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Chantaje emocional: las consecuencias

Chantaje emocional: las consecuencias
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Si aceptamos la premisa que he expuesto, que el chantaje emocional existe y se realiza hacia adultos y hacia niño, y que es una forma de violencia psicológica, entonces debemos preguntarnos cuales son sus consecuencias. Y es que el maltrato verbal también es violencia.

Consecuencias directas del chantaje emocional

Cuando se recurre al chantaje emocional se acompaña de expresiones comunicativas que van desde los gritos a los lloros, quejas, amenazas de abandono o de sufrimiento, de pérdida del amor. El objetivo, consciente o inconsciente, es hacer que la víctima modifique su comportamiento y se sienta culpable o temerosa por la persona a la que ama.

Es decir, el chantaje emocional tiene consecuencias directas: la víctima siente miedo, se siente humillada, se siente culpable y con baja autoestima. Nadie quiere hacer que sus hijos se sientan de esa manera y menos por su causa. Además, se puede lograr, seguramente, obediencia inmediata, pero la razón de la obediencia no es el convencimiento, sino el miedo. Tampoco nadie quiere que sus hijos se comporten bien por miedo.

Si recurrimos al miedo es porque no tenemos otras herramientas, pero podemos aprender a comunicarnos más positiva y empáticamente.

Consecuencias a medio y largo plazo

Quizá, además de la relación insana que sustenta el chantaje emocional habitual, olvidamos sus consecuencias a medio y largo plazo. Los niños aprenden de sus padres, de lo que hacen más que de lo que dicen. El sufrir chantaje puede influir en el futuro de los niños y su manera de relacionarse con otras personas.

Si un padre amenaza y chantajea el niño interioriza, incluso aunque sufra, que eso es legítimo y es una manera de expresar cariño o de lograr los objetivos, igual que cuando les pegan sus padres asumen que la violencia física hacia los más débiles es una manera legítima de lograr objetivos.

Si el chantaje emocional es algo habitual la víctima puede llegar a interiorizarlo tanto que ya no sea necesario hacerlo abiertamente. Basta una mirada, especialmente en público, para que la víctima ceda por temor al espectáculo y la humillación pública. Se controla desde dentro y cede sin lucha, pero el daño, en estos casos, es que ha sido tantas veces repetido que el resorte salta, como cuando usamos el conductivismo para educar a un perro, no hace falta llegar a la amenaza pues la víctima ha asumido su papel y se victimiza sin necesidad de la expresión externa de la amenaza.

El niño ha descubierto la indefensión aprendida y ese mecanismo puede condicionar sus relaciones futuras, pues el lenguaje de la amenaza y la reacción son interiorizadas y se repiten mecánimamente, hacia sus padres y quizá, hacia otros que los amenacen en el futuro.

La víctima como chantajista

Estos niños pueden estar abocados, si no tienen una enorme fuerza interior, a replicar el chantaje emocional en su entorno. No, no me refiero al bebé que llora porque necesita ser abrazado, o al niño que tiene miedo en la noche y reclama a sus papás a su lado, ni tampoco al que tiene un berrinche que es, más que chantaje, un desbordamiento emocional. Eso no es chantaje.

Me refiero a los niños que, en la escuela, manipulan y presionan a sus compañeros, les hacen acoso escolar, los humillan, se burlan de ellos o los coaccionan amenazándolos con revelar secretos vergonzosos.

Más adelante, cuando sean adultos, podrán usar el chantaje emocional para relacionarse con otras personas, con sus parejas o con sus propios hijos, o en el trabajo, pues han crecido descubriendo que se puede usar libremente, por lo que, deprenderse de ese reflejo, necesitará un profundo trabajo personal de crecimiento y aprendizaje de otras maneras de expresar la insatisfacción.

Eso no quiere decir que estemos condenados a repetir los errores de nuestros padres, sino que, para liberarnos, debemos trabajar intensamente, reconocer que eso lo hicieron mal aunque nos amasen, y que podemos hacerlo de otra manera.

O incluso, y eso si sucede, a los que chantajean a sus padres, diciéndoles que si no les compran algo ya no los van a querer, aunque, en este caso, sigo poniéndome del lado del niño, pues ellos, muchas veces, expresan sentimientos intensísimos de manera incorrecta, pero solamente si tenemos la autoridad moral de no hacer nunca eso nos podremos considerar figuras de referencia que les expliquen, sin castigos ni gritos, que esa no es la forma de expresar la infelicidad.

Comunicación positiva

Y es que en las familias sanas la autoridad se gana con el ejemplo y las decisiones, dentro de la capacidad de cada uno, se negocian y se hablan. Hablar de las normas y los límites, escuchando lo que todos tienen que decir, supone una buena base para la comunicación familiar, aunque sea evidente que los padres podrán tomar las decisiones. Si las cosas se hablan y, sobre todo, se explican y se es coherente, el niño entenderá mejor y no se sentirá un esclavo que debe obediencia ciega, a riesgo del castigo, a los adultos.

No siempre los niños cumplirán las normas. Lo primero que deberíamos hacer es ser capaces de cuestionarnos nuestras propias normas para entender si son coherentes, justas y adecuadas para el momento evolutivo del niño. Luego, tras una reflexión autocrítica, si las normas, que deberían incluir que la violencia no es una manera de relacionarse con otras personas, sean de la edad que sean, si el niño las viola, hay que recurrir a otras estrategias que no sean castigos, golpes, gritos ni chantaje emocional.

Lo que es malo hacia un adulto, es malo hacia un niño

El chantaje emocional hacia los niños es algo tan habitual que nos cuesta reconocerlo. Comencé estos artículos con ejemplos claros de como un adulto hace chantaje a otro.

Si nuestra pareja nos dijera que no nos querría si no nos damos prisa para vestirnos e ir al trabajo, si que no nos comamos todo lo que ha cocinado hasta no dejar ni una miga significa que no lo queremos, si nos dijera que o somos complacientes, bienhumorados o amables o se irá con la vecina del quinto, o que la vecina del quinto es mejor esposa que nosotras porque hace todo lo que su marido le pide, posiblemente nos dieramos cuenta de que hay algo que no funciona bien y, seguramente, mandaríamos a nuestra pareja a paseo.

Conforme. Pero si es a un niño al que sus padres le dicen que no lo querrán si llega tarde al cole, que no comerse todo significa que no es un buen hijo y les hace sufrir por su falta de consideración si deja algo en el plato, si lo comparan con el niño de la vecina famosa esta del quinto si no son obedientes, si están de mal humor, si lloran o se pelean, si, para terminar, afirman que van a cambiarlo por ese niño, o van a llamar la policía para que los meta en la cárcel o que van a quedarse sin regalos por ser malos niños, parece que es normal, aceptable, o, cuando menos, no tan grave si las mismas amenazas se hacen contra un adulto. Lo que es malo hacia un adulto, es malo hacia un niño.

Y es peor porque, al enseñarles que nosotros lo hacemos, les enseñamos a hacerlo y a repetirlo en el futuro con sus hijos, encandenándolos como un eslabón en la violencia emocional como forma de relación familiar. Creo que es hora de avanzar y aprender a reconocer y rechazar el usar el chantaje emocional hacia nuestros hijos.

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