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¿Y quién cuida de los niños?‏

¿Y quién cuida de los niños?‏
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Hace unas semanas os ofrecí una reflexión tratando de explicar por qué es tan duro esto de tener hijos, haciendo un poco de recopilación de sucesos en los que hemos dejado de vivir todos juntos, en poblados o tribus, con un interés común y educando y cuidando entre todos a los niños a vivir separados de nuestra gente, junto a personas desconocidas que viven a nuestro lado, pero solos, al cuidado de nuestra casa y nuestros hijos, sin el apoyo cercano de una red de personas que podría echarnos una mano en momentos puntuales o no tan puntuales (o no tan puntuales), para después nosotros, en un futuro, hacer lo mismo con las parejas más jóvenes que tienen hijos.

Esto no era demasiado dramático hace unas cuantas décadas, cuando la mujer asumía los cuidados de los bebés y además el cuidado de la casa. Ojo, no digo que fuera un ideal, porque el padre se dedicaba sólo a traer dinero a casa y a ejercer de "sargento" con los niños y tanto yo como muchos otros padres nos hemos rebelado ante esto, pero al menos los hijos tenían a alguien que les cuidara, que además era su madre, casi nada. El problema es que ahora la mujer no está en casa, así que yo pregunto: ¿Y quién cuida de los niños?

Al principio, el hombre empezó a trabajar

Con la llegada de la industria empezó a ser necesaria mano de obra y el hombre empezó a trabajar de forma masiva, quedando en casa la mujer y los hijos. El horario del hombre no preocupaba demasiado a los empresarios porque no tenían más obligación que trabajar (no tenían que cuidar de los hijos) y tampoco era demasiado preocupante para los hombres por lo mismo.

"Papá, cuéntanos cómo ha ido el día"

Poco a poco, el hecho de que papá llegara a casa con poco que explicar preguntando a mamá y los niños cómo ha ido el día fue cambiando hasta el punto que lo que pasaba en casa, lo que sucedía con los niños, sus progresos, sus cambios y sus anécdotas, ese día a día, ya no era interesante. Lo divertido, lo estimulante, lo que hacía a alguien especial era estar fuera de casa, trabajar, ganar dinero, poder consumir y realizarte con tu trabajo.

Esto era especialmente interesante para las empresas, porque consiguiendo que las mujeres quisieran emular a sus maridos conseguirían aumentar la producción, en el mejor de los casos hasta el doble, y los productos se venderían también el doble: a más dinero en las familias, más capacidad para consumir.

La mujer entró a trabajar como un hombre

Y sucedió lo inevitable. El "trabajo" de casa, no remunerado, quedó denostado ante el de las mujeres que empezaron a ganar un sueldo, empezaron a consumir y empezaron a distanciarse de las no trabajadoras. Resultó que la gente empezó a ser mejor considerada por lo que tenía, por lo material, antes que por la calidad humana, y cada vez más familias quisieron tener más dinero y cada vez más mujeres quisieron tener una relativa independencia económica.

Esto fue una buena noticia en términos de igualdad porque las mujeres tienen el mismo derecho a trabajar que cualquier hombre. El problema, y aquí este es el quid de la cuestión, es que las mujeres entraron a trabajar en un mercado laboral pensado y creado por y para los hombres, un sistema en el que el horario podía ser extenso porque el hombre, como he comentado, no tenía que cuidar de nadie.

Sucedió que el hombre y la mujer trabajando como un hombre desaparecieron de casa tropecientas horas al día para producir, ganar dinero y consumir. Todo correcto si no tuvieran hijos. Pero los tenían. La mujer duplicó así su trabajo, ya que tenía que seguir cuidando de la casa y de las obligaciones con los niños cuando estaba en casa. El hombre entonces tuvo que empezar a "igualarse" a la mujer, y ya no servía llegar a casa y ponerse las zapatillas de casa para sentarse en el sofá. El hombre empezó entonces a ayudar en casa, arremangándose para limpiar, planchando ropa y haciendo comida y empezó también a cuidar de sus hijos.

Hombre y mujer, relativamente solos, con jornadas de 40 horas semanales cada uno, llegando a casa cansados con muchas más obligaciones por delante, muchas veces agotados, durmiendo mal por los niños pero obligados a fichar cada mañana en el trabajo, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, viendo como el tiempo se les iba (se nos va) entre los dedos, siendo una vida que no era exactamente la que uno esperaba vivir, con esa extraña sensación de que no puedes elegir, sino que todo funciona por inercia, una tan fuerte que si te resistes puedes salir mal parado.

¿Y quién cuida de los niños?

Pues las guarderías o escuelas infantiles que aparecieron como solución a ese problema, que hacen lo que pueden y que han conseguido estar bien consideradas porque no sólo cuidan, sino que educan a los niños, con objetivos claros, tratando de enseñarles a ser autónomos y asumiendo el papel que antes hacían los padres.

