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"El apego no requiere un gran desembolso de dinero". Entrevista a la antropóloga a María José Garrido

"El apego no requiere un gran desembolso de dinero". Entrevista a la antropóloga a María José Garrido
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Continuamos entrevistando a la antropóloga María José Garrido, que nos va a explicar, en esta ocasión, las razones por las que se recomienda, ahora, a los padres, prácticas y objetos que provocan la separación física y emocional de sus hijos y, en consecuencia, el desapego, partiendo de lo que ya hemos hablado con ella: que cada cultura moldea a sus individuos mediante la crianza.

¿A qué se debe que la cultura occidental haya dado la espalda a instintos como la lactancia o la cercanía con los hijos y fomente el desapego y una falsa autonomía temprana con separaciones?

En mi opinión han sido varios factores. En primer lugar, la separación de la madre del bebé está en relación con la medicalización de los procesos vitales.

Desde el momento en que las mujeres comenzaron a parir en hospitales, a mediados del siglo XX, el nacimiento se ha convertido en una enfermedad.

Aunque hay que reconocer los beneficios que conllevó, como la disminución de la tasa de mortalidad infantil y materna, también ocasionó un control y un alto grado de intervencionismo en los procesos sexuales femeninos, como el embarazo, parto y lactancia, entre otros. El nacimiento pasó así de un contexto social íntimo y privado, a convertirse en un acontecimiento público.

Pero el mundo laboral también impone la separación, ¿verdad? Si, por otra parte, la separación de madres e hijos también surgió de la necesidad, durante la Industrialización, de conseguir mano de obra, que impelió a las mujeres a incorporarse al trabajo en las fábricas y ocasionó la necesidad de crear lugares para albergar a los hijos, hasta que tuvieran edad de incorporarse al trabajo en la industria.

¿Hay más aspectos que condiciones esta cultura del desapego?

Tampoco hay que olvidar que, mientras que el apego no requiere un desembolso de dinero considerable, sino sobre todo, presencia.

En cambio, la separación requiere innumerables objetos: alimentación artificial a base de fórmulas, habitación independiente, cuna, trona, parque o corralito, guarderías. Existe un negocio alrededor de la maternidad y la infancia que enriquece a empresas de todo tipo: santitarias, mobiliarias, etc.

Por último, nuestra cultura tiene una obsesión por el control, por establecer tiempos y pautas para todo. Sin embargo, el conocimiento científico, a través de la neurobiología del apego, que estudia los mecanismos hormonales, neurológicos y químicos relacionados con el inicio del vínculo, ha mostrado que el apego es una conducta adaptativa saludable, dada la prolongada infancia de nuestra especie, fruto de su inmadurez.

Sin embargo, la crianza de apego es lo normal en el ser humano, ¿no es así?

El apego ha garantizado a lo largo de la historia de la humanidad los cuidados necesarios, físicos y emocionales, para un desarrollo infantil adecuado. Alterar ese proceso, seleccionado durante miles de años por la evolución, por fuerza ha de tener consecuencias, en términos de salud física y psíquica.

Pero, a la vez, ¿alguna vez otra civilización o cultura se ha preocupado tanto por el bienestar de los niños como la nuestra?

Creo que ninguna cultura se ha preocupado tanto por el bienestar de los niños como la nuestra, hasta el punto de convertir la preocupación en una patología.

Nos preocupa la seguridad infantil, la alimentación, las enfermedades de los niños, los procesos de desarrollo, etc.

Quiero decir que tal vez nos preocupamos en exceso por las fases de maduración de los niños, por lo que deben comer, dormir, jugar o aprender, en lugar de acompañarlos y respetar su proceso de evolución. La protección debería marcarla el bebé o el niño cuando lo necesitan, y no nosotros, puesto que así limitamos su capacidad de aprendizaje por sí mismos.

¿Alguna cultura ha considerado alguna vez deseable que un bebé se separase de su madre para socializarse o aprender como se nos repite machaconamente ahora?

