
Revuelo de tarde primaveral en el parque. Gritos, idas y venidas, saltos, empujones, pelotas, carritos… Los niños salpican el espacio colocados por edades, por columpios, por juguetes, por padres ofreciendo la merienda… De repente, hay una fuerza misteriosa que modifica la distribución de peques. Hay pompas de jabón en el aire.
Como encantadores de serpientes, como el Flautista de Hamelín, las pompas de jabón y su artífice se convierten en el centro neurálgico del parque. A los niños parece no importarles de dónde salen. No importa que sea un adulto, que sea el peque que siempre les empuja, que sea un desconocido…
El mundo alrededor se difumina y en el ángulo visual de los niños sólo existe un horizonte celeste de pompas de jabón que hay que perseguir y destruir como sea, con un fondo de múltiples brazos estirados en la lucha por ello.
Sólo existen esas pequeñas y bellas porciones de agua y jabón que tan sabiamente se distribuyen para formar una burbuja de aire en su interior. Qué decir si el “pompero” es nuevo, con ese misterioso líquido de fórmula desconocida por el común de los mortales, transmitida cual secreto curandero o la fórmula de la Coca-Cola, desde hace siglos, por sus fabricantes. Fórmula irrepetible.



¿Que podemos hacer si no quiere lavarse el pelo? Hacerlo se puede convertir en toda una odisea, y estropea el momento del baño, que debería ser tan relajante para ellos y una oportunidad de disfrutar de su juego para nosotros. Pero es que hay niños que, en algún momento de su infancia, se niegan a lavarselo. Lloran, se resisten, y hacerlo contra su voluntad no es la solución.
En la revista
Yo nunca antes había pensado en darle otro uso a mi propia leche, pero a la matrona Casey Makela, especialista también en la fabricación de jabones y autora del libro
Los bebés y los niños pequeños muchas veces no nos dejan hacer las tareas de la casa porque quieren que juguemos con ellos todo el tiempo.