Nuestros hijos algún día despegarán, pero siempre encontrarán cobijo en nuestros brazos

Nuestros hijos algún día despegarán, pero siempre encontrarán cobijo en nuestros brazos
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A pesar de que todavía hay gente que piensa que los brazos malcrían, en general, los padres sabemos que nuestros brazos son el mejor refugio para nuestros hijos, y mientras son bebés no dudamos en abrazarlos, achucharlos y besarlos sin condición.

Pero nuestros brazos son para nuestros hijos un lugar tan mágico, sanador y reconfortante que siempre deberían permanecer abiertos, con independencia de su edad.

Por eso, siempre les digo a mis hijos: "algún día despegaréis y alzaréis vuestro propio vuelo, pero recordad que siempre encontraréis cobijo en mis brazos".

Los brazos jamás malcrían, sino todo lo contrario

Cuando los bebés son pequeñitos, no son capaces de decirnos aún lo que sienten o necesitan. En esos primeros meses y años, el llanto es su principal forma de comunicarlo todo, desde sus necesidades físicas hasta las emocionales.

Sin embargo, hay algo que nos dejan claro desde el día en que llegan al mundo: los brazos son uno de los lugares más tranquilizantes, reconfortantes y seguros que pueden existir para ellos. Específicamente, los brazos de mamá y papá.

Lo que para nosotros puede ser un simple gesto de cariño, para ellos es literalmente el mundo entero. En nuestros brazos, un bebé se siente protegido, bien cuidado y sobre todo, amado. Los brazos le dan calidez, afecto y calma, convirtiéndose en una necesidad básica para crecer feliz.

A medida que nuestros hijos van creciendo, los beneficios que le aportan nuestros brazos se consolidan más y más. Para empezar, los abrazos refuerzan su autoestima, seguridad y confianza, y se convierten en su mejor refugio cuando algo les preocupa o inquieta.

Nuestros brazos enseñan a nuestros hijos que con independencia del comportamiento que puedan tener en un momento dado, lo importante para nosotros es atender sus necesidades emocionales de forma respetuosa y amorosa, siendo conscientes de que únicamente desde el cariño es posible corregir y educar.

Llegados a la adolescencia, los brazos de papá y mamá continúan siendo para nuestros hijos el único lugar certero en su mundo cambiante y desbordado de emociones. Son esa guarida a la que acudir en busca de calma, sosiego y luz, y ese lugar que les conecta con su "yo" infantil.

Pero muy especialmente, nuestros brazos son el trampolín que ayudará algún día a nuestros hijos a saltar y alzar su propio vuelo.

Porque un niño que se desarrolla bajo el cobijo de los brazos de sus padres, se acabará convirtiendo en una persona autónoma, segura e independiente; capaz de despegar sus alas con confianza y valentía cuando llegue su momento.

Por eso, me gustaría darte un consejo, de madre a madre: no dejes de abrazar y cobijar a tus hijos, aunque ya no sean bebés, y permite que se "bienacostumbren" a tus brazos para que crezcan felices, seguros y con la certeza de poder volver a ti cada vez que lo necesiten.

Foto de portada | Freepik

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