Compartir
Publicidad
Publicidad

¿En qué momento pierden los niños la capacidad de ser empáticos?‏

¿En qué momento pierden los niños la capacidad de ser empáticos?‏
Guardar
12 Comentarios
Publicidad
Publicidad

Los niños pequeños son seres tremendamente empáticos, viven las emociones a flor de piel y son capaces de ver el sufrimiento o el malestar en los demás y llegar a sentirlo también.

Seguro que muchos recordáis un anuncio en el que un niño africano lloraba y lloraba a cámara lenta y un niño rubito se ponía de pie, se acercaba a la tele y trataba de ponerle un chupete. Seguro que muchos habéis visto a algún bebé llorar porque ven a otro bebé llorar y seguro que os habéis sorprendido viendo a vuestro hijo llorar tras veros llorar a vosotras y hacer lo posible para volver a veros sonreír. Aquí es donde un adulto se da cuenta de cuánto tiene que aprender de los niños, que viven las emociones de una manera más pura que nosotros y que harían cualquier cosa por llevar la alegría ahí donde no la hay.

Sin embargo algo debe suceder en algún momento, porque no es difícil ver, por ejemplo, a niños de 3 y 4 años que pegan a otros sin apenas motivo y sin inmutarse por el llanto del otro o por su malestar. Por eso pregunto: ¿en qué momento pierden los niños la capacidad de ser empáticos?

Quizás alguien no ha sido empático con ellos

A estas alturas de la película sabemos todos que los niños aprenden más por imitación que por atender a nuestras palabras y por todos es sabido que, por desgracia para los niños, la mayoría de los adultos se sienten superiores a los niños y les tratan con menos respeto del que merecen o del que otorgan a otros adultos.

Hay padres que pegan a sus hijos, hay padres que no hacen caso de sus lágrimas y les dicen que “¡no llores, no es para tanto!”, “¡no llores que pareces un bebé!” o que simplemente omiten hacer ningún comentario ni contacto visual, como si el niño hubiera desaparecido de la faz de la tierra. También hay padres que gritan a sus hijos o que les tratan como a simples mascotas: “¡Te he dicho que no te acerques, que te quedes ahí apoyado en la pared!”, “¡que te calles ya, que me estás poniendo la cabeza como…!”, y otras frases bastante típicas que podrían servir como ejemplo.

En casos así, algunos niños aprenden que lo normal es utilizar cachetes para mostrar tu enfado, que lo normal es que en el llanto y el malestar la persona no reciba atención y que lo normal es que se utilicen gritos y humillaciones para conseguir que el otro se comporte de uno u otro modo, o para conseguir que deje de hacer algo. Es decir, inmersos en esa espiral de (mal)trato, los niños acaban creyendo que lo que reciben es lo normal y que eso es lo que ellos deben hacer con los demás (antes o después, siendo aún niños o cuando sean adultos).

Quizás no todos los niños interioricen estas premisas, pero sí es muy probable que aquellos que aprendan este modo de ejercer la autoridad hagan uso del modelo para aquellos momentos en que quieran conseguir algo. Quizás este sea uno de los motivos de que pierdan la empatía por los demás.

Promoviendo la competitividad

La sociedad en la que vivimos es tremendamente competitiva, tanto que muchos padres (y el mismo entorno) traspasan esta competitividad a sus hijos. Pronto aprenden que para ser bien visto deben hacer las cosas tal y como los demás esperan y que cuanto mejor lo hacen, más reconocimiento reciben. Entonces empiezan a aparecer situaciones en las que si un niño gana, otro pierde (“a ver quién acaba antes de comer”, “a ver quién se viste antes”, “a ver cuál corre más”, “a ver quién saca mejores notas”,...) y muchos padres caen en la competitividad con los hijos (“mira lo que hace mi hijo”), valorando siempre al niño según sus capacidades y motivando a aquellos que no son los primeros a tratar de serlos.

Entonces, si para que un niño gane el otro tiene que perder, los niños dejan de empatizar con la derrota o el fracaso de los demás, porque ellos han conseguido ser los primeros y eso es algo que los adultos valoran.

Quizás alguien no les ha enseñado a canalizar las emociones negativas

Hay niños que a medida que crecen, ante la imposibilidad de utilizar la comunicación verbal para expresar emociones como la rabia, la ira o el enfado hacen uso de la comunicación no verbal, es decir, del cuerpo, para mostrar ese malestar. Con esto me refiero a arañar, morder, empujar o pegar.

gritando

Estas conductas son difíciles de extinguir porque de igual modo que no saben expresar con palabras lo que sienten, no acaban de entender nuestras palabras cuando les decimos que están haciendo daño y que eso no debe hacerse.

Sin embargo nuestro trabajo como padres debe ser continuo y constante. Por una parte debemos tratar de anticiparnos para que en el momento en que vaya a hacer daño podamos detenerle. Entonces debemos hablar sobre su emoción: “veo que estás enfadado”, mostrar que le entiendes: “es normal, porque este niño te ha quitado tu juguete” y hablar sobre la conducta que iba a llevar a cabo: “pero no por eso le tienes que pegar, porque le haces daño… dile que es tuyo y que no quieres que te lo quite”, y juntos se le dice al niño esto mientras se recupera el juguete (o se soluciona el problema si es que tiene solución).

Sin embargo esto es un trabajo, como digo, constante y que requiere una presencia muy activa en las primeras relaciones de los niños con otros niños, y muchos padres, porque no saben o porque no quieren, no lo llevan cabo, dejando los actos de los niños en manos del destino: “son cosas de niños, no te metas, que lo arreglen ellos”.

No es que les falte algo de razón, pues los niños tienen que conseguir negociar y arreglar sus problemas (básicamente porque están aprendiendo a vivir y la vida es un compendio constante de elecciones, decisiones y negociaciones), sin embargo todo tiene un momento y una edad y, de igual modo que no dejamos que un niño vaya solo por la calle con dos años (pese a que tiene que aprender, con el tiempo, a ir solo), no podemos dejar a dos niños poco capaces de expresar emociones y sentimientos con la palabra, que solucionen sus diferencias con las manos. No podemos, porque si nadie modifica estos comportamientos y los niños ven que con ellos consiguen cosas, los fijarán como un método válido para conseguir las cosas.

Resumiendo

En resumen, se me ocurren estos tres factores que pueden ayudar a los niños a perder la capacidad de empatizar con otros niños, aunque como es muy posible que hayan más, dejo la pregunta en el aire por si a vosotras y vosotros se os ocurren más factores.

Si os preguntáis cómo actuar, mi respuesta es clara: no dejando pasar ni una. Si recordáis el estupendo documental “Pensando en los demás“ (si no lo habéis visto ya estáis tardando), ante una muestra de intolerancia y burlas en su clase, el profesor Kanamori, detiene durante varios días las clases y el temario para tratar algo tan serio como es el insulto y la pérdida de respeto.

Nosotros los padres debemos hacer lo mismo, no dejar pasar ni una, hablándolo con nuestros hijos tanto como haga falta, tratando el tema cuantas veces sea necesario e intentando mostrar que los demás sufren cuando se les pega o se les hace daño, además de explicar el típico “trata a los demás como te gustaría ser tratado”.

Foto | GerryT, Mdanys en Flickr
En Bebés y más | ¿Les enseñamos a pegar sin darnos cuenta?, Criar sin azotes: Comunicación en positivo (I), Niños sin límites

Temas
Publicidad
Comentarios cerrados
Publicidad
Publicidad
Inicio
Inicio

Ver más artículos