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El boniato viajero en París

El 30 de Octubre es la víspera del día de Todos los Santos, ahora también llamada noche de Halloween, y en Cataluña, para celebrar esa fiesta, además de cocer castañas y comer panellets, los niños hacen una manualidad disfrazando a un boniato.

El pasado año disfrazamos dos boniatos en casa, uno vestido de aventurero, que es el que veis en la foto de arriba, alias “Boniato Jones”, que fue el que Jon (7 a.) llevó al cole y otro vestido de Batman, alias “Batboniato”, que fue el que llevó Aran (4 a.).

Una vez la festividad pasa, los boniatos vuelven a casa. Estuvieron con nosotros unos días, y cuando ya empezaron a secarse Miriam me dijo: “Armando, anda, tira ya el boniato este que en unos días empezará a andar solo” (digo el Boniato Jones, porque Batboniato llegó más tarde y no le hacían mucho caso). Ni ella ni yo lo esperábamos, pero Jon y Aran, ambos presentes, empezaron a gritar “¡Nooooooo!”, sufriendo por su boniato, y saltaron a por nosotros en clara muestra de que en ese momento éramos los seres más crueles del mundo. ¿Queréis saber cómo resolvimos este conflicto? Pues seguid leyendo. Con todos vosotros: El boniato viajero.

Cuatro maneras de afrontar el conflicto

Claro, ante la situación que se nos presentó, en que teníamos en casa a unos boniatos secos que pronto empezarían a descomponerse y a unos niños que al parecer les habían cogido cariño (digo al parecer, porque en el tiempo que estuvieron en casa nadie les hizo caso), decidimos que había que resolver el conflicto de algún modo, vislumbrando, a bote pronto, cuatro posibles opciones.

Los boniatos se van a pudrir, así que hay que tirarlos

Una de las opciones era explicar la cruda realidad: “Son muy bonitos, lo hemos pasado bien disfrazándolos, pero se están secando y pronto estarán en mal estado. No os gustará verlos así, así que lo mejor es tirarlos ya”. Claro, igual a Jon esta explicación le puede valer y la puede entender sin problemas, pero Aran, que entonces tenía 3 años, podría no entender demasiado eso de que el personaje que había creado debía acabar en la basura, así que optamos por no ser tan sinceros.

Vale, pues los dejamos…

Otra opción era no hacer nada, hacerles caso, dejarles con los boniatos en casa y esperar a que estuvieran tan irreconocibles que entonces sí hubiera que tirarlos. Tampoco nos pareció la mejor solución y, sinceramente, tampoco nos apetecía tener dos boniatos descomponiéndose hasta perecer. Que oye, que mala opción del todo no es porque así pueden entender que los boniatos también “mueren”, pero como había otras opciones…

Cuando no se enteren, desaparecen

La tercera opción, que creo que mucha gente elige, es la de hacer desaparecer el problema cuando andan despistados, cuando pasan días sin verlos. Para hacerlo con un poco de inteligencia, tras unos días sin hacerles casos, los boniatos podrían pasar unos días más en un armario, lejos de su alcance visual. En caso de acordarse de ellos y preguntarnos por ellos, un “están aquí en el armario” te salva. En caso de no acordarse de ellos, con el tiempo se trasladan finalmente al más allá.

El problema de esta opción es que los niños tienen una memoria envidiable y cuando menos te lo esperas, aún cuando han pasado meses, van y te preguntan: “Papá, ¿dónde está mi boniato?”.

El boniato se va, porque quiere vivir aventuras

La última opción (quizás hay más, pero yo no doy para tanto) que se nos ocurrió, fue la de terminar con el boniato de manera que ellos lo aceptaran. Ya sabéis que no me gusta mentir a los niños con personajes que no existen, pero en este caso el personaje, Boniato Jones, ya existía, y en su imaginación además tenía vida, porque sino no me explico cómo lo defendieron tanto la noche que estuvimos a punto de tirarlo, así que lo único que hice fue darle aún más vida, convirtiendo un triste boniato con zapatos de cápsula de Nespresso chafada y ropa de fieltro enganchada con chinchetas en Boniato Jones, el boniato aventurero.

