11 errores frecuentes que cometemos los padres cuando nuestros hijos están teniendo una rabieta

11 errores frecuentes que cometemos los padres cuando nuestros hijos están teniendo una rabieta
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Los niños pueden estallar en rabietas cuando menos lo esperamos, sobre todo cuando son pequeños y su capacidad de verbalizar lo que sienten es todavía reducida.

Aunque en general, sabemos que estos estallidos emocionales son una parte normal de su desarrollo, los padres no siempre sabemos manejar el momento de forma positiva y respetuosa, y a menudo cometemos estos errores a la hora de enfrentarnos a las rabietas de los niños.

No entender que las rabietas son normales

Es absurdo pensar que el bebé o niño pequeño razona, siente o entiende el mundo de la misma forma que nosotros, pues su cerebro es aún inmaduro y muestra importantes diferencias con el cerebro adulto.

Entender que su cerebro es puramente emocional durante los primeros años de vida nos ayudará a comprender las rabietas como una parte normal de su desarrollo, y así poder actuar en consecuencia.

Enfadarte y culpar al niño por ello

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Ante un estallido emocional difícil de contener, es normal que los padres nos sintamos nerviosos, aturdidos o incluso enfadados. Pero el hecho de que una rabieta nos resulte incómoda o molesta no es culpa del niño, sino de una mala gestión emocional por nuestra parte.

Los niños no lloran para molestarnos o incomodarnos, sino para expresar una necesidad no visible (física o emocional) que necesita ser atendida y que no sabe comunicar con palabras debido a su inmadurez y falta de recursos emocionales.

Dejarnos influenciar por el "qué dirán" los demás

A veces los padres caemos en el error de querer calmar a toda costa la rabieta de nuestro peque con el objetivo principal de que deje de gritar y molestar a quienes nos rodean. Es decir, nos puede más el "qué dirán" que lo que realmente está sucediendo en su pequeño cerebro.

Pero si nos dejamos influenciar por el entorno, por las miradas y comentarios de otras personas, nos estaremos alejando de las necesidades de nuestro hijo y desconectando de él; por lo que no podremos ayudarle.

Quedarnos en la superficie de su conducta

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Admitámoslo: escuchar a un niño gritar, llorar y patalear no es agradable. Los gritos incomodan y aturden, y es lógico que no nos gusten. Pero no podemos quedarnos únicamente en este comportamiento superficial, pues debajo de esta conducta que todos vemos se esconde una necesidad que debe ser atendida.

Los motivos que pueden llevar al niño de corta edad a desbordarse emocionalmente son innumerables. Los hay claramente identificables, como tener como tener hambre, sueño, cansancio, malestar o dolor.

También puede haber situaciones que afecten  a su estado emocional que son más difíciles de detectar. Ocurre por ejemplo cuando el niño se siente amenazado, incomodado o estresado y de pronto estalla sin que entendamos los motivos.

Igualmente, las frustraciones propias de los primeros años de vida son otra de las causas más comunes de rabietas en niños, y también pueden estar provocadas por múltiples factores.

Por todo ello es fundamental tomarnos tiempo y mirar a nuestro hijo con gafas de niño, pues solo así podremos conectar con sus emociones desde la calma y el respeto más absoluto hacia sus necesidades.

Apartarle para que "piense en lo que ha hecho"

En ocasiones también caemos en el error de excluir al niño y obligarle a "reflexionar" sobre sus actos, cuando por ejemplo la rabieta se ha producido como consecuencia de un comportamiento que el adulto considera inadecuado.

Pero dar de lado a un niño en pleno estallido emocional con la excusa de "pensar en lo que ha hecho" no solo es completamente ineficaz, sino sobre todo irrespetuoso y dañino para su autoestima y confianza.

Pretender que razone y nos escuche

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Cuando el niño está frente a una situación que le provoca frustración o estrés y que acaba desbordándole emocionalmente, su cerebro se bloquea, pues la amígdala detecta una amenaza. De este modo, el niño comienza a experimentar sensaciones físicas como latidos cardíacos acelerados, palmas sudorosas y músculos tensos (algunos niños incluso se autolesionan, fruto de esta ansiedad).

Por eso, por mucho que quieras razonar con tu hijo en ese momento, sermonearle o darle una charla sobre lo que está bien y lo que está mal, no va a escucharte. Es mejor esperar a que esté tranquilo para dialogar desde la calma y buscar soluciones a lo ocurrido.

Etiquetarle o ridiculizarle

"Qué feo te pones cuando lloras", "llorar es de bebés", "eres un llorón", "no me gustan los niños que lloran", "que pesado te pones cuando lloras"... Son innumerables las frases que ridiculizan el llanto o al niño que llora.

Aunque muchas veces no somos conscientes de la gran carga emocional que llevan implícitas nuestras palabras y nuestras etiquetas hacia el niño, estas provocan un grave daño en su autoestima, causan frustración, ansiedad, incomprensión y un sinfín de sentimientos negativos que acaban afectando incluso a largo plazo.

No dar importancia a lo que está sintiendo

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Con frecuencia cometemos el error de querer acallar cuanto antes la rabieta de los niños porque sus preocupaciones nos parecen banales. Por eso, el "no llores por esa tontería" suele ser una de las primeras frases que se nos escapan a los padres cuando nuestros hijos estallan.

Sin embargo, con este mensaje estamos invalidando su sentimiento y pidiéndole de manera inconsciente que no sienta lo que está sintiendo, además de transmitirle el mensaje de que sus problemas no son importantes para nosotros.

Ignorarle, reprenderle o castigarle

Como decimos, las rabietas son la forma que tienen los niños de expresar lo que les ocurre, ya que no siempre tienen la capacidad de hacerlo verbalmente.

Si en lugar de sostenerle emocionalmente y ahondar en sus necesidades para intentar cubrirlas, ignoramos su llanto o le damos la espalda, reprendemos su actitud o incluso le castigamos por sentir lo que siente, nuestro hijo se sentirá desplazado, rechazado, incomprendido y humillado.

Chantajearle para que deje de llorar

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El chantaje emocional es una forma de manipulación muy poderosa por la cual las personas cercanas y afectivas amenazan al niño, directa o indirectamente, para que haga o deje de hacer algo que a otros les molesta.

Hay muchas formas de chantajear a un niño para que deje de llorar; desde amenazarle con que no irá al parque después, hasta engatusarle con promesas o premios si deja de llorar. En todos los casos el chantaje somete al niño, le provoca miedo y le obliga a modificar rápidamente su comportamiento en base a una amenaza externa.

No atender a nuestro hijo con todo nuestro cariño y respeto

Mostrar desprecio hacia la conducta de nuestro hijo o amenazarlo con retirarle nuestro cariño si no deja de llorar es la forma de chantaje emocional más cruel, terrible e inhumana que existe para un niño.

Nuestros hijos necesitan saber que los padres los amamos de manera incondicional y que vamos a permanecer a su lado pase lo que pase o hagan lo que hagan.

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