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Cuanto más estricto sea el padre, más mentiroso puede ser el hijo
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Cuanto más estricto sea el padre, más mentiroso puede ser el hijo

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"La sinceridad", responden todas las personas cuando se les pregunta cuáles son las características que más valoran a la hora de buscar pareja. Si preguntamos sobre los hijos, sobre cómo quieren que sean de mayores, la gente también la incluye: honestos, amables, sinceros, respetuosos,...

Y sin embargo, llevamos décadas haciendo uso de un tipo de educación, tanto en casa como en los colegios, que parece volcada a conseguir precisamente lo contrario: niños mentirosos, competitivos, narcisistas e irrespetuosos, o bien niños atemorizados, sumisos, obedientes en exceso e incapaces de tomar decisiones.

Es lo que ha visto Victoria Talwar, una reconocida experta en desarrollo social y cognitivo de los niños de la Universidad McGill en Canadá, cuyas conclusiones se han hecho públicas estos días: cuanto más estricto es el estilo de crianza más mentiroso puede llegar a ser el hijo.

Cuanto menos libertad, mayores son las ganas de escapar

Durante muchos años se pensó que para que los niños fueran unas personas respetuosas había que enseñarles a respetar a los adultos, confundiendo respeto con miedo. Una disciplina exagerada, el uso de normas rígidas, amenazas y castigos lograban asustar a los niños de manera que evitaban hacer cualquier cosa que pudiera provocar la ira de su educador. Y a eso lo llamaban respeto, cuando era temor.

Ahora son muchas las personas que dicen que eso se ha perdido y que habría que volver a ello, y o lo hacen como padres, o matriculan a sus hijos en colegios donde llevan a cabo este tipo de educación.

Tal y como leemos en IFLScience, Talwar y sus colegas desarrollaron un experimento que realizaron a niños de dos colegios de África Occidental. En uno de los colegios se llevaba a cabo una educación con normas relativamente flexibles, mientras en el otro la educación era mucho más rígida y punitiva.

El experimento consistía en poner unos objetos a espaldas de los niños y proporcionar unos estímulos auditivos, dejándolos solos, para luego entrar el investigador y preguntar qué creían haber oído. La gracia del experimento es que el sonido no siempre casaba con el objeto que tenían a sus espaldas, y en consecuencia no siempre podían adivinarlo a menos que se dieran la vuelta.

Los niños del colegio con unas normas más flexibles tuvieron una tasa de "tramposos" más o menos similar a la de cualquier colegio occidental con una educación similar: muchos se giraban, pero muchos no lo hacían. Sin embargo, los niños del colegio con normas más estrictas demostraron ser mayoritariamente tramposos, y no solo eso, lo hacían de manera muy eficaz: un rápido giro para ver el objeto antes de que el investigador entrara de nuevo en la sala, así como una defensa de sus respuestas (mentiras) totalmente convincente.

Los investigadores concluyeron que en los modelos educativos más estrictos, aquellos que más controlan a un individuo y más coartan su libertad, la consecuencia es un comportamiento ejemplar a simple vista, que no es sino una fachada que esconde algo muy peligroso: otra persona muy diferente que se hace experta en calcular rápidamente los riesgos y actuar en cada momento según se espera que actúe. O lo que es lo mismo, los niños se convierten en actores, en mentirosos, para hacer en cada momento aquello que más los aleje de los castigos o reprimendas.

"Pero... muchos niños no acaban siendo mentirosos, ni irrespetuosos"

Disciplina

Quizás estéis pensando esto ahora mismo, que conocéis muchos casos de padres muy rígidos cuyos hijos no eran tan tramposos, tan mentirosos o irrespetuosos. Alguna mentira seguro que sí decían, de esas con la cabeza agachada por si colaba el "yo no he sido". Pero muchos llegaron a ser obedientes y sumisos, y no osaban levantar la voz a ningún adulto.

Es lo que se esperaba conseguir antaño, y muchas veces se lograba... sobre todo si este modelo educativo se ejercía desde bien pequeños. El problema es que esa obediencia que tanto se daba por buena no era más que una sumisión absoluta del niño, que dejaba de ser él mismo para pasar a ser una marioneta de sus padres o profesores.

Niños con muy poca personalidad, muy poca capacidad de decisión, que llegaban a la adolescencia totalmente vulnerables ante aquellos muchachos que respondían a ese tipo de educación del modo contrario: con rebeldía, devolviéndole al mundo las injusticias que habían vivido y tratando de sanar su baja autoestima por haber sido sometidos, sometiendo a su vez a aquellos que se dejaban.

Vamos, que el acoso escolar sucedía por entonces por culpa de los padres y profesores: el exceso de disciplina conseguía crear a las víctimas y también a los culpables, a los abusadores y a los abusados.

"Y muchos vivimos aquello, y no nos ha pasado nada"

Y luego está el tercer grupo de niños de aquella época (o de la actual, en las familias o colegios muy estrictos), que parecen ser inmunes a la educación pésima basada en amenazas y castigos, al adultocentrismo, y simplemente crecieron fieles a sus convicciones y a una ética recia y difícilmente quebrantable. A esa virtud se le llamó resiliencia y esos niños tuvieron la suficiente fuerza mental y temple para salir adelante a pesar de los intentos de abusos de otros niños, y de los intentos de los adultos, sin amilanarse ni dejarse caer.

Son los que hoy en día pueden ser más o menos críticos con aquella época y decir que no les fue tan mal.

Pero no, no todos los que dicen que no les fue tan mal fueron resilientes... algunos aún no han descubierto que dentro, en su interior, guardan un niño herido, porque aún no saben que hay otra manera de educar a los niños. Nos sucede a muchos... un buen día tenemos un hijo, aprendemos, leemos, escuchamos, reflexionamos; decidimos hacerlo de otro modo y nos damos cuenta de que puedes salir adelante como padre sin pegar, sin castigar, sin humillar y sin amenazar, y empiezan a llegar los recuerdos de todo aquello que viviste, aquello que pensabas que deberías repetir como padre, y en vez de llegar como ejemplo para actuar (haré con mi hijo lo que me hicieron, que tan mal no he salido), aparecen como una bofetada que te duele, ya de mayor, igual que te dolió cuando la recibiste de pequeño... el niño herido que habías silenciado para dar coherencia a tu manera de ser y sentir, que te pide que le ayudes a curar sus viejas heridas para que ya, como adulto, puedas ser un mejor ejemplo para tu hijo.

Otro modo es posible

Por eso lo digo una vez más: otra manera de educar es posible. La coherente, la que dice que para que una persona sea amable, sincera, cariñosa, respetuosa y humilde necesita de una educación ofrecida por una persona amable, sincera, cariñosa, respetuosa y humilde. ¿Cómo demonios va un niño a pintar una pared blanca si solo le damos pintura negra?

Fotos | Stuart Richards, Lance Neilson en Flickr
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