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Después de explicar en qué consiste el método de crianza que Amy Chua sugiere voy a explicar por qué no me gusta.

En la anterior entrada acerca de este método, según la autora el de las madre tigre, utilizado en China, pudimos leer un fragmento de su libro Himno de batalla de la madre tigre que ciertamente resume bastante bien su modo de actuar. Digamos que su esfuerzo como madre es, en pocas palabras, hacer que sus hijas hagan lo que ella quiera que hagan, forzándolas hasta la extenuación, hasta conseguir la meta impuesta. Una vez lo consiguen, los elogios, la admiración de los demás y la propia satisfacción deben hacer que sus hijas se sientan bien y quieran seguir haciéndolo.

Dicho de este modo habrá quizás alguien que piense “bueno, si a las niñas al final les gusta…” e incluso que vea como positivo que se superen a sí mismas. Bien, podríamos decir que lo único positivo que se puede extraer de este modo de educar es eso, que las niñas se superan a sí mismas y, como ven que son capaces de hacer algo para lo que se creían incapaces, tienen ganas de seguir con ello.

Todo lo demás es negativo, porque es irrespetuoso para con los niñas. Según comenta “nada es divertido hasta que uno lo hace bien”. Esto no es cierto. Todos nos hemos divertido jugando a fútbol mejor o peor, jugando a las cartas y perdiendo, tocando una canción con la guitarra pese a sonar “de aquella manera” y ha sido divertido porque le hemos dado importancia y valor al camino por recorrer y no sólo a la meta.

La vida no puede ser una competición constante y los niños han de tener claro que errar es humano y una oportunidad para tratar de hacerlo mejor la próxima vez. Nunca debería olvidarse que “unas veces se gana y otras se pierde”, básicamente porque es imposible que un niño lo haga todo bien y la frustración de no conseguir siempre lo que una madre espera de uno mismo puede ser demasiado fuerte y peligrosa.

Explica también que “los niños por sí mismos nunca quieren trabajar, por eso es crucial ignorar sus preferencias”, algo irrespetuoso a más no poder. Lo ideal es educar a los hijos como personas responsables que se hagan cargo de sus obligaciones y de las consecuencias de sus actos, capaces de pensar por sí mismos y de buscar el camino que les lleve a la felicidad.

No tiene ningún sentido que una madre ignore los deseos y preferencias de sus hijos, porque éstos acabarán haciendo lo que su madre quiere que hagan, pero nunca lo que ellos quieren hacer. Dicha educación crea niños sumisos (y futuros adultos) que siempre buscarán a alguien que les diga cómo deben hacer las cosas e incluso que les digan qué tienen que hacer en cada momento. Además, no es cierto que los niños no quieran trabajar. A los niños les encanta jugar y, hasta que se diga lo contrario, jugar es el trabajo de los niños, ya que así aprenden y se desarrollan.

Si conseguimos que los niños se diviertan aprendiendo y que aquello que tienen por aprender les llame la atención y les despierte la curiosidad será necesario luchar con ellos para que dejen lo que están haciendo (es decir, que dejen de “trabajar”). El problema viene cuando llega una persona como Amy Chua y les obliga a hacer algo que no quieren, de un modo aburrido y repetitivo. Me gustaría ver qué pensaría ella de su trabajo si en vez de ser profesora de derecho trabajara en una fábrica de producción haciendo lo mismo continuamente.

Dice en otro pasaje que “cuando un chico empieza a ser bueno en algo él o ella obtiene elogios, admiración y satisfacción. Esto construye su confianza y hace divertida una actividad que no lo era”. Nuevamente habla de hacer que los niños hagan algo que no les gusta, sino algo que a la madre elija para ellos. Una vez los niños consigan algunas metas, los elogios y los logros harán que los niños empiecen a apreciar lo que hacen. Esto, sin embargo, es una arma de doble filo. Una persona debe querer hacer algo porque disfrute con ello (ojalá siempre fuera así, incluso en el trabajo), no por lo que los demás piensen de él cuando lo hace.

La felicidad que procede de los elogios es efímera, porque dura mientras se mantienen. Digamos que las madres consiguen que su hijo haga algo porque quiere agradar y porque quiere que se le reconozca lo que hace. Esta motivación externa es frágil porque el día que el niño no consiga lo que se espera de él y los elogios no lleguen no existirá razón para seguir haciendo algo que ni siquiera le gustaba hacer.

Esto me recuerda a la entrada de hace unos días en que una madre depilaba las cejas a su hija para participar en un concurso. Estas madres hacen que sus hijas acaben valorando como positivo ganar en un concurso de belleza, pese a que lo más probable es que ellas prefieran quedarse en casa jugando.

Lo siento por Amy Chua, pero no tiene mi apoyo. Quiero que mis hijos tengan un trabajo, incluso que toquen un instrumento y que sean buenos en lo que hacen, pero quiero que lo hagan porque quieran hacerlo, no porque yo lo quiera para ellos. Por ello dedicaré mis esfuerzos como padre en hacer que sean personas responsables, autónomas y libres para elegir su camino.

Como curiosidad, decir que el libro de la autora es de los más vendidos a día de hoy en Amazon. Toda la polémica conseguida parece que está surtiendo efecto.

En Bebés y más | Amy Chua recomienda el autoritarismo feroz como método de crianza, Sueños olímpicos: la otra cara de la medalla (vídeo), Método Truby King: la fábrica de la infelicidad (I) y (II), ¿Maltrato emocional o método de crianza?

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