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Y Jon se fue a dormir solo a sus 6 años en el momento menos recomendable‏

Y Jon se fue a dormir solo a sus 6 años en el momento menos recomendable‏
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Si alguna vez habéis leído algunas de las entradas en las que he hablado de colecho sabréis seguramente que en mi casa hemos estado durmiendo siempre todos en la misma cama. Bueno, a decir verdad, por cuestión de espacio, tenemos dos camas, una de 1,50 con una pequeña al lado, para distribuirnos del mejor modo posible.

Hace casi dos meses nació nuestro tercer hijo Guim. Sé que dicen que si se planea hacer cambios importantes en casa deben hacerse unos meses antes o unos meses después del nacimiento de un bebé, para que los niños no asocien los cambios a la llegada del hermanito, pero ni cortos ni perezosos ofrecimos la posibilidad a Jon de irse a dormir a otra habitación. El resultado, el del título: Jon se fue a dormir solo a sus 6 años en el momento que suelen decir que es menos recomendable.

Todo empezó a los pocos meses de vida

Tenía Jon pocos meses y dormía en el moisés cuando las noches empezaron a hacerse más duras, mamando más a menudo y aguantando menos rato dormido. La suma de despertares empezó a hacer mella y, en vez de dejar al niño en el moisés tras mamar, como hacíamos habitualmente, nos dábamos cuenta horas después que nos habíamos quedado dormidísimos y que el niño había pasado la noche con nosotros (para nuestro horror y temor).

Pasaron los días y buscando un poco de información empezamos a darnos cuenta de que eso de colechar no parecía ser tan malo, no parecía ser tan peligroso, no era tan inusual, tenía mucha lógica y además dormíamos los tres mejor. Entonces decidimos darle pasaporte al moisés y hacer de nuestra cama el nido familiar. En ese momento nos convertimos en colechadores oficiales.

Y con el tiempo, todo cambia

Así pasaron los meses, con noches peores y noches mejores, durmiéndose siempre con el pecho de mamá y con varios despertares que se calmaban también con el pecho, hasta que un buen día, con 2 años, se quedó dormido sin la teta. Fue una casualidad de la vida, un “estábamos tumbados leyendo y me he dado cuenta de que respiraba fuerte”. A partir de ese día, empezó poco a poco a madurar su sueño, despertándose cada vez menos, hasta que llegó su hermano Aran.

Dudamos por un instante si debíamos hacer algo al respecto: “¿Lo sacamos antes de que nazca?”, “¿Esperamos a ver qué pasa?” y, poco amigos de forzar la situación, decidimos simplemente esperar. Llegó Aran y con él volvieron nuestros múltiples despertares, que tampoco afectaban demasiado a Jon, pues si el bebé lloraba más de la cuenta salíamos con él de la habitación.

Pusimos una cuna colecho para Aran que luego se transformó en la cama que tenemos ahora, nos reubicamos y así pasamos tres años más, durmiendo de izquierda a derecha: Pared – Aran – Mamá – Jon – Papá.

Hace casi dos meses nació Guim y volvimos a hacernos la misma pregunta: ¿qué hacemos? Cuya respuesta ya imaginaréis, “pues nada, a verlas venir”. Y eso hicimos. A los cuatro integrantes del club privado de las noches compartidas añadimos a un nuevo miembro, Guim, que entró con calzador, pero entró.

Como Aran tiene 3 años y aún se mueve mucho era arriesgado dejar a Guim a su lado, así que pusimos (idea de Mamá) una barandilla separando ambas camas, es decir, camas juntas, pero divididas. La cama de Aran se convirtió desde ese momento en un castillo desde el que nos veía a través de sus muros y él en un caballero valiente y fuerte, capaz de derrotar a los dragones más temibles. En ese momento pasamos a ser: Pared – Aran – Baradilla – Guim o Mamá – Mamá o Guim – Jon – Papá.

El problema venía cuando Guim quedaba junto a Jon, que se mueve mucho menos que Aran, pero que también podía darle algún golpe. Había que vigilar sus movimientos para que al girarse no estirase mucho el brazo, o para que no pusiese una pierna por ahí encima y el sujetarlo impidiendo sus giros, el despertarse algunas veces cuando se despertaba Guim y el cómo lo desplazaba yo al ir a la cama y ver que estaba en “mi sitio” acabó por hacer de sus noches unas no tan buenas noches.

Y un buen día, decidió “emanciparse”

No descansaba demasiado bien, había días en que le dolía la cabeza y a pesar de ello decía que quería dormir con nosotros. “Jon, haz lo que quieras, pero allí tienes dos camas en las que ni yo te tendría que sujetar ni el Guim te despertaría. Si quieres yo me voy contigo hasta que te duermas y luego ya te dejo”, le dije. Para mi asombro dijo: “Vale”, y esa noche fue la primera noche en que durmió solo, en la litera de arriba, sin mamá ni papá (estuve un rato con él, claro).

De esto hace ahora dos semanas y, aunque en el contrato había una cláusula que decía “si por la noche quiere ir a la cama grande de nuevo, puede hacerlo”, no ha venido ni un solo día. Es lógico, tiene seis años, pero nos ha encantado ver el proceso porque no hemos forzado nada, le hemos dejado elegir a él cuándo era el mejor momento, ha tenido en todo momento la posibilidad de deshacer lo hecho y, tan sólo un mes después de nacer su hermano, él ha preferido su habitación a seguir compartiendo cama con nosotros (algo apretadillos).

En momentos así me acuerdo de todas las voces que en estos seis años nos han recomendado que lo sacáramos de la cama porque “luego son niños dependientes”, porque “luego llegan a los 13 y aún siguen en la cama”, porque “no le dejáis madurar”, porque “seguirá creyendo que es un bebé”, etc.

A todos ellos: pediatras, enfermeras, maestras, amigas y amigos, conocidas y conocidos os dedico esta entrada. Jon se fue a dormir a su habitación con seis años, cuando él consideró que era mejor, sin una sola pesadilla por dormir sin papá ni mamá, sin sentirse jamás solo, sin una sola lágrima demandando nuestra presencia y sin paseos nocturnos inacabables.

En nuestro recuerdo quedarán para siempre los seis años que hemos compartido juntitos en la cama abrazados, calentitos, acariciándole, dándonos besos, despertando juntos, recibiendo alguna patada de más y algún puñetazo de más (todo hay que decirlo), pero tranquilos por tenerlo cerca y tranquilo por tenernos cerca.

En Bebés y más | Los bebés deberían dormir en la cama de mamá al menos hasta los tres años, Colechar con dos niños a la vez, “No lo metas en tu cama, que se acostumbra”, Elena Lordán: “Mi hijo ha decidido dejar de colechar con seis años”

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