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limites

Sigo buscando la forma de explicar como podemos conciliar la crianza con respeto y empatía con la necesidad de aceptar, pactar, explicar e incluso imponer, ciertos límites.

Decía que los límites son el respeto, entendido no como algo unilateral, del padre al hijo, del adulto al niño, sino como una fórmula general en la que desarrollarnos como personas y establecer las relaciones con los demás.

No es sencillo reconfiguar nuestra visión y nuestras reacciones automáticas, sobre todo si hemos sido educados con “herramientas” como las humillaciones, comparaciones, castigos, gritos, cachetes, burlas o improperios cuando había un conflicto o un choque entre nuestros deseos o necesidades infantiles y las del adulto que nos cuidaba. Da miedo pasarse y caer en repetir los mismos esquemas, pero da miedo también el no saber educar y guiar a los niños. Así que debemos tener claro primero algo como la naturaleza de los límites.

La palabra límite

Se trata de una palabra que, desde una crianza empática, parece producir cierto miedo, pues se teme que limitar sea controlar la libertad y los impulsos creativos, imponiendo nuestros caprichos o normas por encima de las necesidades naturales de los pequeños, dañándolos en su capacidad de autoregulación y aprendizaje.

Desde una crianza autoritaria y adultocentrista no produce rechazo pues se considera que el límite es decidido por el adulto de espaldas incluso a las necesidades evolutivas de los niños, pues educar es moldear según lo que se espera en la sociedad y no se confia en que el niño sea capaz de descubrir por si mismo lo que es adecuado, pues adecuado se identifica con bueno.

Pero las palabras están vivas y su sentido puede ser muy diferente según quien las pronuncie. Incluso, escapando ya de una dicotomía entre formas de ver la educación enfrentadas o contrapuestas, podemos simplemente acercarnos a la palabra límite con confianza y dejar que nos explique lo que realmente significa.

1. m. Línea real o imaginaria que separa dos terrenos, dos países, dos territorios.

2. m. Fin, término. U. en aposición en casos como dimensiones límite, situación límite.

3. m. Extremo a que llega un determinado tiempo. El límite de este plazo es inamovible.

4. m. Extremo que pueden alcanzar lo físico y lo anímico. Llegó al límite de sus fuerzas.

5. m. Mat. En una secuencia infinita de magnitudes, magnitud fija a la que se aproximan cada vez más los términos de la secuencia.

Luego, por supuesto, podemos buscar otras palabras para explicar mejor la realidad, si límite no nos complaciera del todo.

A mi me gusta, es natural y es un poco contracorriente usarla, pues para mi, el límite no es algo externo impuesto por otros, sino que es el recinto seguro, real o emocional que, como cuidadores y educadores, proporcionamos al niño que pueda desarrollarse autónomo en liberdad en su interior, protegido en su experimentación pero sin dañarse ni dañar a nadie.

Los sentimientos negativos y la agresividad

A medida que el bebé se convierte en niño su comportamiento no siempre va a responder a la necesidad real, auténtica, sino que muchas veces habrá que ser capaces de leer, por así decirlo, que se esconde en las manifestaciones emocionales o en sus deseos.

Lo primero que nos preguntaremos es si la agresividad es algo natural o aprendido. Muchos padres, incluso los que tratan a sus hijos con máxima delicadeza se encuentan con que su hijo manifiesta sus emociones de manera explosiva y hasta pueden hacerlo de forma agresiva.

En el entorno, la escuela o la televisión hay motivos de preocupación. Otros adultos u otros niños pueden tener actitudes que nuestro hijo copie o reciba que no sean del todo deseables y las reproduzca en casa. Además, no lo olvidemos, el niño todavía no es capaz de comprender y canalizar sus sentimientos negativos.

Ira, envidia, celos y rabia son sentimientos naturales. No podemos negarlos, ni es sano reprimirlos, pero si tenemos, y eso no se refiere solamente a los niños, que conocerlos, identificarlos y lograr canalizarlos de manera que no nos dañen a nosotros ni a los demás.

Sin embargo, al marcar los límites de la expresión de los sentimientos negativos, tenemos que evitar la culpabilización del niño, etiquetar su comportamiento haciéndole pensar que es malo por sentirse, negar sus sentimientos o incluso, evitar toda expresión de rabia, ya que eso también puede ser contraproducente al reprimirse en exceso. El justo medio sería lograr ofrecerle recursos para comprender como se siente y las razones de ello, verbalizar sus emociones y dejar que la energía negativa se exprese de forma no agresiva.

No existe una receta universal, ya que todos somos diferentes. Hay niños que logran pronto una capacidad verbal que les ayudará mucho a entender lo que sucede y niños muy empáticos que, naturalmente, conectan con los demás y con ellos mismos. Pero esto no siempre es de ese modo.

Un pequeño de dos años puede estar saturado de emociones y vivencias que le producen preocupación y un estado nervioso que les hace explotar con una rabieta :algo que ha sucedido en la escuela, el descubrir que no desea que otro toque sus juguetes, la llegada del hermanito o una conversación en tono airado de sus familiares son motivos para que esté asustado.

Aunque las rabietas son, en cierto modo previsibles si llevamos al niños a su propio límite de aguante físico o emocional, tambien son una forma normal de la evolución de la personalidad. Cuando suceden, velando por la seguridad del niño y de los demás, no podremos hacer otra cosa que seguir disponibles y presentes, sin enfadarnos, esperando que el niño esté listo para volver a hacerse dueño de su emocionalidad.

Y de aqui llegamos a uno de los límites incuestionables: no se permite dañar o pegar a nadie. Esta norma de comportamiento debe ser indicada de forma firme y coherente siempre. Cuando un bebé nos hace daño al mamar o si nos tira un juguete, sujetándolo, tenemos que explicarle que eso duele y no se puede hacer. Por supuesto, debemos nosotros mismos y el entorno, ser coherentes, y jamás usar el castigo físico, pues pegar es algo malo en si mismo, que nadie, adulto o niño, tiene derecho a hacer. Incluso deberíamos controlar los contenidos de cuentos y películas, para no adelantar la exposición a comportamientos violentos antes de que el niño esté preparado para racionalizarlos y considerarlos un modo no aceptable de comportamiento.

Aunque no estemos seguros de cuanto comprende nuestro hijito de lo que decimos hay que explicar, con firmeza y suavidad, que no se puede hacer daño a los demás, ni a los padres tampoco. Y es que poner límites al niño empieza fundamentalmente con lo que los padres digamos pero sobre todo hagamos. Por eso es tan importante sujetar la mano aunque sea para un leve azote y parar, sujetando su mano, cualquier golpe que intente, el pequeño, darnos. Los niños aprenden con el ejemplo además de con la palabra.

Aparte de este límite inamovible, que es el de no dañar a los demás físicamente, nos vamos a econtrar con otras formas en las que tenemos que marcar límites: al juego, a la exploración, al tono de las palabras y su contenido, al comportamiento en sociedad. Veremos en siguientes temas como abordarlos dentro de la necesaria libertad de desarrollo de los niños y su descubrimiento natural de los límites.

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