean.

Esa "conexión", pertenencia y validación de las emociones va a aportar al niño la confianza, seguridad y autonomía que necesita para reparar sus errores y aprender de ellos, al tiempo que crece como persona y ve fortalecida su autoestima.

¿Qué hacer si no estoy de acuerdo con la actuación del colegio?

tutoría con el profesor

Si como madre/padre te has sentido identificado con alguna de las situaciones descritas en el ámbito escolar, te animo a planteárselo a los  profesores de tu hijo desde el respeto, la empatía y las ganas de ayudar.

Porque familia y colegio debemos remar juntos en la misma dirección buscando siempre lo mejor para el niño.

Entiende que, como nos ocurre a todos, es fácil que en un momento dado un profesor estalle, se quede sin recursos o no sepa cómo actuar, aunque lógicamente eso no implica que debamos callarnos ante situaciones que consideramos inapropiadas.

En este sentido, explica al maestro cómo se ha sentido tu hijo, lo que te ha transmitido o cómo te has sentido tú, escucha lo que tenga que decirte y buscad juntos soluciones alternativas y respetuosas para corregir y educar al niño desde el respeto y el amor.

Fotos | iStock

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