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Resolviendo conflictos: las zapatillas con las suelas empedradas‏

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Ser padre es relativamente fácil. En el momento en que tu hijo nace ya lo eres. Ahora bien, ser un padre comprometido capaz de sacar adelante las situaciones más conflictivas es difícil. Cuando digo situaciones conflictivas me refiero a esos momentos en que un hijo no atiende a razones, no acepta una decisión nuestra o quiere hacer las cosas de otra manera (sin poder ser de esa otra manera).

En esos momentos suele aparecer el llanto y la necesidad imperiosa de que cedas a sus necesidades. En ocasiones cederemos, y está bien, porque de esa manera les enseñamos que a veces las personas deciden ceder a los deseos de los demás y por lo tanto que en algunas ocasiones ellos tendrán que ceder ellos, y en otras no podremos hacerlo. Para estas segundas ocasiones puede haber algunos truquillos útiles, o quizás no tanto, porque no todo sirve con todos los niños, que la experiencia y el “prueba/error” te hacen aprender.

Hoy os explicaré cómo resolví un conflicto hace apenas una semana con mi hijo Jon de 5 años, cuando se negó a ponerse unas zapatillas porque tenían las suelas llenas de piedrecitas hasta el punto de echarse a llorar tirado en el suelo a grito de “esas noooo, ¡¡¡quítale las piedras!!!”. Y a punto de irnos, tenía que ponerse esas, sí o sí.

Os pongo en antecedentes: era viernes. Los viernes toca en el colegio la asignatura de “Psicomotricidad”, que es el nombre técnico que le han puesto a lo que en nuestra época se llamaba gimnasia y que luego cambiaron por educación física porque sonaba mejor. Éste es el único día de la semana que lleva zapatillas de velcro, porque allí se las cambian por unos calcetines antideslizantes y son ellos mismos los que se las tienen que poner y quitar. El resto de la semana utiliza unas con cordones, que le atamos con cinco nudos marineros (no es cierto, pero casi), básicamente porque cuanto más grande es su pie, más nos cuesta encontrar zapatillas con velcro (y que nos gusten).

El caso es que cogí las zapatillas a punto de irnos (ya digo, sólo las usa los viernes), y me hizo gracia ver que tenía toda la suela llena de piedrecitas. Esto es así por dos razones: el patio del colegio está plagado de piedrecitas y la suela tiene unos surcos finísimos en los que quedan atrapadas las más diminutas. Como me hizo gracia se lo comenté: “¡Ala, mira! ¡Están llenas de piedrecitas!”. Para qué dije nada…

Jon es el típico niño que va al colegio, al parque y a dónde sea que, a pesar de jugar como los demás, llega a casa (casi) impoluto. Cuando era más pequeño decíamos que parecía un príncipe, porque allí donde otros niños aparecían para meterlos en la ducha vestidos, él salía limpito, como un anuncio de detergente con música clásica y a cámara lenta.

Os lo explico para que entendáis por qué no le hizo demasiada gracia tener las suelas de las zapatillas llenas de piedras. Me dijo que no las quería, que le pusiera las otras (imposible, son de cordones), al decirle que no empezó a llorar hasta que acabó tirado en el suelo pidiéndome que quitara las piedrecitas (el factor sueño, lógico a primera hora de la mañana, suele ayudar poco, pues favorece la aparición de conflictos). En ese momento apareció en mi mente una imagen de mí mismo sacando piedrecitas y me pareció tan ridícula, sobretodo teniendo en cuenta que en quince minutos pisaría el patio del colegio y se volverían a llenar de piedras, que le dije que no.

Teníamos que marcharnos o llegaríamos tarde y el niño estaba tirado en el suelo negándose a ponerse unas zapatillas con piedrecitas en las suelas. Entonces en mi mente se abrió un abanico de posibilidades que paso a relatar a continuación:

  • Pues te las pones y punto: le digo que se las tiene que poner y punto, que hoy toca psicomotricidad y tiene que llevar estas zapatillas y no otras porque son las únicas que tienen velcro, así que si se niega se las pongo como pueda, agarro al niño y “al coche que nos vamos, que no llegamos”.
  • Vale, quito las piedras de las suelas: acepto su petición de quitar las piedrecitas de las suelas, perdiendo un tiempo maravilloso realizando un trabajo de minuciosa precisión con poco sentido, pues en minutos volverá a pisar el suelo causante del acúmulo.
  • Le echo imaginación y le doy la vuelta a la tortilla: para él las piedras en la suela es algo negativo y así me lo hace saber. En las dos primeras opciones estoy aceptando su argumento de que esas piedras no deberían estar ahí (en la primera le digo que es cierto, pero que es lo que hay y en la segunda le digo que es cierto, y aplico una solución). Pues bien, en esta tercera opción le doy la vuelta a su argumento y no acepto que las piedrecitas en las suelas sean algo negativo, sino todo lo contrario: “¿Pero para qué quieres que te las quite? ¿Tú no sabes que con estas piedras se corre mucho más?”. Entonces voy a por mis zapatillas y escojo el modelo que tiene más piedras incrustadas en las suelas, se las enseño, me las pongo y le digo: “Mírame a mí, tengo piedras y mira cómo corro”. Me quedo detenido unos segundos en posición de echar a correr y empiezo a hacer con mi boca un sonido ascendente (tipo turbina de avión que empieza a coger velocidad) hasta que aparece una explosión que me hace arrancar a correr como un poseso por mi casa.

Supongo que ya podéis imaginar que escogí la tercera opción. Mano de santo, tal como me vio salir escopeteado se puso corriendo las suyas y empezó a cargar motores. “¡¡A ver si me pillas, papá!!”. “Imposible Jon, ¡tú tienes muchas más piedras que yo!” y le persigo por el piso dejándole una clara ventaja. “Venga, corre, que nos vamos al cole. FuuuUUUUUUUU PJJJJJJJJ” y arranco a correr hacia la puerta.

El viernes volvió a tocar psicomotricidad, se puso las zapatillas tan contento e hicimos algunas pruebas de velocidad. Menos mal que antes de salir corriendo hicimos una verificación de rutina: “Uff, Jon, menos mal, podrás seguir corriendo mucho porque las piedras siguen aquí”.

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