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Los castigos en grupo no corrigen el comportamiento (solo hacen que los niños odien el colegio)

Los castigos en grupo no corrigen el comportamiento (solo hacen que los niños odien el colegio)
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Estar a cargo de una clase siempre causa estrés a los profesores que están empezando. También es una de las razones más comunes por las que los profesores están dimitiendo.

Por eso, no es sorprendente que los profesores recurran a métodos como los castigos para cambiar el comportamiento problemático de sus estudiantes, ya que aparentemente resultan efectivos.

Los castigos colectivos son uno de estos métodos. El castigo colectivo en un colegio es cuando se castiga a un grupo de estudiantes, por ejemplo la clase entera, o incluso el curso, por los actos de unos pocos.

Un ejemplo de este tipo de castigo podría ser cuando los profesores quitan tiempo del recreo o de la hora de comer si una clase se ha portado mal, o cuando se le prohíbe a todo el colegio jugar en el patio porque está demasiado sucio o desordenado.

Aunque se usa el castigo colectivo, es injusto y además poco probable que mejore el comportamiento de los niños, así que ¿por qué sigue siendo aceptable en la mayoría de políticas de departamentos educativos?

¿Por qué usa la gente el castigo colectivo?

El castigo colectivo parece ser inmediatamente efectivo en lo que se refiere a conseguir la obediencia de los alumnos. Por ejemplo, hacer que todo el curso recoja basura en vez de tener tiempo libre, probablemente conseguirá que el patio esté limpio, y que al día siguiente haya menos basura.

Todos los castigos dependen de la idea que la experiencia impuesta por el profesor será lo suficientemente desagradable para condicionar a los estudiantes a alterar su comportamiento en el futuro.

Los conductistas usaron este método de manera exitosa por primera vez con ratas y otros animales en 1960. Después estas estrategias de alteración de comportamiento se adoptaron en clases y se siguen utilizando a día de hoy.

Igual que la idea del castigo individual para modificar el comportamiento, el castigo colectivo se considera más efectivo ya que incorpora el factor de la presión de grupo. Los castigos colectivos reducen la responsabilidad de los profesores y la ponen sobre el grupo, haciéndoles responsables de imponer sanciones sociales.

A nadie le gusta el niño que les quita la hora de la comida.

Otra razón por la que profesores pueden optar por el castigo colectivo es, irónicamente, para promover la unidad de la clase. La idea es que al hacer que todo el grupo sea responsable por los actos de un individuo, el grupo entero estará más unido.

Esto es una estrategia común en deportes y el ejército. En una clase, la teoría es que la clase entera podría unirse, y actuar de manera más responsable en el futuro.

¿Por qué es una mala idea el castigo colectivo?

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Aunque puede que inicialmente los niños reaccionen bien a este tipo de castigo, y obedezcan, hay dos razones principales por las que se debería abandonar esta estrategia. Primero, es moralmente cuestionable, y segundo, es poco probable que promueva comportamiento positivo a la larga.

La idea de que un grupo sea responsable por los actos de un individuo está fundamentalmente en contra con las teorías de responsabilidad en las sociedades modernas de occidente. Legalmente y moralmente, cada persona es dueña de sus acciones, y tiene que aceptar las consecuencias de estas acciones individualmente.

A un nivel más básico, no es razonable castigar a un niño por los actos de otro. Estas dos preocupaciones morales no serían aceptables en la sociedad, así que ¿por qué deberían serlo en el ambiente escolar?

Segundo, ahora hay pruebas claras de que los castigos no producen el efecto deseado y no mejoran el comportamiento problemático.

De hecho, la investigación sugiere que las respuestas punitivas, en realidad empeoran el comportamiento problemático de los estudiantes. Un estudiante normalmente se porta mal cuando se sienten desconectados, y este sentimiento de desconexión puede venir de sentirse excluido de sus compañeros y profesores.

La presión negativa de grupo asociada con el castigo colectivo crea la posibilidad de agravar esta exclusión social, empeorando la desconexión de este alumno.

No es difícil imaginar que podría darse el mismo caso con estudiantes a los que se les castiga por algo que no han hecho.

¿Qué otra opción tienen los profesores?

Los profesores normalmente utilizan este método del castigo colectivo cuando los estudiantes están molestando, por ejemplo cuando están hablando todo el rato, distrayéndose, tirando basura, o hablando fuera de turno.

Este comportamiento ocurre cuando los alumnos no están prestando atención porque están desconectados, y lo primero que pueden hacer los colegios es promover la participación.

La participación mejora el sentimiento de pertenecer, hace que se lo pasen bien en clase, y que crezca el valor que asocian con la educación.

Maneras de promover la participación incluyen la priorización del bienestar individual de los estudiantes, el diseño de las clases de manera explícita para que resulten interesantes, y crear un ambiente de aprendizaje seguro y agradable. Si un estudiante quiere estar en el colegio, es mucho más probable que se porte bien.

Métodos pedagógicos como el diseño de aprendizaje universal (que incluye dar a los estudiantes varias maneras de obtener conocimientos), o el aprendizaje basado en la experimentación (donde se ayuda a los estudiantes a descubrir lo que aprenden), y cultivar un clima escolar inclusivo y positivo, puede resultar en menos comportamientos que vengan de la desconexión.

Cuando este tipo de comportamiento ocurre, los profesores tienen que implementar estrategias que no desconectan aún más a los estudiantes, como recordatorios de las reglas, o charlas en bajo. Estas estrategias deberían estar hechas a la medida de los estudiantes individualmente para afrontar las causas subliminales de su comportamiento- que puede ser algo fuera del control de los estudiantes.

Después de todo, es posible que la razón detrás del mal comportamiento fuese un castigo previo.

Autor:

  • Jeffrey Thomas, Profesor de Gestión del Comportamiento, Universidad de Tasmania

Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation. Puedes leer el artículo original aquí.

Traducción | Alba Alonso

Fotos | Todd Trapani | Samer Daboul

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