“Mamá, me aburro”. Esa frase que en verano parece convertirse en un eco constante en muchas casas. Dicha con voz arrastrada, mientras tu hijo te mira desde el sofá, con la camiseta arrugada y los juguetes a medio recoger.
Y tú, entre un bostezo y una lavadora, buscas ideas, recursos, actividades, talleres, excursiones… lo que sea para que el aburrimiento no lo engulla. Pero… ¿y si te dijera que ese “me aburro” es justo lo que necesita? Porque aburrirse también puede ser positivo.
Niños que se aburren, y lo bueno de hacerlo
Vivimos en una época en la que los niños (y los adultos) tienen estímulos constantes al alcance de la mano. Juegos, pantallas, actividades dirigidas, horarios repletos. Y sin embargo, el aburrimiento aparece.
Porque el aburrimiento no es falta de cosas por hacer: es una llamada interna a hacer algo diferente, algo propio, algo significativo.
Y sí, es incómodo. No lo neguemos. Los adultos también lo evitamos. Pero en la infancia, el aburrimiento es un lugar fértil desde el que puede brotar la creatividad, la exploración y la autonomía.
Un día, en pleno julio, Clara —ocho años— se sentó frente a su madre y le dijo: “Estoy muy aburrida”. Su madre, cansada de proponer planes, simplemente le dijo: “Pues es tu aburrimiento, haz algo con él”. Media hora después, Clara había construido una cabaña con sábanas y sillas, organizado una función de marionetas y reciclado una caja de zapatos en una casa de muñecas.
Claro que esto no siempre pasa ni es tan idílico, a veces cuesta encontrar "algo que hacer". Pero cuando sucede, no es magia: es biología y desarrollo.
Qué ocurre en el cerebro cuando los niños se aburren
Cuando un niño dice que se aburre, está activando algo fundamental: su red neuronal por defecto. Esta red cerebral, según los estudios de la neurocientífica Mary Helen Immordino-Yang (University of Southern California), se activa cuando no hay una tarea específica y está relacionada con la introspección, la imaginación y la construcción del yo.
Más aún: un estudio publicado por Mann y Cadman (2014) en la revista Creativity Research Journal demostró que las personas que experimentan aburrimiento en un entorno sin distracciones tienden a desarrollar más ideas creativas posteriormente.
Así que sí, aburrirse puede ser justo lo que necesita el cerebro infantil para conectar consigo mismo, reorganizar lo aprendido y generar nuevas ideas.
La trampa del verano hiperestimulado
El verano ha pasado de ser un espacio vacío y libre a un calendario alternativo: colonias, cursos intensivos, talleres, clases de repaso, visitas culturales. No es que todo eso sea malo, al contrario.
Pero cuando llenamos cada hueco de actividad, dejamos sin aire la posibilidad de descubrir el mundo desde el juego libre, el descanso y la propia iniciativa. Y caemos en el riesgo de sobreestimular a los niños.
Muchos niños llegan a septiembre cansados de vacaciones. Otros han aprendido que su tiempo libre no les pertenece: siempre hay alguien que les organiza, les dirige, les salva del vacío...
¿Y si en lugar de llenar su verano de “cosas”, les diésemos algo mucho más valioso? Espacio. Tiempo. Silencio. Ocio desestructurado.
Cómo sostener el aburrimiento (sin agobiarse)
No se trata de dejar a los niños desatendidos. Se trata de acompañar el aburrimiento sin necesidad de resolverlo (o al menos, no todo el tiempo). De confiar en que ese espacio incómodo se transformará —con tiempo y repetición— en algo nuevo. Un dibujo. Un juego inventado. Un mundo interior.
Aquí van algunas ideas para "no hacer nada"… pero hacerlo bien:
- Nombrar el aburrimiento sin miedo: “Veo que estás aburrido, es normal”.
- Resistir la tentación de llenar el hueco: No hace falta proponer nada. Solo estar.
- Observar sin intervenir: A menudo, en 15 minutos, algo ocurre.
- Aceptar que a veces el aburrimiento lleva al descanso. Y descansar también es necesario.
Aburrimiento en la infancia: a veces necesario
El aburrimiento es un estado emocional con mala fama, porque es lógico que genere incomodidad, pero a la vez es profundamente necesario. No es vacío: es posibilidad. Y tampoco es pérdida de tiempo: es una oportunidad para hacer algo con eso.
Permitamos a los niños vivir veranos con ratos de nada, aunque sean solo ratos. Porque en ese “nada”, hay una semilla. Y el desarrollo emocional, la imaginación y el pensamiento creativo necesitan ese suelo para crecer. Sin prisas. Sin actividades dirigidas. Sin pantallas que tapen el hueco. Porque a veces, solo a veces, cuando un niño se aburre… empieza la magia.
Foto | Portada (Freepik)
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