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"Muchas personas que defienden los cachetes dicen que no están traumatizados por ellos". Entrevista al psicólogo Ramón Soler

"Muchas personas que defienden los cachetes dicen que no están traumatizados por ellos". Entrevista al psicólogo Ramón Soler
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Publicamos hoy la tercera entrega de esta interesante entrevista al psicólogo Ramón Soler. Avanzando en la reflexión que nos proponía ayer sobre las causas por las que los padres pegan o maltratan psicológica o verbalmente a sus hijos, vamos a intentar dilucidar si el haber recibido este tipo de educación ha dejado huellas en los adultos que la recibían de niños y también, y eso es fundamental, aprender a entender sus efectos y cambiar nuestra manera de comunicarnos con nuestros propios hijos.

Mucha gente dice que a ellos les pegaron y no se traumatizaron o no salieron mal. ¿Eso es así?

Resulta curioso que muchas personas que defienden los cachetes, digan que no están traumatizados por ellos. En mi opinión, el mero hecho de defender los cachetes ya indica que sí están afectados por la educación restrictiva que recibieron.

Aunque no se puede generalizar, este tipo de personas suelen ser represivas y reprimidas, tienen una forma agresiva de defender sus opiniones y muy poca flexibilidad mental para adaptarse a los cambios. Todas estas características son las que se observan en los niños que han sido maltratados y, si las encontramos también en los adultos que defienden los azotes, no resultará difícil deducir que sí están traumatizados.

¿Qué excusas se suelen dar los padres que usan los cachetes y bofetones para usarlos?

Las excusas son muy variadas, la mayoría de ellas se deben al desconocimiento de los procesos físicos y emocionales de los niños. Por otro lado, esos padres también sufrieron ese tipo de educación restrictiva cuando fueron pequeños y, muchas veces inconscientemente, buscan excusas autoconvencerse de que está bien pegar a los niños.

Los pretextos más habituales suelen ser que el azote no deja traumas emocionales, que con los niños no se puede dialogar y sólo sirve el azote, que “me duele más a mí, pero lo hago por tu bien”, que hay que prepararles para la dureza de la vida y otra larga lista de excusas que sólo muestran la cerrazón y la poca flexibilidad de unos padres que temen mirar en su interior y cuestionarse si la educación que recibieron de sus padres fue la correcta.

¿Se puede dialogar con un niño pequeño o es necesario, a veces, corregir con un cachete para evitar que se ponga en peligro o se desmande?

Los niños pequeños apenas pueden hablar y no podemos tener profundas charlas filosóficas con ellos, eso está claro, pero no significa que no entiendan lo que sucede a su alrededor. Es más un problema de maduración de su aparato fonador que de comprensión.

Desde muy pequeñitos pueden saber que hay cosas que no pueden hacer porque pueden ser peligrosas. Hay muchas maneras de advertirle del peligro, podemos sujetarle o cambiarle de sitio si está cerca de una estufa caliente, podemos elevar el tono de la voz si estamos lejos y le vemos en una situación de peligro inminente, pero el cachete nunca está justificado. Además, siempre podemos acompañar lo anterior de una explicación, diciéndole lo peligroso que puede ser hacer tal o cual cosa.

Tampoco debemos olvidar que debe ser tarea de los padres acondicionar el entorno de manera que sea lo más seguro para su hijo, neutralizando enchufes, bloqueando escaleras o escondiendo cuchillos. El niño va comprendiendo poco a poco el concepto de peligro, por eso no lo podemos dejar desatendido en sus primeros años.

¿Qué pasa cuando un niño acostumbrado a los azotes o tortas crece y se convierte en adolescente?

Últimamente, proliferan en televisión los programas en los que aparecen adolescentes conflictivos cuyos padres son incapaces de manejar. Muchos de ellos son agresivos e, incluso, llegan a pegar a sus progenitores. Todos (presentadores y público) se escandalizan y demonizan a estos chavales, haciéndoles ver lo violentos que son y cómo sufren sus pobres padres, a los que presentan como meras víctimas de todo el drama familiar.

