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A la vecina de enfrente, la que duerme al niño entre tetas y brazos
Ser Padres

A la vecina de enfrente, la que duerme al niño entre tetas y brazos

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Soy consciente de que cuando un hombre escribe algo para la vecina de enfrente suele hacerlo con un interés probablemente seductor (quizás acosador), o con la intención de darse a conocer y expresar unos sentimientos de atracción o similares, después de haberla observado de una u otra manera desde la calle o a través de la ventana.

No es mi caso, y por eso aviso antes de que te plantees, ni tan siquiera, que tengo esa intención. Solo te dedico estas líneas, que jamás te haré llegar pero que he querido publicar 'en abierto' porque te he visto alguna vez, de manera casual, cuidando de tu bebé, sobre todo cuando tratas de dormirlo, entre tetas y brazos, y no he encontrado un modo mejor (aunque probablemente lo haya) de expresar todo lo que esa imagen despierta en mí.

Escribo dirigiéndome a ti porque es tu imagen la que se grabó en mi memoria el día que te vi de espaldas, meciendo a tu pequeño, mientras por un lado asomaba una cabecita con poco pelo y por el otro dos piernecitas que ya colgaban, fuera de tus brazos, mostrando que ya eran varios los meses que llevabais juntos. Unos meses tras los que empezabas a ser consciente de su peso, de cuánto te necesitaba, y de que lo de echarse un sueño era algo que hacía mejor contigo que sin ti.

Pero te escribo a ti para dirigirme, en realidad, a todas las vecinas de enfrente y sus bebés y, por qué no, a todos los vecinos que hacen lo propio para ayudar a descansar a sus pequeños, que cada vez son más.

La ternura del momento se quedó en mi mente y me hizo rememorar las épocas en que vi a Miriam, mi mujer, durmiendo así a nuestros hijos (o incluso cuando era yo quien lo intentaba, a menudo sin éxito), y recordar a todas las mujeres que he visto hacer lo mismo, hasta el punto de imaginar el recuerdo imborrable que debe ser crecer con una madre al lado capaz de hacer cualquier cosa por tu propio bienestar.

La vecina de enfrente

Te vi pasear, a veces detenerte un momento sin dejar de moverte para seguir meciendo a tu pequeño, luego desaparecer por un instante allí donde tu ventana acababa y aparecer de nuevo, en un ritual tranquilo, rutinario, a menudo cansado, pero necesario. Porque sabe Dios que si ese bebé se durmiera solo en su cunita, sonriendo antes de cerrar los ojos, lo dejarías como haríamos todos: "Que descanses, mi amor; sueña cosas bonitas", un besito en la frente y hasta dentro de un ratito. Pero no: eres de esas 'afortunadas' que no solo tiene un bebé que necesita teta para dormir, sino además movimiento. Teta y brazos. Y movimiento.

No estás sola, vecina. Son muchas las mujeres, las parejas, que como tú han tenido hijos o hijas con una única misión, la de arrancarte de tu vida, sea cual sea, y absorberte en su mundo para demostrarte que hay cosas mucho más importantes que todo eso que antes te hacía padecer.

Seguro que en los primeros días te llegaste a preguntar en algún instante cuándo podrías peinarte un poco, y tratar de parecerte al menos en parte a la que eras semanas atrás. Quizás pensaste en más de una ocasión que eso de ducharte con un bebé llorando, a menudo incluso en los brazos de su padre, no tenía nada de relajante. Y probablemente hasta llegaste a valorar la posibilidad de haberlo hecho diferente si alguien te hubiera contado que sí, que tener un hijo es tan bonito como cuentan, pero que también es tan duro como pocos explican.

Y en estos meses habrás sentido esa extraña sensación de tumbarte por fin para descansar, de noche, y sentir un dolor de espalda como pocas veces habías sufrido... una extraña mezcla de dolor y suspiros de cansancio, de 'por fin me tumbo', y de 'no sé si estaba mejor de pie'. Y súmale el dolor de muñecas que tantos días te habrá hecho temer que en uno de esos calambrazos pierdas la fuerza y te lleves un susto.

Quizás hayas descubierto también lo raro que puede llegar a ser comer cuando los demás ya han comido, o en dos o tres veces. Incluso comer con la mano izquierda mientras con un pie intentas coger la servilleta que se te ha caído y que te hará descubrir que lo mejor, antes de sentarte, es tener varios cubiertos repetidos, más de una servilleta, un libro, el móvil y el mando de la tele... por lo que pueda pasar.

La vecina de enfrente

O no. O no te ha pasado en realidad nada de esto y soy yo el que estoy rememorando en un instante esa época en la que Miriam y yo teníamos un bebé de meses que tenía que dormir en brazos, o entre tetas y brazos, por un lado dejando asomar una cabeza con poco pelo y por el otro dos piernas regorditas que, en paralelo, colgaban relajadas mientras su dueño se iba dejando ir con el calor y el cariño inmenso e intenso de mamá.

Y lo recuerdo con un suspiro de 'qué época tan dura fue para todos, y sobre todo para ella', pero con el cariño de saber que en esos tiempos estábamos aprendiendo a ser mejores padres, y sobre todo mejores personas. Que esos tres bebés que tuvimos nos ayudaron a entender que lo importante, lo más importante de todo, era poder ver esos grandes ojitos al despertar de esos sueños, esas encías desdentadas sonriéndonos y esas manitas que se aferraban a nosotros pidiéndonos que no los soltáramos nunca. ¡Eso sí es inolvidable!

Así que, haya acertado o no, solo quiero decirte que me inspira mucha ternura verte con tu bebé. Que pienso en lo querido que debe sentirse en tus brazos y en lo a gusto que debe estar, sabiéndose seguro en un mundo que apenas comprende, allí donde sabe que estará bien: contigo.

Y es que a los bebés les da igual si tienen la ropa más bonita, o la más cara; si tienen la habitación con ositos o mariposas, si es color pastel o azul claro. Su hogar eres tú. Y por eso tampoco tienen mucho problema si te has peinado más o menos, o si vas en chándal cuando tú eras de salir siempre arreglada. Mientras esté contigo, estará bien, porque de ahí nace el amor más puro que se puede sentir, el de un hijo a una madre, y el de una madre hacia su hijo o su hija, que nace de ella misma, que durante muchos meses son su propio cuerpo para luego pasar a ser esas personitas que parecen no querer separarse jamás de ella. De ti.

Si alguna vez lo lees, solo quiero pedir disculpas por esos segundos en que me fijo en vosotros dos y que me dicen tanto, y daros las gracias, de algún modo, porque cada vez que os veo pasar, desde mi ventana, veo amor.

Fotos | iStock
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