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Cuando en la sociedad impera la necesidad de que los niños empiecen a aprender cuanto antes materias como por ejemplo inglés desde la guardería o a partir de los 3 años, o los padres esperan que a los 4 años empiecen a leer, nos llega información de estudios y estudiosos que recomiendan que los niños no tengan deberes.

Sí, habéis leído bien, los niños no deberían tener deberes. O al menos no el tipo de deberes que conocemos. Creo que, de hecho, nosotros no deberíamos haberlos tenido nunca.

Nadie ha demostrado todavía que tengan ninguna utilidad ni que les sirva a los niños para aprender más.

Aún recuerdo mi infancia cargada de ejercicios y trabajos. A principio de curso me sentaba pacientemente nada más llegar de clase y los hacía con buena letra y mucha dedicación. Poco a poco se tornaban en una odiosa obligación que acababa haciendo a última hora, mal, y como medida para evitar un castigo (por no hacerlos).

¿Qué podría yo aprender de unos ejercicios que hacía para “salvar el culo”?

O mejor dicho ¿Cómo iba yo a tener ganas de aprender nada si me sentía obligado y presionado a aprender?

Hace décadas que existe la creencia que un mayor tiempo dedicado a una tarea supone un beneficio en términos de aprendizaje.

Es cierto que la gente necesita tiempo para aprender cosas, sin embargo no es cierto que aumentar el tiempo de aprendizaje suponga necesariamente aprender más. No es la cantidad de tiempo lo que les ayuda, sino la calidad del mismo (sumada a veces con la cantidad, claro).

Lo que hace que un niño aprenda más es la visión que tiene de sí mismo realizando las tareas y la forma de involucrarse. Si desde la escuela se utilizan métodos de enseñanza que respeten las ganas de aprender de los niños y se les involucra en la búsqueda de información haciéndoles partícipes del aprendizaje es muy probable que su curiosidad y ganas de aprender continúen en casa y que el tiempo dedicado con los padres sea mucho más fructífero.

En otras palabras, un niño tiene ganas de aprender cuando se siente parte activa del aprendizaje, cuando es preguntado sobre un tema que conoce, cuando es escuchado, cuando se intentan responder a sus inquietudes, cuando él puede también responder y cuando siente que, gracias a él, y gracias al resto, todos aprenden algo.

Antiguamente las clases estaban delimitadas en el tiempo de una manera rígida (una hora por clase o similar) y eran impartidas por los profesores de una manera jerárquica (yo sé, tú no). Los deberes eran una simple extensión del sistema (para mañana hacéis el 2, 3 y 4 de la página 27 y el 8 y 9 de la 28…).

Este sistema de aprendizaje se basaba en volcar (por no decir vomitar) las materias en las cabezas de nuestros pequeños, les gustara o no, para que luego ellos las vomitaran en los deberes y luego, de mayores, en los exámenes.

El aprendizaje acababa convirtiéndose en una obligación y en algo que debíamos hacer sí o sí. Y ya sabéis que no hay más que obligar a alguien a hacer algo para que pierda el interés.

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No sé a vosotros, pero en mi época escolar consiguieron que algo tan nutritivo y estimulante como la lectura fuera un elemento casi odioso para mí. Nos obligaban a leer y luego a resumir, transformando el placer de la lectura en un trabajo más a evaluar.

Si en vez de este modelo aplicamos uno más respetuoso (muchos colegios lo están haciendo ya acercándose al modelo finlandés) el resultado es diferente.

Lo ideal es que los niños expresen su curiosidad innata y que sea explotada. Elegir los temas a tratar entre todos los alumnos supone que acaben aprendiendo aquello que les gusta y que sientan que son parte activa de la escuela (y no un recipiente vacío de conocimientos esperando a ser llenado).

Si en vez de “ven que te lo explico” decimos “vamos, que lo buscamos”, permitimos al niño aprender junto a nosotros los adultos y probablemente al adulto aprender de lo que un niño ya pueda saber (¿o acaso los niños no tienen conocimientos previos sobre algunas materias?).

Unos horarios flexibles ayudan a que los niños no tengan que cesar sus actividades en el momento que más concentrados están en lo que hacen y permite que se cambie de actividad cuando están muy cansados de alguna actividad (aunque por horario no toque).

Si se da este sistema de educación activo, decirle a un niño que siga ampliando sus conocimientos en casa, trayendo algo que pueda ayudar al resto de la clase, transforma una obligación en un reto de aprendizaje para sí y para sus compañeros.

Los deberes tradicionales se basan en la teoría del refuerzo, que dice que para que algo quede grabado necesita ser practicado cuanto más tiempo mejor. Esto puede servir para acciones que necesiten automatismos, como los deportes, pero el resultado en el aprendizaje es que a algunos estudiantes les ayuda a recordar las respuestas más fácilmente, pero ninguno aprende a volverse un mejor pensador.

Es decir, les enseña a memorizar (y con el tiempo olvidar) y a automatizar procesos, pero no les enseña a entender ni les acostumbra a pensar. Son deberes que buscan el aprendizaje desde la repetición y el “copia-pega” y de esta manera no hay crecimiento en las capacidades de búsqueda y selección de información ni en la toma de decisiones.

Por otro lado el supuesto beneficio no es tal para todos los niños. Unos ya habrán entendido en clase la materia y los harán sin necesidad y otros los harán sin siquiera entender qué están haciendo.

Toda estrategia educativa que acabe siendo una obligación o que los niños vean como algo que tienen que acabar pronto está destinada al fracaso… ¿No creéis?

Más información | Alfie Kohn
Foto | Flickr (spiritinme), Flickr (qwrrty)
En Bebés y más | Los padres y la implicación con el colegio, Diez consejos para que los niños odien la lectura, Cambiar la educación para cambiar el mundo

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