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El tiempo con los hijos

Hace tres días el siempre incisivo Faro publicó en su página web una viñeta relacionada con el tiempo que los padres pasan con sus hijos o, mejor dicho, el tiempo que no pasan con ellos.

No es más que una viñeta con cuatro frases, pero en un momento somos capaces todos de ver a un padre que decide no estar ahí donde su hija espera que esté para hacer algo que a él le apetece hacer. Esto me hace acordarme de ese tiempo que no dedicamos a nuestros hijos, que es mucho por diferentes circunstancias de la vida, y sobretodo de ese que no les dedicamos cuando podríamos perfectamente hacerlo.

Lo he comentado en más de una ocasión y seguro que volveré a hacerlo porque es un tema recurrente en muchas relaciones familiares: muchos padres no saben cómo pasar tiempo con sus hijos y muchas veces llegan a evitar estar juntos.

Puedo llegar a entenderlo porque yo mismo, que fui un niño que jugaba poco con mis hermanos porque no encontraba demasiados intereses comunes con ellos (les encantaban los coches, pero a mí no me motivaban tanto, por ejemplo), sufrí bastante cuando estaba con mi primer hijo por no saber qué hacer con él. No sabía a qué jugar, no sabía cómo entretenerle y había momentos en que casi prefería que Miriam jugara con él o estuviera con él por no saber cómo relacionarme.

Sin embargo no quise que esa fuera la tónica de nuestra relación y decidí relajarme y disfrutar, dejar que el juego surgiera, pasar tiempo con él simplemente por el placer de estar juntos. Si salían juegos, perfecto, si no, tampoco pasaba nada, hacíamos otras cosas.

Decidí solucionarlo pero hay otros padres que no llegan a intentarlo o no llegan siquiera a creer que padres e hijos puedan encontrar un lugar común y así he podido ver a padres que, pudiéndose ir a una hora determinada del trabajo, se quedan más rato para hacer “algo ineludible” por si cae la breva y luego al llegar a casa la niña está ya casi dormida o directamente dormida. O padres, como habréis oído más de una vez, que dejan a los hijos con los abuelos unos días para descansar, para hacer un viaje juntos, para desconectar. Y no lo entiendo, porque a mí mis hijos me saturan mucho algunas veces, esas en que te gustaría que la tierra te tragara para luego decir resignado que “es igual, apechugando que es gerundio”, pero no necesito descansar de ellos unos días porque no se descansa de las personas a las que quieres, creo yo.

Todo esto lo comento porque el riesgo es alto. Yo pasé mucho tiempo con Jon, el mayor, cuando era pequeño. Ahora que tiene seis años y que en casa tenemos también a Aran, de tres años y a Guim, de ocho meses, el tiempo que paso con Jon, solos él y yo, es mínimo. Hablamos, nos cruzamos, me cuenta, le cuento, etc., pero es mucho el tiempo que no pasamos juntos porque me tengo (nos tenemos) que repartir entre los tres hermanos.

Es mucho ese tiempo y por eso hace unos días decidí decirle que “ya sé que ahora no pasamos tanto tiempo juntos y que ya no jugamos tanto como antes, pero tranquilo que pronto podremos volver a jugar tú y yo, a leer más cuentos, a contarnos más cosas…”.

No es que vaya a dejar de trabajar ni me vaya a coger una reducción de jornada, es que los pequeños pronto crecerán, serán más autónomos, no hará falta procurarles tantos cuidados básicos y habrá más tiempo para repartir entre todos. Él, que es un niño mágico (a mí me lo parece), sólo me dice “vale, papá”, conformándose con lo poco que le doy, pero contento por saber que pronto habrá más, que lo mejor está por llegar.

Digo esto porque, como he dicho, el riesgo es elevado, pero yo he querido hacerle saber que no es que no quiera, es que no puedo. Y digo que el riesgo es elevado porque si en algún momento tu hijo o hija, tus hijos o hijas se huelen que no es que no puedas, sino que no quieres, el golpe a su autoestima puede ser grave.

Mirad a la niña de la viñeta otra vez y pensad en aquellas veces, cuando teníais su edad, en que os habría gustado que vuestro padre estuviera con vosotros y en vez de un “sí” recibíais una excusa. Recordad cómo os sentíais y tratad de pensar en cómo puede sentirse esta niña y todas las niñas y adolescentes que apenas han pasado tiempo con sus padres. Pensad en cómo serán.

Seguramente llegaréis a la misma conclusión que yo: niños y adolescentes faltos de referencias, con una autoestima probablemente tocada a la búsqueda de un grupo de amigos que les entiendan y acojan (que puede no ser algo malo, pero que puede ser peligroso, según sea el grupo). Niños y adolescentes que no saben comunicarse con sus padres porque sus padres tampoco saben comunicarse con sus hijos y, en consecuencia, padres que siguen tratando de educar para que sus hijos no se desvíen pero con escaso resultado, por no haber una relación de mínima confianza.

Como digo, es muy peligroso que tus hijos sientan que “no tienes tiempo para mí”, pero sí para otras cosas así que, si sientes que falta comunicación, que pasáis pocos ratos juntos, que no sabes cómo llenar el tiempo que pasas con ellos o si directamente parece que tu hijo te molesta, porque continuamente quiere estar contigo pero tú prefieres estar haciendo otra cosa piensa en tu responsabilidad como padre y educador, piensa en el futuro y piensa que tu hijo está ahí, con su mochila abierta, dispuesto a aprender de ti y dispuesto a confiar en ti, contento de que llenes su mochila y contento de poder poner cositas suyas en la tuya.

Mal puede acabar la cosa si andas con tu mochila abierta y, en vez de dedicar tiempo a llenar la de tu hijo te sigues dedicando, ahora que ya eres padre, a seguir llenando la tuya y no con cosas de tu hijo, sino con cosas que puedan llegar de los demás. Mal porque, como he dicho, alguien llegará en el futuro para llenar su mochila vacía y quizás entonces no te guste lo que haya dentro. Para entonces será quizás tarde, querrás llenar su mochila de golpe y ya no habrá espacio para tus cosas.

Imagen | Faro
En Bebés y más | “Aprovecha todo lo que puedas, que los niños crecen muy rápido“‏, ¿Tiempo de calidad o cantidad de tiempo?, Y dale con el tiempo de calidad y la cantidad de tiempo

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