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"Hay cosas que hay que hacerlas porque sí, aunque no quieran"

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Hace unos días os hablaba de aquellas cosas que muchos padres hacemos con los niños mientras duermen, cediendo (o haciendo que cedemos) porque sabemos que podemos hacer lo mismo por la noche, cuando están tan dormidos que no se enteran de que hacemos todo aquello que durante el día supondría gritos y llantos.

El hecho de ceder hace creer a los niños que han tomado una decisión y que nosotros la hemos aceptado como buena, cuando la realidad es otra.

“Ya, pero es que así aprenden que si se quejan cedes y acaban saliéndose con la suya” y “hay cosas que hay que hacerlas porque sí, aunque no quieran”, me han dicho alguna vez. Pues sí, respondo, es cierto. En ese momento accedo a no hacer algo, decisión totalmente irracional si pensamos en las consecuencias, pero sabiendo que ellos son incapaces de conocerlas.

Un niño no suele ser consciente de que si no le pones una pomada su piel empeorará molestándole mucho más (hablo de niños con piel atópica, como los míos) hasta que crece y se lo puedes explicar (y te entiende). Por eso esto se puede hacer tranquilamente en otro momento, incluso cuando duermen.
Sin embargo, si un niño necesita una medicación, pues es cierto, esto es impostergable. Puedes esperar unos minutos, hacerlo de manera que siente mejor o que se enfade menos, pero hay que hacerlo.

“Pero tienen que aprender quién manda”

“Pero tienen que aprender quién manda”, he oído incluso de niño. “Pues lo haces, y punto”, se dice también. Todas frases tajantes, secas, que deben suceder en un momento concreto, ya, ahora. Palabras de personas que tienen muy claro cómo deben actuar, pero que yo, como padre, y sobre todo como hijo, no acabo de entender, sobre todo porque a veces se aplican a situaciones absurdas.

Recuerdo en una clase que una profesora nos expuso un caso, pretendiendo buscar una solución:

Tienes una hija con una habitación llena de peluches a los que adora, pero está siempre con bronquitis y problemas respiratorios. Un día, tras unas pruebas, se confirma que sus dolencias tienen un origen alérgico. El médico recomienda entonces que elimines cualquier objeto que pueda provocarle alergia, como por ejemplo los muñecos con pelo. Sabiendo que tienes que quitarle todos los peluches a la niña, ¿cómo lo harías?

Entonces dejó unos segundos para que pensáramos una respuesta y me sorprendió oír a mi lado a una chica decir “pues se los quitas, y punto. Ya ves qué problema…”.

La profesora, en cambio, con más humanidad y sentido común que esta chica respondió que la mejor manera de hacerlo sería poco a poco, con mucho diálogo. No quitándolos todos de golpe, el mismo día, sino haciéndolo de manera paulatina.

A mí se me ocurrió hacer algo así como una historia de madurez y crecimiento, resumiendo: los peluches, cuando crecen y son mayores, se van al país de los peluches para jugar con otros amigos, como cuando los niños van al colegio un buen día. Por eso algunos días, cuando los peluches ya son mayores, deciden que su tiempo en casa ya ha finalizado y que es el momento de partir. Ese día se les hace a esos peluches (dos, tres, cinco, los que sean) una minifiesta de despedida y se lee una carta que han escrito para la niña. Lo llevará mejor o peor, pero me parece mucho más soportable que la desaparición porque sí, o porque “es que tus queridos peluches te hacen estar enferma y por eso te los he quitado todos”.

Es cierto que hay cosas que hay que hacerlas y que no hay otra alternativa, ahora bien, no todo tiene que ser cuando nosotros lo decimos, pues hay cosas que se pueden hacer en otro momento. La gracia de educar a un hijo no está en conseguir que haga las cosas porque alguien manda, sino en saber transmitir unos valores para que hagan las cosas porque consideren que deben hacerlo, que es lo que está bien o que es lo beneficioso.

Digamos que lo ideal es que los niños hagan las cosas porque quieren hacerlo así, porque creen en ello, porque están motivados y no exclusivamente porque es nuestro deseo. Para conseguir esto hace falta tiempo, diálogo y paciencia y este es, para mí, el camino difícil.

El fácil es el que toman aquellos padres que no hablan con sus hijos, sino que les ordenan, que no dialogan, sino que prohíben. Así también sé ser padre yo, pero así, ¿cómo voy a enseñar a mi hijo a pensar?

El camino del diálogo es complicado y muchas veces desesperante, porque no siempre se obtienen los resultados que se desean obtener. Muchas personas dicen “no sé para qué tanto hablar, si luego hacen lo que les da la gana”. Pues fácil, porque cuando hablas tienes que ser consciente de que no siempre vas a obtener el resultado que quieres obtener. A veces hacen falta más situaciones iguales, más momentos y más diálogo para hacer que un niño llegue a la conclusión que queremos que llegue.

“¿Pero para qué tanto rollo? Tú eres su padre, no su amigo”

Pues para que aprenda a hacer las cosas no “porque sí”, ni porque “yo lo digo”, ni porque “mientras estés bajo mi techo las cosas se hacen así”. Sino para enseñarle a pensar. Para que piense cuáles son las opciones y cuáles son las consecuencias, para que elija y acierte y para que elija y se equivoque.

Nuestro papel como padres no es decir siempre que sí, ni decir siempre que no, sino acompañar y, siempre que se pueda, dejarles decidir. ¿Cómo sino van a saber elegir el día de mañana cuando sean adultos y deban tomar decisiones a diario?

Foto | Chefranden en Flickr
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