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Hace unos meses Mireia mostró un vídeo sobre la violencia hacia los niños realizado en Francia que me pareció increíble. En él una madre desbordada daba un sonoro y violento cachete (una torta) a su hija en presencia de la abuela que, lejos de alabar o criticar su comportamiento (digo alabar porque hay de todo en la viña del Señor), que es lo que yo esperaba que hiciera (criticar o apaciguar), se acerca a su hija para darle un abrazo, pidiéndole perdón.
 
Perdón porque a menos que el modo en que te educaron tus padres dejara tanta huella que lo rechazaras, la mayoría de hijos ven bien y normal todo lo sucedido. Se dice habitualmente que cuando los perros son maltratados acaban pensando que eso es algo normal y con los niños acaba sucediendo algo parecido: para saber que algo está mal, debes conocer lo que está bien para poder comparar. Quien sólo conoce el mal, cree que es lo habitual y lo normal.
 
Por eso muchos niños crecimos creyendo que recibir algún cachete no nos gustaba, pero que en cierto modo lo merecíamos, crecimos creyendo que querríamos pasar más tiempo con nuestros padres, pero pensamos que lo normal es que no sucediera, y por eso muchos llegamos a la edad adulta con los mismos “tics” que tenían nuestros padres: miedo de tener hijos que se subieran a nuestra chepa, que nos tomaran el pelo o que quisieran tomar el control y por eso defendíamos, ya adultos, que “si tuviera un hijo y tuviera que corregirle con un cachete, probablemente lo haría”.
 
Sin embargo un buen día somos padres y todo lo que nos parecía normal, todo lo que hicieron nuestros padres para educarnos, empieza a verse desde otra perspectiva. Empezamos a madurar y empezamos a conocer esa referencia que hace falta para criticar aquello que antaño estaba bien y que ahora creemos que está mal. Entonces afloran sentimientos, vivencias y recuerdos que nos hacen pensar que podría haber sido diferente, hasta el punto que nos gustaría que nuestros padres nos pidieran perdón (lo siento, hoy estoy sensible… si tuviera psicólogo le haría ganarse el suelo, pero no es así).

Al ser padres volvemos a vivir nuestra infancia

Una de las razones por la que estoy más contento de haber sido padre es que desde el principio conecté tanto con él (hablo de mi hijo mayor) que en cierto modo he vuelto a vivir mi infancia a través de sus vivencias.

He conocido sus llantos, sus temores, sus inseguridades, los empujones de los niños desconocidos, el “tú no puedes jugar” de los que eran mayores que él, sus “esto no me gusta”, que yo me lo tenía que comer con arcadas y todo y otras muchas cosas que me han hecho recordar tiempos pasados, cosas que entonces creía que tenían que ser así y punto, cosas que hace pocos años creía que no podían ser de otra manera… cosas que ahora creo que podrían haber sido diferentes y que me hicieron “enemistarme” con mis padres.

No lo hicisteis bien

Entonces me volví crítico con ellos. Me obligasteis a comer, me castigasteis, me pegasteis (no mucho, pero lo recuerdo vívidamente), hicisteis más caso a los que hacían más ruido y “no siempre el que grita más es el que está peor”. Faltó comunicación, faltó confianza y faltó libertad ya que nunca me dejasteis elegir. Así, cuando crecí y tuve que tomar por primera vez mis propias decisiones la inseguridad me carcomía hasta el punto de no saber hacerlo.

Fallasteis, no lo hicisteis bien, y por eso os señalé en su día desde mis adentros (faltó comunicación y sigue faltando ahora).

Pero os perdono

Os perdono porque hace ya cinco años que nació mi primer hijo y hace ya al menos tres años que dicté sentencia. Ha pasado el tiempo y yo solo, sin ayuda de nadie, he reconstruido muchos de los vacíos de mi infancia y he lamido las heridas que queriendo o sin querer me provocasteis, aquellas que entonces no veía y ahora reconozco claramente.

Os perdono porque sé que lo hicisteis del mejor modo que supisteis y que lo hicisteis todo desde vuestra manera de amar, diferente a la mía, pero amando igualmente.

Sin embargo, me encantaría recibir ese abrazo de perdón

Sin embargo, tal y como hace la abuela del vídeo, abrazando a su hija para pedirle perdón por todos los momentos que hicieron de ella una hija capaz de perder los estribos y golpear violentamente a su hija, me encantaría recibir un abrazo de perdón.

A muchos nos gustaría saber que en el fondo, aquellos que te hicieron sentir miedo, cuando querían que sintieras respeto, se han dado cuenta que podrían haberlo hecho mejor. Cuántas barreras caerían y cuántas heridas sanarían si vinieran y nos dijeran: “lo siento hijo, antiguamente se hacía así y en ese momento creíamos que era lo mejor, si pudiera volver a hacerlo lo haría de otra manera”.

PS: Hoy no os cebéis mucho conmigo… me he desnudado completamente para escribir esto y ando sensible.

Foto | Atkinson000 en Flickr
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