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Un padre acampa 16 días frente a una escuela para inscribir a su hijo

Un padre acampa 16 días frente a una escuela para inscribir a su hijo
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Lo de acampar para guardar sitio es una hábil estrategia. Lo hacen los adolescentes en los conciertos o en los festivales de rock, pero que un padre de familia tenga que acampar en una tienda de campaña frente a una escuela durante 16 días para inscribir a su hijo me parece de locos.

¿Lo harías en su lugar? Intento responderme a la pregunta y la verdad que no puedo hacerlo sin verme en esa situación concreta. No porque no estuviese dispuesta a hacer lo que hiciera falta por un hijo, sino por plantearme si estaría dispuesta a someterme a esas reglas absurdas que a veces nos imponen las circunstancias.

La codiciada escuela

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El padre es Gerard Sychay, informático, quien dejó toda su aventura escrita con lujo de detalle, y la escuela es Fairview-Clifton German Language School en Cincinnati. Se trata de una escuela pública muy codiciada (eso está claro) por ser una de las primeras escuelas magnet (imán) abiertas en los años '70 con la idea de integrar a los niños del vecindario con los que viniesen de cualquier parte de la ciudad.

Los programas académicos centrados en el arte y los idiomas funcionaron realmente bien, haciendo que la escuela fuese atrayendo gente y poniéndose cada vez más selectiva. Hasta el punto de tener que hacer cola en el parque de enfrente dentro de una tienda de campaña si quieres que tu hijo estudie allí.

Desde siempre ha sido misión imposible apuntar a un niño en la escuela. En los '90, el método de inscripción que se usaba era lo que se conocía como Súper Sábado. El último sábado de enero se daba a conocer la lista de niños aceptados y se debía formalizar la inscripción. Los padres se turnaban para hacer rondas en coche esperando el momento en que salieran las listas y avisar rápidamente a los demás padres.

Las reglas de la espera

En los 2000 el sistema cambió y se ha ido convirtiendo en lo que es ahora. Según cuenta Gerard, la primera persona comenzó a hacer cola el lunes siguiente a Halloween, a las 7.30 de la mañana. Cuando llegó el, una hora después, ya era el octavo en la cola. Y por la noche, había ya 50 familias apuntadas esperando "las reglas" para poder organizar la espera. Las reglas, que son las que ven abajo, se dieron a conocer al día siguiente. A partir de allí, el padre acampó durante 16 días frente al colegio.

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Había 71 plazas disponibles por orden de llegada y para los niños que obtuviesen mayor puntuación según hermanos matriculados y otros baremos. El 18 de noviembre, con temperaturas bajo cero comenzó la inscripción de los niños. Esa noche se inscribieron 60 familias, de las cuales al menos diez quedaron en lista de espera por no alcanzar los puntos requeridos.

Las reglas eran muy rigurosas: todos debían estar presentes entre las 10 y las 5 am. Se pasaría lista dos veces al día (10 am y 10 pm) y tras tres ausencias, quedarían fuera de la lista. Sólo permitían las tiendas por la noche, por lo que debían montarlas cada noche y desmontarlas cada mañana para que quedase limpio el parque para la entrada de los niños al colegio cada día.

Como os imagináis, la logística familiar debió ser un encaje de bolillos esos días. Pedir permisos en el trabajo, dormir fuera de casa, utilizar el coche como apartamento, comer mal...

En fin, evidentemente a esta familia le compensaba el esfuerzo de que papá acampara durante 16 días frente al colegio para inscribir a su hijo. ¿Vosotros os habéis visto en alguna situación similar? ¿Lo haríais si fuese necesario?

Vía | Medium
En Bebés y más | ¿Existen alternativas a la escuela convencional?

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