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El contacto con la naturaleza es bueno para el aprendizaje: claves para que los niños dejen las pantallas y salgan al aire libre

El contacto con la naturaleza es bueno para el aprendizaje: claves para que los niños dejen las pantallas y salgan al aire libre
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Varias investigaciones sugieren que cada vez pasamos menos tiempo al aire libre. Se trata de una tendencia preocupante porque aparentemente también se extiende al ámbito escolar.

He dedicado la mayor parte de mi carrera como profesora universitaria e investigadora a examinar la relación entre las personas y la naturaleza y durante las últimas décadas la sociedad cada vez se ha distanciado más del ámbito natural, sobre todo debido a la densificación urbana y a nuestro embobamiento con los dispositivos tecnológicos (que normalmente se encuentran en espacios interiores).

El contacto con la naturaleza puede fomentar la creatividad, levantar el ánimo, reducir el estrés, mejorar la agudeza mental, el bienestar y la productividad, promover las conexiones sociales y fomentar la actividad física. También tiene un sinfín de beneficios en el ámbito de la enseñanza y de la educación.

Aire libre y aprendizaje

El término "jardín de infancia" (originalmente kindergarten en alemán) fue creado hacia el año 1840 por el pedagogo alemán Friedrich Froebel. De acuerdo con la idea de que todos poseemos una curiosidad y una imaginación innatas, Froeble considera que los niños aprenden mejor con juegos creativos y explorando con la ayuda de su curiosidad.

Los juegos al aire libre no son solamente esenciales para la felicidad durante la infancia, sino que también nos enseñan habilidades fundamentales para la vida y fomentan el crecimiento y el desarrollo personal.

Las lecciones prácticas al aire libre son más fáciles de recordar en los cerebros infantiles en comparación con el aprendizaje de una lección a través de un libro.

Las investigaciones actuales nos muestran que el aprendizaje basado en juegos al aire libre también puede ayudar a mejorar los resultados académicos. Un estudio reciente llegó a la conclusión de que pasar tiempo al aire libre estimulaba el aprendizaje y mejoraba la concentración y las notas en los exámenes.

El contacto con la naturaleza también juega un papel fundamental en el desarrollo cerebral y un estudio reciente llegó a la conclusión de el desarrollo cognitivo mejoraba con la exposición a espacios verdes, sobre todo en colegios en los que había más zonas verdes.

La autonomía personal y la libertad en los espacios al aire libre hacen que los niños se sientan más motivados y el uso extra de energía hace que se sientan más calmados y fomenta un comportamiento más sociable.

La enseñanza y el aprendizaje en entornos naturales promueven el autocontrol gracias a la toma de riesgos, la actividad física, la capacidad de adaptación, la autorregulación y los descubrimientos que dependen del alumno. La imaginación también se ve reforzada gracias a los juegos libres y sin estructuras.

¿Cómo hacer que los niños pasen más tiempo fuera?

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Los niños necesitan juegos al aire libre, pero no les damos suficientes oportunidades. En países como Dinamarca, Suecia, Finlandia y Noruega, la mitad de la jornada lectiva se realiza al aire libre (haga lluvia, granizo o sol) explorando la aplicación en el mundo real de lo aprendido en las aulas. Es un buen ejemplo de lo que pueden hacer padres y profesores para que los niños pasen más tiempo al aire libre.

Sacar a la clase del aula

Los niños aprenden mejor cuando pueden experimentar lo que han aprendido en vez de simplemente escuchar la lección desde un libro de texto. Un estudio realizado en Chicago utilizó escáneres cerebrales para mostrar cómo los alumnos que recibían un aprendizaje basado en experimentos mostraban actividad en las zonas del cerebro relacionadas con las capacidades sensoriales y motoras. Posteriormente, eran capaces de recordar los conceptos y la información con más claridad y precisión.

Las lecciones prácticas al aire libre son más fáciles de recordar en los cerebros infantiles en comparación con el aprendizaje de una lección a través de un libro. Este puede ser uno de los motivos por lo cuales en 2017 el gobierno australiano ha decidido añadir el aprendizaje al aire libre a los programas educativos del país.

Entre las opciones para los profesores se incluyen llevar el aula a un entorno natural para que los alumnos puedan escribir poesía sobre la naturaleza, medir la altura de los árboles en clase de matemáticas o relajarse utilizando técnicas de meditación sentados en silencio a la sombra de un árbol.

En Australia también existe una iniciativa para celebrar el Día de clases al aire libre el 1 de noviembre: un día en el que se anima a los profesores a dar clase en espacios al aire libre. También es una buena excusa para que los padres hagan un esfuerzo extra para llevar a los niños al parque, al río o a la playa.

Menos tiempo pegados a las pantallas

Las conversaciones con padres y profesores muestran que cada vez se preocupan más por el impacto de la tecnología en los niños, tanto a gran escala como a pequeña escala.

Nuestros deseos de usar la tecnología han reemplazado de muchas maneras nuestras ganas de interactuar con otras personas cara a cara. Para combatirlo, los padres pueden intentar establecer horas en las que no se permite el uso de dispositivos.

Los padres tienen que dar buen ejemplo a sus hijos y por eso deben ser los primeros en controlar el tiempo que pasan con los dispositivos y pasar momentos valiosos al lado de sus hijos sin depender de los dispositivos digitales.

La triste realidad es que a veces la tecnología puede ser una especie de dispositivo que sustituye las labores educativas de los padres, manteniendo a los niños ocupados. Lo que deberíamos hacer es animar a los niños a que jueguen a juegos simples y desestructurados.

Bajo este tipo de juegos se podrían incluir actividades como crear una yincana al aire libre donde puedan reunir objetos de la naturaleza, construir fortalezas o guaridas incorporando materiales asequibles como ramas o sábanas viejas, subirse a los árboles o tumbarse en la hierba para mirar al cielo y ver las formas que hacen las nubes.

Otras actividades podrían ser hacer tartas o castillos de barro en la playa o en la arena; animarles a empezar a coleccionar plumas de pájaros, pétalos, hojas, piedras, ramitas o palos para hacer manualidades o murales en cartulinas; plantar un huerto con semillas de hortalizas o flores con la ayuda de sus padres (dejándoles que decidan lo que quieren plantar); ponerse el abrigo y las botas de agua cuando llueve y saltar charcos juntos; o construir un columpio o un coche de juguete.

La naturaleza ofrece una infinidad de posibilidades para juegos con todo tipo de materiales. Si te quedas sin ideas, puedes buscar en Internet grupos de padres para realizar actividades al aire libre cerca de tu casa, algo que está muy de moda. Pero lo más importante es consolidar la idea de que mojarse, ensuciarse y enredarse el pelo es bueno para los niños y es parte de la diversión.

Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation. Puedes leer el artículo original aquí

Traducido por Silvestre Urbón.

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