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En ocasiones, ¿se puede "empujar" a un niño?

En ocasiones, ¿se puede "empujar" a un niño?
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Lo primero quiero aclarar lo de “empujar” que no me gustaría que hubiera malentendidos. Soy un gran defensor de la educación respetuosa, es decir, de que los adultos juguemos un papel complementario de facilitadores de experiencias y de control de riesgos de accidentes, pero no de instructores continuados. Que sea el propio niño quien vaya decidiendo su ritmo de aprendizaje y sus conquistas de desarrollo sin que los adultos se las anticipemos.

Pero pienso que hay momentos en los que debemos ayudarles a superar situaciones en las que se hayan bloqueado con un pequeño impulso (de ahí la expresión de “empujar” al niño). Os voy a poner un ejemplo que me pasó ayer en la playa.

La playa, como ya he comentado en otra ocasión, me parece un entorno inigualable para que mis hijos disfruten de actividades al aire libre. Con el primero, el proceso de incorporación, en un principio a la arena y después al mar, fue natural y progresivo, sin que tuviera que hacer (yo) nada especial.

En el caso de la niña, que ahora tiene 22 meses, ha sido un poco más lenta la incorporación a los elementos de la playa. Su carácter es más asertivo (tiene criterio sobre lo que quiere y lo que no y lo expresa con intensidad) y desde el primer día la arena la percibió como un elemento extraño y le costó salir de la toalla, pero a medida que iban pasando los días y su madre la invitaba con juguetes fuera de la toalla o su hermano con la pala y el cubo, incorporó la suficiente confianza y se atrevió a caminar por la superficie arenosa.

La circunstancia que se dio ayer fue con el mar. Así como su hermano desde los tres meses ha ido con nosotros a una piscina a jugar en el agua, en su caso ha rechazado este elemento (pensamos que la temperatura le era desagradable). Después de unos días quedándose en la orilla con cara de malestar y viendo a su hermano como jugaba en las pozas que forma la marea al bajar, ayer tomé la determinación de meterla en una de ellas. La expresión de disgusto y de rechazo no duró más de 30 segundos (las condiciones eran especialmente buenas: temperatura del agua, sol, su hermano, yo dándola apoyo) y después comenzó a chapotear con satisfacción.

Me costó atreverme porque era un acto que superaba el respeto a su expresión de no querer ir al agua pero antepuse mi idea de que se estaba perdiendo una experiencia enriquecedora. Salió bien pero podía haber salido mal (lloros, berrinche y tener que salir del agua, haciendo de ésto una experiencia negativa que retrasaría aún más el acceso a la playa y al mar). La cuestión es: ¿Creéis que merece la pena, en determinadas situaciones, darle un “empujón” a un niño para que pueda experimentar algo que pensáis que es beneficioso?.

Imagen | Flickr (Photos8)
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