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Dando motivos a las personas del entorno

Como ya he comentado en más de una ocasión, un buen día, tras ser padre, decidí tratar de educar a mis hijos de un modo diferente al tradicional, con más libertad, con menos control, tratando de entender las necesidades de mis hijos para cubrirlas, respetando sus tiempos y sus decisiones y tratando de ayudarles a ser ellos mismos.

Esto, que podría resumirse como “criar a tu hijo con apego”, porque va ligado a la teoría del apego de John Bowlby, tiene como inconveniente que vas contra corriente, que haces con tu hijo lo que sólo hace una minoría, que le tratas diferente a como el resto de padres tratan a sus hijos y que el entorno, a menudo, está en desacuerdo en cómo haces las cosas.

A menudo te lo hacen saber con sus consejos, porque creen que estás criando a un futuro demonio y, aunque tú confías en que tu modo de hacer las cosas hará que tus hijos les demuestren lo equivocados que están todo se tambalea, todo está a punto de desmoronarse, incluso tú y tus convicciones, cuando tu hijo se comporta de un modo que da argumentos en contra de la crianza con apego a los demás.

¿Argumentos en contra de la crianza con apego?

Sí. Los que tenéis hijos o hijas de dos a cuatro años y en adelante seguro que sabréis de qué hablo, porque sucede a veces que los niños te montan unas marimorenas de cuidado, y para más INRI en público y delante de la gente que te dijo hace tiempo que si seguías así el niño te iba a salir torcido.

Te monta una rabieta, se niega en redondo a algo, te lleva la contraria o te dice lo que quiere en ese momento y tú vas y le haces caso o cosas similares pueden ser ejemplos visibles, para los demás, de que algo estás haciendo mal al educarle de ese modo, y encima criticando el cachete a tiempo y el uso de castigos. “Tú sigue así, sin pegarle ni castigarle, que ya os enseñará quién manda en casa… de hecho, ya os lo está demostrando ahora…”.

Son esos momentos en que aprovechan para recordártelo y en los que llegas a flaquear:


  • “A ver si al final tenían razón y era mejor que lo hubiera apuntado a la guardería”.

  • “A ver si al final tenían razón y le he mimado tanto que ahora se convertirá en un déspota”.

  • “A ver si al final tenían razón y era mejor que hubiera dormido solo desde los seis meses”.

  • “A ver si tenían razón y los niños tienen que aprender que hay que obedecer a los padres”.

Suele pasar porque a todos nos ha pasado. Por suerte siempre hay alguien cerca que ha vivido algo parecido y nos puede ayudar. No hablo de cercanía física, sino de la cercanía que nos ofrecen hoy en día las redes sociales, donde puedes encontrar de manera virtual el soporte emocional que no se encuentra en tu ciudad, en la calle e incluso en tu propia familia.

Por qué los niños ofrecen dichos argumentos

La duda, evidentemente, es lícita: ¿por qué se comporta así? Si le he respetado, si le he dado libertad, si he estado con él, si hemos pasado miles de horas juntos, si he dormido con él, si hemos jugado a cientos de cosas, si somos uña y carne, si no podemos separarnos, ¿por qué me hace esto?

Pues precisamente por eso, porque le has dejado ser él mismo, porque le has permitido ser fuerte, tener su carácter, ser incisivo y constante en sus deseos y desarrollar su personalidad. En una persona adulta todos estos adjetivos, todas estas características, son las que hacen que una persona sea admirable (constante, con personalidad, con criterio, fuerte, con carácter, etc.). En los niños, en cambio, suelen ser motivo de queja y razón de iniciar algún proceso educativo que les doblegue, que les haga ser mansos, que les “domestique”.

Sin embargo, como he explicado en otras ocasiones, un niño debe ser fuerte para crecer, debe ser todo eso para llegar a ser él mismo, un individuo libre y capaz de tomar decisiones. El niño tiene que ser fuerte y los padres tienen que ser capaces de entender esa fuerza, para no acabar con ella.

El problema es que cuando a un niño se le permite ser él mismo, cuando crece en un clima de confianza donde se le permite expresar su opinión y donde se le tiene en cuenta, aparecen problemas. El niño da problemas. Es lógico, es otra persona en casa con sus inquietudes, deseos y motivaciones, y en ocasiones chocarán con las de los demás.

¿Problema?

Bueno, problema a ojos de los demás y problema para nosotros que vemos cómo los demás obtienen argumentos y cogen fuerza para seguir con la crítica. Para los niños no es un problema. Tener criterio y personalidad, expresar tus deseos y la disconformidad no es un problema, es una manera de ser fiel a tus convicciones y una manera de crecer, porque si bien cuando uno es niño puede ser muy vehemente expresando sus deseos, cuando crece aprende a ser más comedido y más asertivo, aún cuando la opinión permanece invariable.

Dicho de otro modo, la gente quiere niños dóciles, que no den problemas, que sean buenos. Los que criamos con apego, los que queremos enseñar a nuestros hijos a respetar y a pedir respeto queremos niños fuertes, de los que nos crean problemas, de los que tienen personalidad. No es que nos guste la sarna (aunque ya dicen que la sarna con gusto no pica), no es que queramos tener que estar todo el día lidiando con ellos, porque hay momentos en que cuando no es una cosa es otra, es que queremos que sean ellos mismos y queremos que sean fuertes para el mañana. Demasiados niños hay ya y demasiados adultos demasiado acostumbrados a agachar la cabeza.

Y ojo, cuando hablo de libertad y respeto, no hablo de permisividad. Sé que siempre lo digo, pero es que siempre se nos tacha de permisivos, de dejar hacer a los hijos lo que les da la gana y esto no es cierto. Digamos que hay muchas maneras de explicar a los niños lo que está bien y lo que está mal, lo que pueden hacer y lo que puede ser molesto para los demás, y pegarles y castigarles es sólo una de esas maneras y no precisamente la más agradable ni la más efectiva. Pueden tener su carácter, su opinión y defender su postura, pero no pueden perder el respeto a nadie (ni dejar que se lo pierdan a ellos, claro).

Foto | rolands.lakis en Flickr
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