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Para que luego digan que los niños no ayudan

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Os voy a contar una experiencia personal que me sucedió el viernes (hace dos días) a mediodía con mi hijo Aran, que tiene ahora 22 meses, que me sirvió para darme cuenta una vez más de la increíble capacidad que tienen los niños para captar detalles, entender cómo funciona todo y, lo que más me enorgullece, de echar una mano a los demás (en este caso a mí).

Todo sucedió mientras acababa de recoger cuatro cosas en casa para ir a trabajar. Cogí una manzana y una pera para la merienda y Aran corrió a mi mochila donde tengo un Boc’n Roll y lo cogió para dármelo. Nunca lo había hecho antes y nunca le había explicado para qué servía, pero al parecer me debía haber visto alguna vez meter la fruta dentro. Le di las gracias por dármelo, lo abrí, puse la fruta y me ayudó a cerrarlo. Lo cogió y él mismo lo metió dentro de mi mochila.

Este momento me hizo sentir mucha ternura, pero es que la cosa no acabó aquí. Dejé la mochila un momento en el suelo y fui al armario a buscar la chaqueta. Al volver Aran me esperaba con la mochila en la mano, tratando de levantarla del suelo con todas sus fuerzas para dármela, así que se la cogí en cuanto pude, mientras acababa de abrocharme la chaqueta.

Entonces volví a escuchar un “iiiiiii” (Aran haciendo un esfuerzo) y le vi cogiendo la bolsa de la basura por el asa, tratando de levantarla para dármela en la mano. Hice lo mismo, cogerla rápidamente y darle las gracias.

“Me voy, cariño”, le dije y me acerqué para darle un beso. Entonces alzó la mejilla hacia mí (no lo había hecho nunca antes, o yo no me había percatado de ello) y le planté un besazo en su papito rechonchito mientras la sonrisa se me escapaba.

Ya con todo a punto me dirigí hacia la entrada del piso y él me siguió rápidamente, como si se le hubiera olvidado algo o quedara algo importante por hacer.

Tras abrir la puerta que me llevaba al rellano me giré para decirle adiós por última vez y vi que aquello que quedaba pendiente era cerrar la puerta que divide la entrada del piso del comedor, que siempre cerramos con el fin de salvaguardar la temperatura del hogar (ya que en la entrada se cuela algo de frío del exterior).

Esperó a que yo cerrara la puerta y me quedé un momento tras ella para escuchar. Efectivamente, cerró la puerta.

Me giré sonriendo y pensé: “Dios, parece que esté casado con Aran…”. Me preparó la merienda, me dio la mochila, la bolsa de la basura, me ofreció su mejilla para recibir un beso y me acompañó hasta la puerta para luego cerrar la de la entrada como hacemos siempre.

Y todo eso con sus 22 meses. Aran, ese niño que apenas dice “papá”, “mamá”, “Ton” (Jon), “agua” y “este”. Ese niño que hace tres meses ni siquiera andaba. Tan pequeño y tan mayor a la vez.

¿No son mágicos nuestros hijos? Para que luego digan que los niños no ayudan.

En Bebés y más | Los niños deben ayudar en casa, El valor del ejemplo (1): ¿qué enseñamos a nuestros hijos?

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