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Nombres femeninos para bebés: personajes del Antiguo Testamento (IV)

Nombres femeninos para bebés: personajes del Antiguo Testamento (IV)
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Seguimos con nuestro repaso del Antiguo Testamento recopilando los nombres de sus heroínas femeninas para ofreceros ideas de nombres para vuestras hijitas por nacer.

Dejamos la historia en los descendientes de Jacob con sus cuatro compañeras. Llegaría a tener 12 hijos varones y una niña, Dina, de quien ahora nos ocuparemos.

Dina

Dina era hija de Lía. Cuando nace, siendo en aquella época mucho más apreciado el varón, no parece que la madre se enorgulleciera especialmente, o, al menos, no se nos dan tantos detalles sobre su nombre. De todos modos, Dina proviene de la palabra hebrea DYIN que significa "Justicia" o quizá deba interpretarse como "la jueza" o "la justa". Lo cierto es que la pobre Dina no tuvo demasiada suerte.

La historia, además de explicarnos la resistencia a mezclarse con otros pueblos, advierte del peligro que supone para las doncellas castas mezclarse con muchachas de costumbres menos recatadas.

El rapto de Dina. Bugiardini

Dina se empezó a relacionar con las muchachas de Siquem, la ciudad cerca de la que Jacob había instalado su campamento. Y el hijo del príncipe, llamado Siquem, como la ciudad, se fijó en ella, se acostó con ella y la deshonró. Parece que pudo tratarse de una violación. Luego el joven se enamoró de ella y la pidió en matrimonio, accediendo aparentemente la familia de la muchacha a cambio de que el hombre y sus ciudadanos adoptaran las costumbres hebreas y se circuncidaran.

Parecía que todo había quedado arreglado (no sabemos que sentiría Dina de todo esto, ni una palabra hay sobre su punto de vista), pero los hermanos mayores no perdonaban la ofensa y, de noche, atacaron la ciudad matando a los varones, saqueando las casas, llevándose el ganado y esclavizando a mujeres y niños. De la pobre Dina no sabremos mucho más, pero seguía viva cuando la familia al completo emigre, años después, a Egipto. El nombre de Dina me parece precioso, pero la historia no demasiado.

Tamar

Después del terrible asunto de Dina la familia de Jacob siguió sufriendo avatares desgraciados. Raquel fue madre de José pero luego falleció al dar a luz a Benjamín. José, favorito de su padre, sufriría las iras y la envidia de sus hermanos que lo vendieron como esclavo haciendo creer a Jacob que el joven había muerto.

Pero antes de seguir con José y sus aventuras vamos a hacer una parada en Tamar, que era nuera Judá, uno de los hijos de Jacob. A Judá quizá le desagradaban las acciones de sus hermanos y quizá por eso decidió alejadarse a vivir en otra zona. Judá se casó con una mujer cananea llamada Súa que le dió tres hijos varones: Er, Onán y Selá.

El mayor se casó con otra cananea, Tamar, cuyo nombre se identifica con "Palmera datilera" y simboliza la dulzura del dátil.

Su marido Er parece ser que no era buena persona y Dios acabó con su vida. Como la viuda había quedado sin hijos Judá la casó con su segundo descendiente, pero cuando ella engendrara sus hijos se considerarían como hijos del mayor, comenzando una costumbre que después se conocerá como "levirato" y que Moisés recogerá.

Onán su se acostaba con Tamar pero no quería que ella concibiera, para que no pariera hijos que fuesen considerados del hermano y derramaba la semilla fuera del cuerpo de su esposa. De ahí viene la palabra "onanismo", que, aunque originariamente debería referirse al "coitus interruptus" la Real Academia de la Lengua Española la identifica con masturbación en general. Lo que hacía Onán no les pareció correcto a Dios y dice la Biblia que le quitó también la vida. La pobre Tamar quedó viuda por segunda vez y sin hijos.

Tamar y Judá. Rembrant

Selá era demasiado pequeño para casarlo con la viuda de sus hermanos, por lo que Judá le dijo a la mujer que mejor volviera a casa de su padre y que, cuando Selá creciera, la casaría con él. Pero pasaron los años y Judá parece que se olvidó de su nuera y la promesa que le había hecho.

Mientras Judá se quedó viudo y poco a poco salió de la pena, dedicándose a pastorear acompañado de su amigo Hira. Pero un día, paseando por los caminos, se encontró con una prostituta sagrada, como las que servían en los templos de Isthar, que se sentaba a un lado del sendero velada, para que no se viera su rostro.

Judá deseó acostarse con ella y la mujer le pidió como pago un cabrito. El prometió que se lo haría llegar al mismo lugar al día siguiente, pero ella, en prenda, le pidió su anillo con su sello, el cordón con el que se ceñía y su báculo.

Pero cuando mandó el cabrito al día siguiente la prostituta no estaba y nadie le daba razón de ella, afirmando los lugareños que allí no se paraba ninguna mujer. Judá se quedó desconcertado.

Sin embargo, la prostituta sagrada no era tal, era Tamar, disfrazada, que quería o bien darle una lección a Judá o, quizá, recuperar, teniendo un hijo, el derecho a la herencia que se le estaba arrebatando. En realidad, si ella no podía casarse con nadie y Judá no arreglaba el matrimonio prometido su situación quedaba realmente perjudicada: ni madre ni esposa, no era nada en aquella época.

Hay que admitir que Tamar no se resignaba a ser un simple objeto, ni a que su destino lo decidieran los hombres, egoístas y desmemoriados, y era capaz de saltarse las reglas sociales para conseguir lo que consideraba que se le debía.

Lo cierto es que Tamar había quedado embarazada y cuando su preñez fue evidente la acusaron ante Judá, por haber fornicado siendo viuda. Pero, antes de ser castigada, y el castigo era la muerte, ella confesó que realmente había fornicado y mostró las tres prendas como pertenecientes al hombre con el que había estado.

Judá renunció a hacerla castigar, pues sin duda, si ella había pecado, él había faltado antes a su promesa. Al final, Judá resulta ser un buen hombre, aunque lento de reflejos.

Tamar dió a luz a sus hijos gemelos, uno de ellos, Fares, se considera antepasado del rey David y de Jesús. Nuestra Tamar era, sin duda, mujer de recursos y su nombre era precioso.

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