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En ocasiones, cuando el niño empieza a desarrollar el lenguaje, puede ocurrir que de repente y con causa justificada, hable peor e incluso deje de hablar. Las causas pueden ser los celos, los nervios por un cambio en su vida, etc. Esto no nos debe alarmar, el niño volverá a expresarse con normalidad.

Pero sí hay que prestar atención, cuando este problema se alarga y comprobamos que no es simplemente que esté pasando por un período de disritmia normal, que generalmente los niños experimentan cuando aprenden a hablar. Es importante detectar tu hijo es tartamudo, cuanto antes se perciba, más sencillo será corregir su problema.

Cuando el niño tiene uno o dos años es más difícil darse cuenta si tartamudea, hay que fijarse por ejemplo, si nos pide las cosas y las señala en lugar de pedirlas (una vez que conoce las palabras), o si cuando le preguntamos no nos responde, aunque sea con respuestas cortas.

Cuando es mayor, es más fácil reconocer su dificultad con el lenguaje, tiene más o menos fluidez verbal y al hablar repite de forma muy rápida una sílaba de la palabra que quiere pronunciar, alarga más de lo normal el sonido de las vocales, incluso tiene dificultad para pronunciar algunas vocales.

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Existe la llamada “tartamudez fisiológica” que se presente entre los tres y los cinco años, pero esta tartamudez dura menos de seis meses y no se manifiesta la angustia al hablar, sólo son repeticiones de una palabra o una sílaba, mientras el niño organiza mentalmente lo que desea decir.

Hay varias teorías sobre las causas de la tartamudez, algunas apuntan a que es genético, otros científicos consideran que se podría deber a algún tipo de anomalía cerebral, pues se ha demostrado que en personas tartamudas, algunas zonas del cerebro muestran alteraciones a la hora de expresarse hablando.

El tratamiento de la tartamudez debe comenzar lo antes posible, siendo más efectiva si se realiza antes de los 6 años, por lo que es necesario llevar al niño al logopeda en cuanto se tengan indicios.

Los padres deben reaccionar de forma mesurada. Darle la justa importancia al problema y nunca enfadarse con el niño, no atosigarle ni interrumpirle cuando quiere hablar, y mucho menos decirle que no sabe hablar. El niño necesita apoyo y seguridad en si mismo, hay que tranquilizarlo para que al estar más relajado pueda expresarse mejor, de lo contrario podría crearle ansiedad y estrés haciéndose más difícil su curación.

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