Los "niños difíciles" no existen: el problema es la impaciencia y exigencia con que los adultos educamos

Los "niños difíciles" no existen: el problema es la impaciencia y exigencia con que los adultos educamos
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Hace tiempo leí una frase en Internet que impactó tan profundamente en mi corazón, que desde entonces se ha convertido en una de mis frases de crianza favoritas: "No hay niños difíciles. Lo difícil es ser niño en un mundo de gente cansada, ocupada, sin paciencia y con prisa".

Desconozco el autor o autora de esta reflexión, pero creo que sus palabras describen a la perfección el férreo ambiente en el que se están criando los niños en nuestra sociedad.

Un ambiente inflexible, devorado por la inmediatez y las prisas, cargado de preocupaciones adultas que nos llevan a dejar a los niños en segundo plano en demasiadas ocasiones, de exigencias, de multitareas que nos impiden conectar... pero sobre todo, de etiquetas.

Hoy reflexiono sobre este tema y por qué creo firmemente que no hay "niños difíciles", sino que el problema radica en la mirada del adulto.

Los adultos etiquetamos al niño en nuestro beneficio

etiquetar
Foto vía Monstera (Pexels)

Con demasiada frecuencia etiquetamos a los niños sin ser conscientes del daño emocional que esto puede suponer.

Así, acabamos catalogando de "difícil" al niño que no hace lo que nosotros queremos que haga: obedecer a la primera, escuchar sin protestar, asumir sus obligaciones, no pelearse... Por el contrario, decimos que "el niño es fácil" cuando su crianza y educación resulta sencilla y cómoda porque no nos da problemas.

Si lo analizamos, este enfoque es completamente 'adulcentrista', es decir, las necesidades, opiniones y comportamientos de los niños no tienen cabida, sino que en todo momento deben someterse al dictado de los adultos.

Esto nos lleva a etiquetar, porque en cierto modo, imponer una etiqueta al niño nos tranquiliza, reconforta y nos ayuda a comprender (desde nuestra perspectiva adulta) lo que está sucediendo. Además, al hablar con otros adultos sobre lo "difícil" que es nuestro hijo, enseguida nos sentiremos comprendidos y respaldados porque, muy probablemente, el resto de padres también sienta que sus hijos son "difíciles".

De este modo, amparándonos en la etiqueta de "difícil", nos consolamos a nosotros mismos cuando la frustración nos invade porque nuestro hijo no nos escucha, no para quieto un momento o se pelea con sus hermanos.

Asimimo, esta etiqueta nos permite quitarnos responsabilidad cuando las cosas no salen como queremos y culpar al menor de la situación, pues inconscientemente sentimos que es el niño quien tiene que facilitarnos las cosas a nosotros, y no al revés.

La importancia de cambiar nuestra mirada

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Ahora bien, ¿qué pasaría si por una vez nos pusiéramos las "gafas de niño" y miráramos a nuestros hijos con otra mirada? ¿Cómo sería el mundo para ellos si los adultos dejáramos a un lado nuestras exigencias y nuestras prisas y les respetáramos más?

Pues, sencillamente, nos daríamos cuenta de que no hay niños "difíciles", sino niños con necesidades que no están siendo satisfechas.

Y es que seguir el frenético ritmo de vida que llevamos los adultos no es fácil para los niños. Prácticamente desde que son bebés les empujamos a crecer a marchas forzadas, porque aún existe la falsa creencia de que cuanto antes se "independice" el niño de sus padres, mejor será su desarrollo.

Esta idea hace que en demasiadas ocasiones los adultos nos olvidemos del ritmo madurativo de los niños, de su concepto del tiempo, del desarrollo progresivo de sus habilidades, y sobre todo de sus necesidades emocionales.

Así, detrás de ese niño que nosotros catalogamos de "difícil", lo que hay realmente es un niño con necesidades que no están siendo debidamente atendidas como consecuencia de nuestra impaciencia, nuestro agotamiento físico y mental y la "desconexión" con quienes nos rodean.

Como respuesta al trato del adulto, el niño - que aún no tiene completamente adquiridas las habilidades sociales y tampoco sabe cómo gestionar sus emociones-, se revela. Y lo hace gritando, pataleando, estallando emocionalmente, mordiendo o pegando, desacreditando al adulto...

¿Qué podemos hacer los adultos?

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No es un ejercicio fácil, pero es sumamente importante que los adultos  cambiemos la forma que tenemos de dirigirnos a los niños, de criarles y educarles.

Para ello es fundamental comenzar mirando en nuestro interior y hacer un profundo ejercicio de reflexión que nos ayude a comprender lo que está pasando realmente.

No se trata en ningún caso de culparnos (los padres hacemos las cosas siempre lo mejor que podemos y sabemos), sino de ser conscientes que el cambio está en nosotros.

Esto es lo que podemos hacer para mejorar y equilibrar nuestra relación con los niños:

- Trata a tus hijos como te gustaría que te trataran a ti: con paciencia, respeto, amor y empatía. Debemos tener siempre presente que nuestros hijos son personas independientes a nosotros, con sus propios gustos e ideas, y en pleno proceso de aprendizaje.

- Debemos poner límites con respeto, empatía y amor. Estos límites deben ser claros, justos y permitir que el niño también participe de ellos.

- Conecta emocionalmente con el niño; es fundamental para su desarrollo, su felicidad y resulta clave para mejorar el comportamiento.

- Comunícate siempre de forma positiva, fomentando la escucha activa, el diálogo abierto y la confianza.

- Ayuda a tu hijo a entender y gestionar sus emociones y valida respetuosamente lo que está sintiendo en cada momento.

- Atiende siempre a tu hijo, tanto física como emocionalmente. Cuando un niño siente que sus padres están a su lado, le respetan, le aman de manera incondicional y le acompañan, crece seguro, confiado, feliz, y no necesita llamar su atención continuamente

- Enseña al niño a responsabilizarse de sus actos, a reparar el daño que haya podido hacer, asumir sus errores y ver en ellos la oportunidad de seguir aprendiendo.

- Fomenta la autonomía de tu hijo respetando siempre sus ritmos, y acompañándolo en su desarrollo, alentándole y contribuyendo a su autoestima fuerte y positiva.

- Y por último, no debemos perder nunca la perspectiva de que los niños, por su naturaleza emocional, explosiva e inquieta, tienen comportamientos y actitudes diferentes a las del adulto.

En este sentido, si dejáramos a los niños libertad para moverse, correr, jugar sin roles ni directrices y aprender explorando sus propias capacidades y habilidades, no solo estaríamos contribuyendo a su desarrollo integral, sino sobre todo a su felicidad.


En cualquier caso, si en algún momento la crianza nos desborda y sentimos que no podemos más, o no sabemos cómo ayudar, conectar o comunicarnos con nuestro hijo, es importante buscar ayuda profesional para enfocar la situación en beneficio de todos.

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