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"Vivir un nuevo embarazo con otro bebé en casa puede resultar muy complicado": así fue mi experiencia

"Vivir un nuevo embarazo con otro bebé en casa puede resultar muy complicado": así fue mi experiencia
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Cuando me quedé embarazada de mi tercer hijo mi niña mediana tenía tan solo 10 meses. Era una bebé que aún lactaba y colechaba con nosotros, que no caminaba ni hablaba, y que pedía con frecuencia estar en brazos de mamá, como cualquier otro bebé.

Había soñado con tener tres hijos antes incluso de convertirme en madre por primera vez, y por fin mi deseo iba a hacerse realidad. Pero de pronto sentí un miedo irracional por lo que se avecinaba, y miraba a mi bebita con una mezcla de sentimientos: ¿qué iba a pasar con ella? ¿Podría seguir prestándole la misma atención durante los nueve meses siguientes? ¿Cómo sería vivir un embarazo con otro bebé en casa?

Te comparto mi experiencia, miedos y preocupaciones.

Primer trimestre: una montaña rusa de emociones

Si tuviera que definir el primer trimestre de mi tercer embarazo diría que fue caótico, extraño, convulso, agridulce... Es curioso cómo la mente y las hormonas pueden aliarse para jugar malas pasadas.

Como decía al inicio, me quedé embarazada de nuevo cuando mi hija tenía tan solo 10 meses. Para mi marido y para mí era una noticia soñada y deseada desde siempre, pero tras sufrir varias pérdidas gestacionales y vivir dos embarazos anteriores de alto riesgo, nos habíamos hecho a la idea de que aquel tercer hijo probablemente nunca llegaría.

Así que cuando vi el positivo en el test, mi reacción inicial fue de máximo asombro, incredulidad y alegría desbordada. Pero a ese cóctel de emociones pronto se sumaron el miedo, la incertidumbre e incluso la culpa, pues miraba a mi bebita durmiendo sobre mi pecho y no podía dejar de preguntarme qué sería de ella a partir de ese momento.

Las hormonas hicieron de las suyas durante las primeras semanas, y combinaba episodios de euforia -en los que me visualizaba como una feliz madre de familia numerosa-, con momentos de gran ansiedad que me hacían verlo todo muy gris.

¿Habremos hecho lo correcto? ¿Podré seguir atendiendo a mi hija viviendo un nuevo embarazo de riesgo? ¿Será cierto eso que nos dice la gente de que "la hemos destronado demasiado pronto"?

Y es que si ya de por sí mi estado anímico era como el de una montaña rusa, tener que escuchar comentarios y opiniones hirientes, atrevidos o poco sensibles de quienes nos rodeaban, no hacían más que añadir leña al fuego.

En lo que al plano físico se refiere, no tuve ninguna molestia excepcional que no hubiera tenido en mis anteriores embarazos. De nuevo me tocó pincharme heparina para combatir mi problema de trombofilia, y dados mis antecedentes de contracciones tempranas por malformación uterina, mi médico me adelantó que probablemente sería necesario retirar el pecho a mi hija a partir del segundo trimestre de embarazo.

Aquella noticia la viví como si me tiraran un jarro de agua fría, pues estábamos disfrutando tanto de la lactancia que no me sentía capaz de destetarla. Pero la naturaleza me allanó el camino, y mi bebita decidió destetarse sola ante la bajada de producción provocada por el embarazo.

Segundo trimestre: todo comienza a rodar

El inicio del segundo trimestre marcó un antes y un después en mi estado anímico, pues pasé de vivir el embarazo bailando entre el miedo y la alegría, a ser plenamente consciente del maravilloso regalo que venía en camino.

Sin duda también influyó la mejoría física (cuando uno se encuentra bien físicamente, todo se ve de otro color) y el cambio notable que había experimentado mi hija a raíz de cumplir su primer añito.

La peque echó a andar casi el mismo día que sopló la vela de su tarta, y a partir de ese momento pasó de ser la bebé mimosa que siempre quería estar en brazos, a una niñita sumamente independiente y con ganas de comerse el mundo.

