
Hace unos meses hablamos de los niños, de las noches y de los vómitos, en una ecuación extraña que viene a explicarse del siguiente modo: el niño no quiere dormir, no quiere dormir en ese momento o no quiere dormir solo, los padres dicen que sí, el niño llora, los padres no hacen caso, el niño vomita y los padres pueden optar por darse cuenta de que la situación ha llegado a un extremo inaceptable (su hijo ha llorado hasta el punto de vomitar, simplemente por ir a dormir) y acaban haciendo caso al niño o bien optar por mostrarse impasibles, como si nada hubiera sucedido.
Hablamos de ello desde la perspectiva de algunos expertos del sueño de estilo conductista (concretamente del Dr. Estivill), que optan por recomendar el laissez faire (dejar hacer, o sea, que vomite si quiere, que esto se limpia y listos) y de otros expertos del sueño y la psicología (concretamente de Rosa Jové), que optan por hacer caso si el niño vomita e incluso adelantarse al problema para que ni siquiera llegue a vomitar.
Pues bien, unos meses después me doy cuenta de que ante un caso concreto de una niña de dos años cuyos padres explican que no quiere dormir y que acaba vomitando, un profesional de esos que tienen un currículum que da envidia a cualquiera recomienda limpiar el vómito sin hacer comentario alguno, porque la niña es muy inteligente y está realizando dicha acción (vomitar) en busca de una respuesta satisfactoria.








