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Sé que entro en terreno resbaladizo al hablar sobre este tema, porque más de la mitad de la población deja cada día a sus hijos al cuidado de sus padres, sin embargo quiero hacerlo porque es una realidad que existe desde hace tiempo que parece estarse convirtiendo en un recurso habitual y que hace que los abuelos de ahora vivan un tipo de vida diferente al que vivían años atrás.

Tiempo atrás nos cuidaban nuestros padres y nuestros abuelos echaban una mano, estaban siempre dispuestos a tapar agujeros y, en esa situación, disfrutábamos todos. Ahora en cambio cuidar de los nietos se ha convertido en obligación para más de uno y, ya se sabe, cuando algo se hace por obligación, pierde algo de encanto.

Dice un estudio reciente del Ministerio de Sanidad que el 70% de los abuelos de más de 65 años cuidan de sus nietos y que el 49% lo hace diariamente, durante un período de tiempo de entre cinco y seis horas. A la ministra, este hecho le parece una “conquista social” hasta el punto de proponer que el 2012 sea declarado “Año europeo del envejecimiento activo y la solidaridad intergeneracional”.

¿Conquista social

Dicho así suena hasta bien, sin embargo no es más que una bonita manera de decir que el sistema es tan deplorable, o el nivel de vida de las personas tan elevado, que al necesitarse dos sueldos para vivir los abuelos tienen que hacerse cargo de los niños.

Dicho de otro modo, las personas que han pasado toda su vida trabajando de sol a sol para sacar adelante a su familia, habitualmente con un solo sueldo en casa, y que se han jubilado a sus 65 años con los deberes hechos, para disfrutar, por fin, de la vida, tienen que volver a tener obligaciones diarias que exigen no poca energía y a esto debemos llamarlo conquista social.

No soy abuelo, evidentemente, pero he podido leer y escuchar la opinión de más de uno y, aunque evidentemente hay de todo, muchos lo viven con resignación.

Pero estar con los nietos es una maravilla

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Por supuesto, y seguro que más de un abuelo se siente feliz y completo pudiendo ejercer de cuidador a diario. El problema es para aquellos que no saben decir que no y se comprometen hasta tal punto que su vida gira, una vez jubilados, alrededor de sus hijos y sus nietos, preparando desayunos, comidas y meriendas y ejerciendo casi de padres, cuando su deseo sería otro.

Está claro que realidades hay tantas como parejas y que hay familias en las que la presencia de los abuelos es un bien inestimable y absolutamente necesario, pero hay muchas otras que transforman uso en abuso y, sinceramente, si alguna vez llego a conocer a mis nietos, cuidaré de ellos lo mejor que pueda si hace falta, pero si no hace falta, prefiero que los críen sus padres y yo ya me dedicaré a visitarlos y a recibirlos las veces que haga falta (incluso a diario, si me dejan).

Cuando el abuelo se convierte en padre

Dije ya en una entrada anterior que muchos abuelos disfrutan de sus nietos porque “a ti hijo te crié, pero a mi nieto lo malcriaré”. Esta relación de bondad, cariño y amistad es impagable. Tanto que los niños acaban adorando a sus abuelos y abuelas.

Sin embargo, cuando éstos deben llevar la responsabilidad de cuidar de ellos sin la presencia de los padres, durante varias horas al día, es evidente que la labor de abuelo se resiente, porque el abuelo debe ejercer de padre (o la abuela de madre).

Mis padres han estado cuidando de mi sobrina los primeros 3 años, hasta que ha entrado en el colegio. Cada día, desde las 7 de la mañana, hasta aproximadamente las tres de la tarde han estado con ella.

En todo ese tiempo la han visto empezar a comer, a andar, a hablar y todos esos progresos que cualquier padre y abuelo querría vivir. Sin embargo también la han tenido que ver llorar, enfadarse, quejarse, jugar, romper, destrozar, desobedecer y todas aquellas cosas que los niños hacen, pero que suelen acabar molestando a los adultos.

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En esas situaciones mi padre ha querido educar a la niña y, en más de una ocasión, la ha enviado al rincón de pensar, la ha dejado llorando, le ha negado cosas para que aprenda que no se puede tener todo y en definitiva ha tratado de educarla como mejor ha podido o sabido.

El caso es que durante más o menos un año, por la razón que fuera, la niña dejó de acercarse siquiera a su abuelo. No quería verlo y, cada vez que le oía, se escondía en las faldas de mi madre. De hecho me cogió temor a mí también por el simple hecho de parecerme físicamente a mi padre.

Está claro que es un caso aislado, pero pude ver con pena cómo mi padre se lamentaba ante el rechazo de aquella personita, su nieta, por la que daría todo.

Como digo, por mis nietos haré lo que haga falta, pero que los eduquen sus padres (que suficiente esfuerzo mental hago ahora para educar a los míos lo mejor que puedo).

Conclusión

El problema es probablemente de base. El sistema ha cambiado y las necesidades también. Antiguamente veraneábamos en un pueblo a 30 km de nuestra casa y ahora pareces estrecho de miras si no coges un avión y te alejas del mundanal ruido. Antiguamente íbamos a los sitios caminando, paseando incluso, disfrutando del entorno. Ahora se camina corriendo, con la mente ocupada en otras cosas y siempre con prisas. Antiguamente vivíamos todos apretados, teníamos pocos juguetes y los que teníamos debíamos eran de todos.

Ahora necesitamos una casa cada vez más grande, otro piso en la costa si puede ser, un coche grande para los desplazamientos largos y un coche pequeño para la ciudad, una Playstation para desconectar, una tele de 80” para ver los programas del corazón, una escapadita los fines de semana, también para desconectar, y dos trabajos para pagar todo esto.

Y claro, en este berenjenal en el que nos hemos metido (o nos hemos dejado meter), tras la pregunta “¿y ahora los niños con quién?, han aparecido los abuelos, esos grandes olvidados, para poner un parche a la sociedad de consumo que hemos creado.

Mientras estén de acuerdo, genial, perfecto, pero por favor, no conviertan en obligación lo que ellos harían por gusto.

Fotos | Flickr – ornchief, Brian Finifter, N.Y. State Of Mind
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