Tanto fue así que comenzó a mostrar un gran interés por abandonar la cuna colecho y dormir en una cama junto a su hermano mayor. Aquel importante paso nos facilitó mucho las cosas, pues confieso que una de mis grandes preocupaciones era cómo íbamos a organizarnos para dormir cuando el bebé llegara si mi hija continuaba haciendo colecho con nosotros. De nuevo, ¡otro tema más que se solucionaba por sí solo y de manera natural!

En definitiva, los cambios en su personalidad y la independencia que mi hija iba adquiriendo jugaron a mi favor, y aunque por una parte me apenaba que ya no me buscara a cada instante, por otra agradecí que así fuera, pues de este modo "la separación" que indudablemente íbamos a vivir cuando el bebé naciera no le afectaría tanto.

Tercer trimestre: la emoción de un sueño hecho realidad

Pero creo que no fue hasta que me adentré en el tercer trimestre del embarazo, cuando comencé a sentir esos nervios y emoción típicos de la recta final. No podía creer que mi sueño de ser madre de tres fuera a hacerse realidad, y contaba con ansia los días que faltaban para encontrarme con mi hijo al otro lado de la piel.

Pero aunque a nivel emocional el tercer trimestre lo viví de manera pletórica, físicamente estaba destrozada: retención de líquidos, exceso de peso, calambres en las piernas, pubalgia, lumbago, insomnio y uno de los veranos más calurosos de los últimos años.

Si aquel hubiera sido mi primer embarazo, estoy segura de que las molestias hubieran sido bastante más llevaderas, pero era el tercero y tenía dos hijos de casi seis años y 15 meses... ¡demasiada faena para un momento físico tan delicado!

El parto y los primeros días juntos: ¡mi bebita ha crecido de golpe!

Los días previos a dar a luz los viví nuevamente con una extraña mezcla de sentimientos. Por un lado necesitaba que el embarazo se acabara porque físicamente lo estaba pasando mal, pero por otro me aterraba la idea de pensar en cómo se tomaría mi hija la llegada al mundo de su hermanito.

Con apenas 17 meses no era consciente de que un bebé venía de camino, y aunque se lo decíamos con frecuencia e incluso parecía hacerle gracia darle de comer a través de mi tripa, era difícil hablar con un bebé sobre la llegada de otro bebé

El primer momento en el que realmente fui consciente de que mi hija iba a dejar de ser un bebé fue el mismo día del parto. Hasta entonces lo había pensado, pero no fue hasta que tuve que preparar su maleta para llevarla a casa de los abuelos y meter sus pañales, biberones y chupetes, cuando me enfrenté a la nueva realidad.

Más impactante si cabe fue el día en que les vi juntos por primera vez. ¡Dieciocho meses recién cumplidos y parecía una niña gigante a su lado!, con unas manos gigantes, una cabeza gigante y un culito con pañales gigantes. ¿En qué momento había crecido tanto mi bebita?

Tal y como expliqué en este post, los primeros meses como familia de cinco fueron bastante difíciles. El parto se complicó, y por consiguiente también lo hizo el postparto. Unido a esto se sumó el hecho de que mi hija no encajó demasiado bien la llegada de su hermano, y le costaba encontrar su sitio en la nueva estructura familiar.

Pero tras el caos inicial todo comenzó a fluir, y pocos meses después del nacimiento de mi tercer hijo nuestras vidas y rutinas comenzaron a rodar con una facilidad pasmosa. Tanto, que si en en aquellos caóticos primeros días me hubieran asegurado que las cosas mejorarían, no me lo habría creído.

Mi hijo pequeño pronto cumplirá cinco años y me fascina ver la persona en la que se está convirtiendo. Es un niño de fuerte carácter, creativo, independiente y sensible; pero sobre todo diría que es el alma gemela de su hermana. Dos bebés que se criaron a la vez, y que están creciendo juntos con una conexión tan mágica que hasta parece irreal.

Así que cuando les veo disfrutar juntos de la vida de la forma en que lo hacen, se que aquellos nueve meses tan extraños que viví bien merecieron la pena.

Foto de portada | iStok

Fotos | @silviadj

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