Que no, que no son como los padres, porque una madre y un padre son uno o dos cuidadores para un solo niño (o alguno más si tienen más hijos) y en una escuela infantil cada cuidador tiene muchos más niños y porque el amor de una madre y un padre no tiene sustituto posible.

Quién cuida de nuestros hijos

Sin embargo, como digo, la labor de las escuelas infantiles ha trascendido a esto y muchas personas han llegado a inscribir a sus hijos para que allí les eduquen aun cuando tienen la posibilidad de hacerlo ellos. Podría decirse que es otro pequeño triunfo del sistema ya que, aunque muchos niños irán a la guardería sin problema alguno, otros crecerán echando en falta el cariño y el contacto de sus padres, claves para forjar una buena autoestima, y ya se sabe que la necesidad de consumir y comprar cosas es indirectamente proporcional al nivel de autoestima.

Obviamente también tenemos a los abuelos, esas personas que tendrían que formar parte de la red de apoyo de toda familia como actores secundarios, es decir, a ratitos, compartiendo los cuidados de los niños con los padres, los tíos, los niños mayores y los jóvenes, que también se hacen cargo de los pequeños, pero que tienen que asumir en muchas ocasiones el papel de actor principal, de cuidador "jefe", sacándoles de su retiro, de su descanso tras una vida entera trabajando y educándonos, para obligarles a seguir haciendo lo mismo, esta vez con nuestros hijos.

Que sí, que lo hacen encantados, que darían la vida por nosotros y por sus nietos, pero una cosa es, como digo, hacer uso de ellos como ayudantes y otra es darles la responsabilidad completa de cuidar de nuestros hijos, hacerles la comida, llevarles al médico si enferman y educarles y, además, hacerlo como nosotros les decimos.

¿Qué debería haber sucedido?

Total, que tal y como está montado el tinglado ahora mismo los más perjudicados son los pequeños, los niños, que no son importantes para nadie pese a que son el futuro de nuestra sociedad. El egoísmo es tal que lo único que importa es el ahora, el nosotros, y un nosotros en el que sólo tienen cabida las personas jóvenes, guapas, sin cargas familiares (o si las tienen, que estén resueltas con el cuidado de terceras personas) y con tiempo y disponibilidad para poder dedicar sus vidas a realizarse y crecer profesionalmente (como si fuera tan fácil o común eso de ascender), hasta que cumplen una edad cercana a los cincuenta y empiezan a "molestar" por cobrar más que cualquier joven.

Lo que debería haber sucedido es que, en el momento en que la mujer entró a trabajar, el sistema hubiera sido lo suficientemente sensible para considerar que los niños siguen siendo importantes y que un trabajador emocionalmente estable y feliz es un trabajador que puede seguir pasando tiempo con sus hijos, que puede cuidar de ellos y que puede hacer que tengan el cariño y la educación de sus padres, que para eso lo han parido.

Que no hubieran pensado en la entrada de la mujer como en una posibilidad de duplicar la producción y el consumo, sino que hubieran tenido en cuenta que al dar el paso de trabajar, las casas con niños se quedaban huérfanas de adultos, ofreciendo puestos de trabajo, a hombres y mujeres, en los que los horarios fueran amigables con los niños, en los que ambos pudieran tener tiempo disponible para jugar con sus hijos, en los que los niños no tuvieran que llevarse las llaves de casa en la mochila para abrir la puerta al llegar del colegio, en los que ambos pudieran cuidar, en los que existiera esa igualdad que se reclama, pero no introduciendo a la mujer en el trabajo de los hombres, sino creando un nuevo estilo de trabajo pensado para ellas, para todos, siendo el hombre el que se tuviera que adaptar a ese cambio. La mujer debería haber luchado por ello y el hombre, los padres de familia, sobre todo ellos, también.

Pero no, eso no pasó y eso no pasará mientras las medidas de conciliación laboral sigan creándose en base a la premisas que dicen que "estar en casa es denigrante", "volver a hacer lo de nuestras abuelas es caer en las redes del neomachismo" o "los hombres no pueden hacerse cargo de una casa, porque no saben", dedicándose fondos a crear más escuelas infantiles con el fin de ofrecerlas a los trabajadores (cuando había fondos, que ahora ya ni eso). Eso no es conciliar la vida familiar con el trabajo, eso es aceptar que hay que vivir para trabajar y que al niño, mira, "vosotros tranquilos, que ya te lo cuidamos nosotros y de paso os lo hacemos más listo de lo que vosotros lo haríais. Y el día de mañana, si todo va bien, entrará en la misma rueda".

Fotos | Runar Pedersen Holkestad, ellyn. en Flickr En Bebés y más | ¿En la guardería o en casa?, ¿Deben los abuelos cuidar de nuestros hijos?, "Si la mamá no trabaja es porque el papá gana mucho"

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