Sólo se ha hecho si querían conseguir seres duros y agresivos pero no para socializar ni aprender. Ninguna cultura ha propiciado o forzado una separación así.

La independencia, autonomía y socialización se han producido, a lo largo de la historia de la humanidad, de manera natural y paulatina, como parte del proceso de desarrollo del niño, ya que los niños forman parte del grupo desde el nacimiento, por lo que están habituados a sus actividades y ritmos cotidianos, de manera que no es algo que se enseñe en otras culturas.

¿No es cierto que los pueblos más violentos, como los espartanos, forzaban el desapego y la separación?

Así es. Michael Odent ha realizado una exhaustiva investigación sobre la separación tras el nacimiento, impidiendo la ingesta de calostro, mediante diversos rituales, en todos los continentes.

En África, el único pueblo que no altera el consumo de calostro son los pigmeos. Y los maoríes entre las culturas oceánicas. Odent llegó a la conclusión de que casi constituía un universal cultural. No hay mejor forma de conseguir que un individuo sea agresivo que impedir que desarrolle lazos afectivos desde el inicio de su infancia. Extendiendo la idea de que el calostro es malo o impuro, se impide el contacto durante los primeros días entre la madre y el bebé.

También se usan otras fórmulas para alterar el contacto, como la circuncisión, fajar al bebé, bautizarlo, perforar las orejas en los primeros momentos, etc. Algunas culturas que no han impedido el contacto inicial entre madre y bebé han sido los huiloches en el noroeste de México, los pigmeos, los quechuas o aynara en Bolivia y los maoríes en Nueva Zelanda.

¿Hasta que punto daña al niño el desapego?

La neurobiología ha demostrado que sin afecto y vínculos, algunas zonas del cerebro no se desarrollan, como la corteza prefrontal. Así mismo, la alteración del vínculo implica modificaciones neuroendocrinas en el bebé, ya que madre y bebé constituyen una unidad neurofisiológica. Ambos regulan mutuamente sus funciones fisiológicas. Alterar el contacto entre ambos tiene, por tanto, consecuencias en el sistema metabólico, cardíaco y nervioso del bebé.

¿Podemos concluir que dejar llorar a un bebé o tratarlo con desapego le hace más violento o insensible al sufrimiento de otros, según lo que podamos inferir de los estudios de antropología comparada?

Sí, sin duda. Los estudios de antropología intercultural de Prescott en 49 tribus del mundo así lo corroboraron. Así como el Instituto de Investigación del Tacto de Miami.

Desde la neonatología, los estudios de Nils Bergman, demostraron que desde la semana 14-16 de gestación, las vías neurales del feto se desarrollan en función del contexto, del estado de la madre y del ambiente. También demostró que el primer año de vida constituye una gestación externa, por la inmadurez del cerebro humano tras el nacimiento.

Dejar llorar a un bebé le provoca un aumento de cortisol y adrenalina que, en grandes cantidades, se convierten en neurotóxicos que afectan al sistema neurológico y neuromuscular del bebé, que está en plena formación. De todo ello se colige la necesidad de una relación estrecha con la figura de apego para conseguir un desarrollo adecuado.

Existe una tendencia a recomendar a los padres el sueño solitario de los bebés, el destete prematuro, la separación temprana, el uso de objetos que suplen el contacto físico y la insistencia en que llevar en brazos o dormir con el bebé es malo para él cuando es lo natural en los seres humanos.

Gracias a esta entrevista a la antropóloga María José Garrido estamos comprendiendo mucho mejor la forma en la que nuestra civilización trata a los niños y cuales son las causas y las consecuencias del desapego. Continuaremos hablando con ella.

En Bebés y más | Monitos desnudos: la crianza según Desmond Morris, Los niños sapiens sapiens, La hominización y nuestros hijos, "Cada cultura moldea a sus individuos a través de la crianza." Entrevista a la antropóloga María José Garrido (II), "Hay una estrecha relación entre crianza y violencia". Entrevista a la antropóloga María José Garrido (I)

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