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Los recuerdos inolvidables de un verano que acaba

Los recuerdos inolvidables de un verano que acaba
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Cada vez que se aproxima el final del verano me vienen a la memoria todos esos recuerdos de mis vacaciones infantiles. Inolvidables, especiales, mágicos. Y ahora, el último día de agosto, es cuando más intensos se hacen y cuando más quiero ayudaros a ofrecer fórmulas para que vuestros hijos conserven también los recuerdos inolvidables de un verano que acaba.

Es cierto que las clases no comienzan hasta dentro de 10 días. También es cierto que el verano, oficialmente, dura hasta el 21. Pero pocos niños tienen la suerte de poder seguir disfrutando de esas cosas maravillosas de las vaciones más allá del final de este mes.

Pronto comenzarán a hacer las maletas, a cerrar las casas de veraneo o a devolver las llaves de las de alquiler, se despedirán de los amigos, guardarán en una cajita unas piedrecillas o un poco de arena y suspirarán, sabiendo que hasta dentro de un año todo este lujo, el lujo del tiempo libre y la libertad, no volverá. Ahora se quedan con los recuerdos inolvidables de un verano que acaba.

Recuerdos de la familia en verano

Una de las cosas que más disfrutan los niños en las vacaciones y la que recuerdos más hermosos puede ofrecerles es de la familia. Aunque los adultos a veces nos agobiemos con el tumulto de una casa llena, de la convivencia más estrecha de lo habitual, para los niños el verano es el tiempo de la familia.

Primero, de estar con sus padres, que usualmente pasan el año con mucho trabajo y poco tiempo para dedicárselo a los niños. Pueden hablar, acompañarlos a la compra, contarles cuentos, ayudarles con temas académicos que quieran repasar, pasear con ellos, enseñarles a montar en bicicleta, a nadar o a subir a los árboles, cocinar juntos; hay muchas actividades divertidas que podemos hacer con los niños en verano.

Es importantísimo que los padres, especialmente si durante el curso no están muy presentes, sean parte fundamental de las experiencias de los niños en verano ahora que tenemos más tiempo libre. Para ellos va a ser un recuerdo imborrable, el que quizá deje mayor impronta toda su vida.

Nos recordarán durmiendo la siesta a su lado, llevándolos a recoger piedrecillas de colores en la playa, pelándoles la fruta de la merienda mientras ellos juegan con sus amigos, sentados juntos en un cine de verano, mirando los fuegos artificiales y contándoles las historias de su propia infancia.

Pero todos esos recuerdos hermosos que van a hacer que nos amen para siempre debemos crearlos, con paciencia, con dedicación. Disfrutando de estar con los niños y permitiéndoles, así, que tengan recuerdos inolvidables de verano con sus familias.

Pero no olvidemos que, precisamente en verano, es cuando muchos niños tienen la oportunidad de coocer y disfrutar del resto de su familia extensa. Los abuelos y tíos, pero sobre todo los primos, que muchas veces conviven en la misma casa y disfrutan muchísimo juntos.

Me da la impresión, cuando veo como les encanta y como se adaptan tan naturalemente a la convencia, que los niños necesitan esa familia extensa y que es un error el haberles privado de ella en la vida cotidiana.

Los recuerdos inolvidables de los amigos del verano

La otra fuente de recuerdos inolvidables del verano son, sin duda, los amigos. Yo todavía sigo teniendo, verano tras verano, contacto con mis amigos de la infancia con los que formaba una pandilla que cada año se volvía a reunir. Aunque luego nos separásemos, durante esos dos o tres meses erámos más que hermanos. Pasábamos todo el día juntos, comíamos en casa de unos u otros, nos quedábamos a dormir en colchones en el suelo, nos contábamos todos los secretos e inventábamos mil aventuras.

Esas relaciones no se olvidan nunca e incluso, pueden formar parte de nuestras vidas para siempre. Yo, este verano, me reencontré con un amigo muy especial al que no había visto desde hacía veinte años, mi amor de la infancia, y es maravilloso descubrir al mirarnos que, pese a todos los golpes de la vida, mantenemos la capacidad de ver esa luz que brillaba en nuestros ojos de niños. Es como si el alma se alimentara de ese verano eterno e inolvidable.

Esas experiencias de amistades profundas, alimentadas en los largos días de tiempo libre, de juegos, de ensoñación y descubrimientos, son algo que nuestros hijos merecen tener. Habrá amigos que cada año se repitan y lleguen a formar parte del entramado de sus vidas y otros que llegarán, nuevos, cada año, a completar sus experiencias.

Amigos con los que pasar las noches contando estrellas fugaces, con los que correr en la arena y reirnos saltando olas, con los que aprender a tirarse de cabeza, a construir castillos de arena, con los que navegar por primera vez y con los inventar disfraces y aventuras. La libertad, la libertad dorada, pura, la del juego y la risa, es algo que irá siempre unido al recuerdo del verano.

Esos amigos también, como la familia, forman parte de los recuerdos inolvidables de un verano que se acaba. El que nuestro hijos disfruten de esas experiencias de contacto humano, de socialización real, natural y vital, forma parte de su aprendizaje vitar imprescindible y desde luego, les dará hermosos recuerdos que conservar para siempre.

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