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Criar sin azotes: Comunicación positiva (III)

Criar sin azotes: Comunicación positiva (III)
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Hablábamos en el tema anterior sobre que las necesidades de las personas se manifiestan a través de las acciones que realizan, y que aprender a identificarlas es la manera de lograr una comunicación positiva y empática.

Y quiero profundizar en esto. Las necesidades de los seres humanos no son solamente físicas, también, y con la misma importancia, son afectivas. Y para un bebé o un niño pequeño cubrir esas necesidades es tan importante como ser alimentado o estar limpio.

Las necesidades de los niños

Para un bebé esas necesidades emocionales se materializan en el contacto físico, que es como sienten nuestro amor. El amamantamiento es piel con piel, mirándonos a los ojos, entregados a un acto de amor íntimo que profundiza la comunión entre dos personas. Si damos leche artificial debemos esforzarnos en hacer igualmente maravilloso ese momento, para no dejar al niño sin la parte afectiva de la lactancia. Nada alimenta más que el amor. Nada es más importante.

Pero hay más cosas. Los niños van a necesitar nuestra presencia amorosa, consciente y entregada durante mucho tiempo. Eso no significa estar todo el rato haciendo monerías y saltando en torno a ellos. Es estar, ser completamente, y siempre estar disponibles, dándoles la seguridad plena de que sus demandas van a ser atendidas.

Obvio, habrá momentos puntuales en los que no podemos ponernos a jugar o a escuchar al niño. Pero son muy pocos, no es hablar por teléfono, chatear con el ordenador, pintarnos las uñas y ni tan siquiera cocinar en general.

Y cuando el niño sabe que siempre lo atendemos se siente respetado y escuchado, y de ese modo, también, aprende que cuando no podemos atenderle inmediatamente o le decimos que no puede hacer algo, lo hacemos por poderosos motivos. Confiará y aprenderá que cuando marcamos un límite esto no es abitrario ni egoista.

Los niños que fuimos

Cuando éramos niños posiblemente no fueron cubiertas nuestras necesidades emocionales y de atención plena. Los niños se acostumbran a ir detrás, a esperar, a callarse y a aguantar que sus necesidades de juego o compañía no sean prioritarias. Nosotros fuimos así. No es que no se atendieran las cosas básicas materiales o no nos quisieran, sino que crecimos con la frustración de no ser escuchados plenamente.

Y cuando a un bebé se le niega el contacto físico que pide o a un niño se le aparta cuando nos demanda sea por lo que sea, eso deja una necesidad no cubierta que demandará siempre algo con lo que llenarse. La inseguridad nace del desapego.

Todo ese vacío de la necesidad no cubierta, de la necesidad negada, termina arrastrándonos a buscar fuera cualquier cosa para llenar es agujero, dejando de nuevo, en nuestro frenesí, las necesidades de nuestros niños sin cubrir. Pero a la vez, solo el sanarnos es posible entregándonos plenamente a las necesidades de los niños.

Estar disponibles

Tirándonos al suelo cuando llorisquean o nos reclaman por nada, porque aunque no sepan expresarlo, esa es su manera de expresar que nos necesitan porque tienen miedo, necesitan ser amados totalmente, necesitan nuestra atención para estar bien. De todos modos, hablaré en otra ocasión con mayor profundidad de esta técnica de tirarse al suelo y lo que supone para introducir un cambio en la crianza y la relación con los hijos.

Dejar al lado todas esas ocupaciones y el ocio con el que llenamos el tiempo, lógicamente cuando sea posible, para sencillamente sentarnos a su altura y mirarlos estando disponibles, les calma, les devuelve la paz y pronto comienzan a dejar de ser tan demandantes. Y es que cuando un niño es excesivamente demandante es porque percibe nuestro deseo de alejarnos y de no ser solicitados.

Los bebés dependen hasta para moverse de los adultos. Luego, durante toda la niñez y la adolescencia, aunque vaya siendo más autónomo y seguro, el niño sigue necesitando enormemente a sus padres para entenderse y sentirse valorado y amado.

La importancia de la comunicación positiva para su futuro

La importancia de una comunicación sana, abierta y en positivo, sin juicios ni etiquetas, sin presiones ni chantajes, seguirá siendo fundamental durante toda la crianza.

La relación que tengamos con nuestros hijos y el “estilo” de comunicación que usemos, en realidad, marcará al hijo para siempre, condicionando en buena medida su manera de relacionarse con los demás, su manera de considerarse a si mismo y también, admitámoslo, la forma en la que va a querer seguir teniendo contacto con sus padres.

Si nuestra relación se basa en la autoridad y el miedo o simplemente en la lejanía emocional, va a ser complicado que el hijo adulto nos busque para estar placenteramente en nuestra compañía, compartiendo plenamente su vida y sus emociones. Es decir, usar la comunicación positiva va a tener un impacto en nuestras vidas y en las de nuestros hijos.

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