Les dije que se despidieran de él, que esa noche se iba a marchar porque quería vivir aventuras. También les dije que aprovecharan para enseñarle algunos trucos, ya que lo único que se llevaba consigo era un petate y una espada y látigo de Playmobil. Los dos empezaron a explicarle cómo defenderse (trucos ninja, creo) y cómo atacar en caso de que tuvieran problemas. Esa misma noche, el Boniato se fue de casa (bueno, lo metí en un armario, por si las moscas).

Unos días después llegó una foto con un texto por detrás. Boniato Jones estaba en París (la foto que encabeza la entrada es la muestra). Había tardado un poco en escribir porque, ya sabéis, los boniatos no tiene piernas. Les dijo que había subido a la torre Eiffel, que París es precioso, que allí la gente habla en Francés y que es muy difícil entenderles y les mandó muchos besos.

Boniato Jones, día 2

La siguiente foto llegó desde Eurodisney. Aprovechando que estaba ahí fue a ver a Mickey, y les explicó que lo había pasado en grande. Como ellos ya han estado allí, pudieron sonreír de manera cómplice con las historias del Boniato.

Después envió otra (siempre llegaban al buzón de casa) explicando que había encontrado un agujero por las calles de París y que había llegado a una cripta, donde tuvo que hacer uso de las lecciones de defensa, con el látigo y la espada, porque había encontrado numerosas ratas y otros animales que le querían atacar. A continuación, una imagen de Boniato en la cripta:

Boniato Jones, día 3

Para la siguiente tardó un poco en enviar carta, pero tenía una explicación: había estado de viaje hasta llegar a Egipto, donde pudo cumplir su sueño de ser como Indiana Jones y explorar las pirámides y conocer la escritura egipcia.

Boniato Jones, día 5

Entonces llegó Navidad y Boniato Jones, unos días después del 25, envió una nueva carta explicando que había estado en Laponia con Santa Claus, preparando los regalos y conociendo a los duendes (aquí me flipé un poco, porque ellos lo de Papá Noel no lo creen demasiado, básicamente porque en casa no lo alimentamos).

Boniato Jones, día 6

Unos días después, aprovechando que Jon y yo habíamos ido a ver “El Hobbit”, Boniato Jones envió una carta recomendando la película, por si no la habíamos visto, pues él había ido a verla ataviado con un sombrero de Gandalf.

Finalmente, hace unos días, cuando ya apenas preguntaban por él porque daban por hecho que estaba viviendo grandes aventuras, Boniato Jones envió una última carta en la que se despedía de ellos. Había conocido a una elfa Boniato (lo de princesa no me molaba mucho), se había enamorado, y habían decidido empezar una vida de aventuras juntos (encontré en internet una foto de la señora Boniato y la aproveché).

Boniato Jones, día 7

Se conocieron en New York y como boniatos, viendo que en nuestro mundo corrían muchos peligros, decidieron viajar al país de los boniatos. Un lejano país donde vivir con otros boniatos y un país que tenían muchas ganas de descubrir, pues nunca habían estado en él. El único problema es que allí es muy difícil escribir y enviar cartas, y en cierto modo iban a perder un poco el contacto. Les dijo que si algún día volvía de allí volvería a escribirles, porque para él eran unos niños muy importantes y les emplazó a que este año, en Octubre, crearan nuevos Boniatos con los que vivir nuevas historias.

Kafka y la muñeca viajera

La idea de hacer esto me vino de la idea que en su día tuvo Kafka, cuando se encontró con una niña en un parque, llorando por haber perdido su muñeca. Pensó en decirle que a veces pasa, que las muñecas se pierden, que en el fondo no son más que un trozo de trapo y que la vida es mucho más que eso. Sin embargo, en ese momento, le pareció que era más fácil para la niña entender y gestionar emocionalmente que su muñeca se había ido de viaje que conocer la verdad, e inventó para ella diversas cartas que él mismo escribía y que cada mañana le leía.

Esta historia se recoge en el libro “Kafka y la muñeca viajera“, que leí hace unos años y que me encantó. Yo soy muy de inventar historias y situaciones, personajes y aventuras… otro día os cuento más para que veáis hasta dónde llego para lograr que mis hijos vayan medianamente contentos al colegio. Como la idea para el conflicto de los boniatos procedía realmente (luego yo la adapté) de Kafka, he querido explicarlo por si, además, queréis leer el mencionado libro, que no deja de ser un libro infantil, pero que está lleno de magia.

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