
Soy consciente de que considerar que amenazar a un niño con no quererlo, regalarlo o ir a pegarle, decirle que nos hace sentir despreciados o que es malo si no nos obedece quizá pueda parecer una exageración. Pero la cuestión es que la edad de la víctima y la intención amorosa de sus padres no cambia el hecho de que se use el chantaje emocional para lograr su obediencia o que hagan cosas que se resisten, a veces con razón, a veces sin ella, a hacer.
Lo que está mal si se lo hacemos a nuestra pareja está mal si se lo hacemos a nuestros hijos. Si un comportamiento es chantaje emocional hacia nuestra pareja, es chantaje emocional hacia nuestros hijos.
No usar el chantaje emocional no significa que dejemos que los niños se comporten caprichosamente, nos traten sin respeto o dañen a otros. No significa que vayamos a educar niños sin límites.
La cuestión es que el chantaje emocional no es una herramienta adecuada y somos capaces de superarla aprendiendo, primero, a identificarla, segundo a no usarla y tercero, a desarrollar otras herramientas más sanas.










