Durante la infancia, hay frases que se clavan en la memoria de los niños. Algunas se convierten en heridas (“no puedes”, “eres un desastre”) y otras en alas (“confío en ti”, “lo estás intentando muy bien”).
Lo curioso es que muchas veces no nos damos cuenta de que esas pequeñas frases, dichas al vuelo en la cocina mientras preparamos la cena o en el coche de camino al colegio, son semillas que, con los años, florecen en forma de seguridad, confianza y optimismo.
Porque sí, el optimismo no es un don con el que se nace, sino una forma de mirar el mundo que se puede entrenar, y que podemos nutrir en nuestros hijos a través del lenguaje.
Frases positivas en los niños: la magia de las frases cotidianas
No se trata de repetir mantras de autoayuda sin emoción, sino de enseñarles a ver las situaciones con una mirada distinta. Las frases que realmente calan son las que se dicen en el momento preciso, con autenticidad.
Un ejemplo sencillo: tu hijo derrama un vaso de leche. Puedes decir “¡qué desastre, siempre igual!” o puedes mirarle a los ojos y soltar: “A veces pasan accidentes, vamos a limpiar juntos y ya está”. Parece una tontería, y es normal a veces perder la paciencia, pero ahí tu hijo aprende que un error no es un drama, sino una oportunidad para reparar y seguir. Esa es la semilla del optimismo.
Siete frases para criar a niños optimistas
Aquí van algunas frases positivas para decir a los peques:
- “Me gusta cómo piensas”: No alabas solo el resultado, sino el proceso mental. Con esto tu hijo entiende que equivocarse no es un fracaso, sino parte del camino.
- “Lo difícil no significa imposible”: Con esta idea tan simple le enseñas a no rendirse a la primera frustración. Los niños con esta frase en la mochila se atreven más, prueban más y se levantan antes.
- “Tienes derecho a sentirte así”: Validar las emociones es dar permiso a la vida interior. Un niño al que no se le niega su tristeza ni su enfado crece sabiendo que no necesita ocultar lo que siente, y que aun con nubarrones, el sol siempre vuelve a salir.
- “Confío en ti para intentarlo”: No le garantizas que va a salir bien, pero le das la confianza de que merece la pena probar. Esta frase es un empujón hacia la autonomía y la resiliencia.
- “Hoy he aprendido algo de ti”: ¿Te imaginas la cara de un niño al escuchar que su padre o madre también aprende de él? Esta frase rompe jerarquías rígidas y enseña humildad, además de reforzar la idea de que todos podemos aportar, incluso siendo pequeños.
- “Tu esfuerzo vale más que el resultado”: Con esta frase enseñas a valorar la constancia y la dedicación, no solo la meta. Les recuerda que lo que cuenta es el camino y no la perfección.
- “Siempre podemos volver a empezar”: Una de las enseñanzas más poderosas: la vida da segundas oportunidades. Equivocarse no cierra puertas, al contrario, abre la opción de probar de nuevo con más experiencia.
¿Por qué estas frases funcionan?
Porque no son elogios vacíos, sino mensajes que invitan a pensar, sentir y ver la vida con matices. Ayudan a que los niños construyan una narrativa interna menos dura y más flexible. El optimismo no consiste en negar lo malo, sino en confiar en que lo malo se puede afrontar y superar, o al menos intentarlo.
Un niño que escucha “eres listo” puede frustrarse cuando algo no le sale; en cambio, un niño que escucha “me gusta cómo piensas” aprende que el valor está en el esfuerzo y en la creatividad. Lo primero genera miedo al error; lo segundo, resiliencia.
Esto no significa que no podamos elogiar las capacidades de nuestros hijos, ¡claro que no! Podemos hacerlo. Pero evitemos etiquetar siempre y centrémonos también en el esfuerzo, la ilusión, las ganas...
Frases optimistas hacia los niños: un regalo a futuro
Por supuesto, estos mensajes no son varitas mágicas instantáneas. Funcionan como las vitaminas: pequeñas dosis diarias que, con el tiempo, fortalecen. Y lo bonito es que no solo moldean la mirada de los niños, también la nuestra. Porque cuando le dices a tu hijo “lo difícil no significa imposible”, de alguna manera también te lo estás recordando a ti.
Lo importante es la coherencia. Recuerda que enseñar frases positivas no significa repetirlas como loros, sino encarnarlas en la práctica diaria. Cuando un niño ve a su madre respirar hondo en un atasco en lugar de explotar, está aprendiendo que la calma es posible. Cuando escucha a su padre decir “me equivoqué, lo arreglo”, entiende que fallar no es un desastre.
Y quizás, dentro de unos años, cuando se enfrente a una dificultad, escuchará en su cabeza esas frases tuyas que un día dijiste casi sin darte cuenta. Y entonces entenderás que sí: con tus palabras le regalaste un mapa para mirar la vida con más luz que sombra.
Foto | Portada (Freepik)
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