
Cuando no eres madre (o padre) y te aqueja algún tipo de mal que necesite descanso creo que tardamos poco en tomárnoslo más en serio y poner remedio. Cuando tienes hijos, vas alargando la dolencia, porque te das menos cuenta o porque no tienes tiempo, hasta que esta puede contigo y corres (es un decir) al servicio de Urgencias.
Allí te examina el médico y te pregunta cómo has aguantado tanto, que tienes,pongamos por caso, una contractura muscular de campeonato y que te puede dar la baja por unos días. ¿La baja?, pienso yo. No, no, con un par de festivos por medio seguro que lo supero bien.
“Bueno, pero guarde reposo”, ordena el médico. En ese momento, lo primero que piensas, trasladándote a posibles reposos pasados, es, “Mira qué bien, camita y mantita, pila de libros y revistas, radio, una infusión… y a descansar hasta que se cure”.
Inmediatamente, ese espejismo desaparece y se te cruza por la cabeza, a modo de vídeoclip acelerado, toooooodo lo que tienes que hacer con tus hijos cada día y que, en teoría, no podrás hacer. ¡Glups! Aquí empieza a dolerte más la contractura (¿será psicosomática?)








