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"No me compares, soy único y tengo mi propio ritmo": por qué no debemos comparar a nuestros hijos con otros niños

"No me compares, soy único y tengo mi propio ritmo": por qué no debemos comparar a nuestros hijos con otros niños
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Todos sabemos que cada niño es único, y que al igual que los adultos, tienen su propia personalidad, desarrollo y carácter exclusivo. Pero a pesar de tener clara esta premisa, nos empeñamos en compararlos casi constantemente, especialmente cuando son hermanos.

Pero comparar a nuestros hijos con los hijos de los demás no solo es una práctica errónea, sino que puede afectarles negativamente en su autoestima. Te explicamos por qué no debemos comparar nunca a los niños.

Profecía autocumplida: frustración e impotencia

Muchos padres creen erróneamente que si consiguen que sus hijos sean conscientes de las diferencias que hay entre ellos y otros niños, conseguirán que se esfuercen por ser mejores. Esto ocurre especialmente en las familias con más de un hijo, en donde se tiende a comparar a los hermanos con el objetivo de que unos imiten el comportamiento de los otros.

Pero muchas veces estas comparaciones van ligadas a una profecía autocumplida que hará que finalmente el niño actúe como nosotros le decimos y esperamos que lo haga. Podríamos pensar que esto no es tan malo, pero por desgracia sí lo es, pues el niño puede llegar a sentirse impotente y frustrado por no poder responder a las expectativas de su entorno.

Su autoestima se ve mermada

comparar a los niños es negativo para su desarrollo emocional

Vivimos en una sociedad cargada de ideales de belleza y éxito que marcan nuestra autopercepción desde la infancia. Por eso, es esencial que los padres fortalezcamos la autoestima de nuestros hijos desde que son muy pequeños, con el objetivo de ayudarles a convertirse en personas autónomas, fuertes emocionalmente y preparadas para enfrentarse a los retos que les deparará la vida.

Pero si en lugar de alentar y reforzar su confianza le comparamos continuamente con otros niños, estaremos mermando seriamente su autoestima, pues nuestro hijo percibirá que no es igual que aquel otro niño que tanto ensalzamos, y esto le generará desconfianza, tristeza, indecisión y una imagen negativa de sí mismo.

Dejará de intentar hacer aquello que le gusta

comparaciones

Pongamos un ejemplo muy práctico que probablemente se viva en muchas familias, de un modo u otro: tenemos dos hijas a las que les gusta bailar, e inconscientemente comparamos a ambas hermanas a la hora de realizar la misma disciplina.

Si una de ellas sale beneficiada con respecto a la otra (porque creamos que se le da mejor, tiene más destreza, más ritmo, coordinación...), es probable que la segunda acabe dejando de hacer lo que le gusta, pues sentirse medida, juzgada o comparada a cada instante no es plato de buen gusto para nadie.

Lo más seguro es que los padres ni siquiera se den cuenta de los sentimientos que sus comparaciones (quizá "inocentes" y "sutiles") estén causando en una de sus hijas, pero lo cierto es que lejos de alentar o motivar, las comparaciones acaban dañando la personalidad.

Sentimiento de envidia entre los niños

Cuando comparamos a nuestros hijos y estos son conscientes de las comparaciones, podemos generar en ellos un sentimiento de envidia hacia el niño con quien le estamos midiendo. Y es que a ninguno nos gusta que continuamente nos digan que debemos parecernos a tal persona, actuar como ella o comportarnos de la misma forma.

Si las comparaciones se realizan entre los hermanos, estaremos propiciando la aparición de los celos que afectarán negativamente a su relación presente y futura.

A los padres nos genera ansiedad

comparar a los niños

Para muchos padres es difícil no caer en la tentación de comparar a los hijos con otros niños de su edad, especialmente si es el primero. Asegurarte de que tu hijo hace o se desarrolla al mismo ritmo que los demás aporta tranquilidad, y si lo hace a un ritmo más rápido nos llena de orgullo. ¿Pero qué ocurre cuándo sucede lo contrario?

En las tertulias con otros padres hay quien se da cuenta de que su hijo no lee al mismo ritmo que el compañero de clase, no come igual de bien que su amiguito, o no hace el intento de ponerse en pie como parece que sí hace el hijo de nuestra vecina, que tiene su misma edad. Y lógicamente, estas comparaciones traen consigo un sentimiento de ansiedad y preocupación por saber si nuestro peque se estará desarrollando correctamente.

Cuando la familia aumenta, muchos padres dejan de comparar, pues ya saben por la experiencia primera que cada niño es un mundo y se desarrolla a su propio ritmo. Sin embargo, para otros el hecho de tener más de un hijo es la excusa perfecta para compararlos a todas horas: ritmo de crecimiento, pautas del sueño, comportamiento... "¡Cómo pueden ser tan diferentes siendo hermanos!", se preguntan.

Y es que en realidad, da igual que sean hermanos, primos o amigos. Todos los niños son únicos en su desarrollo y personalidad, y como tal deben ser respetados y tratados.

Por eso, si tienes cualquier duda, miedo o sospecha sobre el crecimiento y desarrollo físico y emocional de tu hijo, lo recomendable es consultarlo con su pediatra, pero nunca sacar tus propias conclusiones en base a las comparaciones que hagas con otros niños.

Evitar comparar no es fácil, pues esta conducta está tan arraigada en nuestro día a día que es necesario hacer un ejercicio profundo de reflexión para darnos cuenta de ello. Y es que quizá muchos padres comparan sin pensar en las consecuencias, pero lo cierto es que las comparaciones coartan al niño, no le respetan en su desarrollo y le impiden ser él mismo.

Fotos | iStock

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