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Crianza: si lo mío no es apego ¿qué es?

Crianza: si lo mío no es apego ¿qué es?
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Si hay algo que me escama de la teoría comúnmente conocida como crianza con apego es el nombre. No tendría ningún inconveniente si esta filosofía educativa fuera conocida como la crianza Bowlby en honor a uno de sus prescriptores, o la crianza Machupichu, por poner un ejemplo. Lo que no me gusta es el factor excluyente que lleva implícito a modo de juicio tácito. Parece como si nos quisiera decir esto es la crianza con apego y todo lo demás será, por consecuencia lógica e ineludible, crianza con… ¿desapego? Cada vez que leo algo sobre este tema no puedo dejar de preguntarme, si lo mío no es crianza con apego ¿qué es?

Verán ustedes, por circunstancias de la vida y de mi ignorancia supina cuando me convertí en madre por primera vez, he criado y crío a mis hijas sin haberme adscrito a ningún grupo, tendencia o corriente conocida. Básicamente, desde el día en que La Primera me miró muy concentrada con unos ojos enormes cambiándome la vida para siempre, he practicado el método milenario de “lo que me pide el cuerpo” combinado siempre con el ejercicio práctico de “esto no me funciona voy a probar otra cosa”.

Bebés, lactancias y otros menesteres

Con mis bebés el cuerpo siempre me ha pedido tenerlos mucho en brazos. En seguida me di cuenta de que los diez minutos de cada pecho cada cuatro horas que me recomendó el pediatra en el hospital no iban a funcionar con mi hija. Ella era más de un chupito ahora, me duermo otro ratito y a los cinco minutos otro chupito. O veinte. Instauramos así la lactancia del chupito en modo barra libre que tiempo después alguien tuvo a bien llamar lactancia a demanda. Tampoco le di chupete, más que nada porque conociéndome como me conozco, hubiera estado siempre guarrísimo y lo hubiera olvidado dos de cada tres veces.

Lo de las noches nunca me molestó, entendí sin que nadie me lo dijera que cuando me mi hija hacía el más mínimo ¡ay! yo tenía que estar ahí para solucionarle la papeleta, comérmela a besos o cambiarle esas cacas que le llegaban hasta la nuca. Tuve noches de todos los colores y sabores hasta que mi hija, de motu proprio y sin más alimento que la leche de mi pecho, decidió dormir sus doce horas convirtiéndome en una minoría de madres que vuelven a dormir antes de que su bebé cumpla los cuatro meses. Mi segunda hija volvió a repetir la hazaña. No así la tercera y la cuarta que me han tenido en vela muchos más meses.

Carritos, guarderías y otros artilugios denostados

Como les digo, yo no era muy de separarme de mis bebés, ni lo soy ahora que me dispongo, si todo va bien, a dar la bienvenida a nuestra quinta niña. No por nada, sino porque el cuerpo me pedía tenerlas cerca, casi siempre al pecho ya fuera por hambre o consuelo y mucho tiempo en brazos. Lo que no quita para que se echaran unas siestas estupendas en sus carritos y nos diéramos largos paseos separadas por ese medio metro de distancia insalvable entre la madre y el cuco de paseo.

De las niñas me he ocupado yo siempre, a tiempo y dedicación completa, salvando esos momentos de egoísmo extremo en los que me da por ducharme, hablar por teléfono o escribir entradas de dudosa valía en la blogosfera. Con cada una de ellas observé allá por los dos años que empezaban a aburrirse y necesitaban algo más de acción. Fue el momento de apuntarlas a la guardería por la mañana. La única que ha llorado en las adaptaciones sucesivas he sido yo muy ofendida cuando quisieron quedarse sin mirar atrás. Cuenta mi madre que hace treinta años yo le hice el mismo feo.

Educación, disciplina y otros quebraderos de cabeza

Creo que poca gente, muy poca, pasa más tiempo con sus hijos que yo. Me desplazo por la vida y el mundo con las cuatro. Voy a la compra con ellas, al médico, me ducho casi siempre con alguna mirando, viajo con ellas, desayuno, como y ceno con ellas, charlo con ellas y me ocupo de solucionar todos y cada uno de sus necesidades o problemas. Limpio cada vómito, consuelo cada llanto y les acaricio la sien cuando tienen fiebre.

También es cierto que soy muy sargento con las comidas, los horarios y la obediencia. Quizá todos seríamos mucho más felices sin horarios, ni obligaciones, ni imposiciones pero intento educar a mis hijas para que puedan adaptarse al mundo real y a la vida escolar, social y familiar con la que van a tener que convivir. Creo que cierto orden y disciplina les ayuda a desenvolverse en estos entornos con más soltura.

En mi afán educador peco muchas veces de falta de paciencia, de nervios, de ogro y mil cosas más. Intento mejorar en lo que puedo, dentro de mis posibilidades, mi nivel de cansancio y el estado de ánimo general de la familia. Cuando me paso me disculpo igual que cuando se pasan ellas acepto sus disculpas.

A medida que los niños crecen y el número de ellos se multiplica los problemas se complican. A los bebés hay que cuidarlos y quererlos pero a los niños también hay que educarlos y las dudas que nos asaltan son mucho más transcendentales y difíciles de abordar. Ya no está todo tan claro y la línea que separa el buen padre del “malo” (si es que esto existe) es más difusa, ser de los buenos buenísimos ya no es tan fácil, es posible que ni siquiera sea posible.

Fórmulas mágicas y otras utopías

Por eso me concentro en hacerlo lo mejor que puedo con los medios de los que dispongo e intento ser flexible, adaptarme y cambiar mis teorías o mis métodos si veo que no funcionan o que no dan el resultado esperado. Unas veces me equivoco y otras no. Pero pienso que mis hijas sabrán perdonarme mis imperfecciones y aceptarme como la humana falible que soy porque hay una cosa que tienen muy clara, independientemente de que a veces les castigue o les regañe, saben que siempre estoy ahí, para lo que necesiten. Saben que siempre pueden contar conmigo para lo que sea, donde sea y como sea. Saben que sus problemas son mis problemas. Saben que soy muy ogro y muy pesada como también saben que las voy a querer siempre independientemente de lo que hagan.

A eso le llamo yo apego, a la unión de unos padres con su hijo por encima de todo y de todos, al amor incondicional que sólo es posible entre padres e hijos independientemente de que éstos sean adoptivos o biológicos, que el niño pase las vacaciones con los abuelos, la madre haya recurrido al biberón de apoyo o trabaje a tiempo completo.

El mejor cumplido desde que soy madre me lo hizo la profesora de La Segunda. Me preguntó cómo educaba a mis hijas a lo que no tuve más remedio que contestarle "como buenamente puedo, equivocándome mucho". Luego me explicó que habían estado analizando un estudio que recogía los distintos síndromes, carencias afectivas o sociales, dificultades en las relaciones, etc. que padecían los niños en edad escolar y que, cuando pensaba en un niño que no tuviera ninguna de estos problemas, que tuviera un comportamiento normal en todos los frentes y confianza para enfrentarse al mundo con seguridad y entusiasmo, siempre pensaba en mi hija. No me dijo que fuera la más lista, ni la más guapa, ni la mejor. Me dijo que era normal y feliz. No se me ocurre mejor cumplido.

Por eso cuando me entran dudas existenciales y me siento mala madre miro a mis hijas, las veo felices y normales, muy normales, y me pregunto: si lo mío no es crianza con apego ¿qué es?

Foto | Erik Charlton en Flickr En Bebés y más | Cuando a la crianza con apego le llega la fecha de caducidad,¿Es posible criar con apego cuando tienes tres hijos (o más)?

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