
Dice el dicho que los bebés, cuando nacen, comen y duermen. Es un dicho muy famoso que es bastante real, porque en realidad lo que hacen casi todo el día es comer y dormir, pero que suele llevar a equívoco, porque muchos padres creen que comen como ellos, cada 3-4 horas (o más) y que luego simplemente duermen, respetando las noches.
La realidad no es esa, claro, porque los bebés comen y duermen, pero lo hacen muchas veces, despertándose muy a menudo para comer, sobretodo a partir de la primera semana.
Los primeros días, quizás porque están en fase de adaptación al nuevo mundo, quizás porque todavía no necesitan demasiado la vigilia, duermen más que comen. Se van cogiendo al pecho y se van durmiendo en seguida porque tienen sueño, casi como si se cansaran de mamar o no tuvieran suficientes fuerzas.
Entonces, a partir de la semana, más o menos, empiezan a estar más despiertos, empiezan a comer mejor y empiezan a demandar más comida. En ese momento suele suceder que los padres se dan cuenta de que algo ha pasado, porque el bebé pasa una mala noche que “pa qué”, pidiendo a todas horas (“tengo hambre, igual que hace unos días, pero ahora prefiero pedir que comer con hambre”) y haciendo creer a los padres que tiene gases, cólicos o vete tú a saber qué.