El objetivo de los expertos es corregir a estos adolescentes violentos, pero en ninguno de estos programas he visto que intenten averiguar de dónde procede esa violencia investigando lo que sucede en el entorno familiar y profundizando en la infancia de esos niños para averiguar cómo les trataron sus padres. Quizás temen enfrentarse a la realidad de unas infancias con tremendas carencias emocionales y, en muchos casos, con maltratos físicos y psicológicos.

La violencia no aparece espontáneamente a los 13/14 años. Antes de eso, hay todo un proceso que empieza desde que los niños son muy pequeñitos con agresiones verbales, algún azote o quizás muchos, menosprecios y abandonos.

A veces, la violencia comienza incluso antes, desde la vida uterina, en la que estas personas ya se sentían despreciadas, poco queridas o recibían las mismas agresiones a las que era sometida su madre.

No deberíamos extrañarnos de que esos niños se conviertan en los adolescentes de los que renegamos en esos programas de televisión.

¿Cómo y cuándo podemos empezar a comunicarnos con nuestro hijo?

En realidad, podemos empezar a proporcionar a nuestros hijos los rudimentos de la comunicación ya desde el embarazo. Todos los estímulos que recibe el bebé uterino, la voz de la madre, la música, el tacto, nos pueden servir para establecer un primer diálogo con él. Resulta impresionante comprobar cómo el bebé reacciona de manera distinta cuando algo le gusta o cuando algo no le gusta, cuando está relajado o cuando está tenso.

Las mujeres embarazadas pueden jugar a dar unos golpecitos en un lado de la barriga y comprobarán que, al poco tiempo, su bebé se mueve y responde a esos golpes. Si, después cambian de lado y vuelven a dar unos golpes suaves, el bebé se volverá a mover.

Se ha comprobado que, nada más nacer, el bebé puede distinguir la voz de su madre de la de otras mujeres y que reacciona de manera distinta a palabras de su lengua nativa que a palabras de otros idiomas. Todo esto indica que el bebé está perfectamente equipado para atender al lenguaje.

Esa idea tan extendida de que, hasta los tres años, los niños no se enteran de nada está totalmente desfasada y es fruto del desconocimiento. La estupenda psicoanalista infantil, Françoise Dolto decía que “el ser humano tiene la misma capacidad de comprensión desde el momento de su concepción hasta su muerte”.

A pesar de que el Código Civil no acepta la bofetada como opción educativa o correctora, sigue habiendo muchos padres y hasta algún juez la defienden, ¿por qué?

Nos puede sorprender que personas inteligentes, instruidas y que han tenido que superar durísimas oposiciones, defiendan públicamente el uso del bofetón como medio para educar o corregir a los niños. Solemos asociar la violencia a personas de clase social baja y con poca cultura, pero se ha comprobado que el cachete está presente en muchas familias, independientemente de su nivel cultural, social o económico.

Quizás sea más fácil comprender que muchos jueces, médicos, psiquiatras, etc. defiendan golpear a los niños si pensamos que estas personas también fueron niños y, con toda probabilidad, fueron niños maltratados física o psicológicamente. Imagino que, como muchos otros, ellos también tuvieron que sacrificar una parte de su libertad y su espontaneidad de niños para adaptarse a las restricciones de sus padres.

Por desgracia, mientras los adultos no se liberen de las erróneas ideas que tuvieron que asumir en su infancia y no reconozcan el daño que sufrieron, seguirán condicionados en su trabajo por sus carencias y continuarán defendiendo la bofetada como método educativo.

Hasta aquí hemos llegado hasta hoy. La cuestión del maltrato hacia los niños en lo que se refiere a los azotes, gritos, menosprecio o amenazas sigue siendo un tema para el que nuestra sociedad sigue sin estar preparada.

Reconocer que los niños merecen el mismo respeto y protección que un adulto es complicado pues muchos de los adultos de hoy fueron niños que sufrieron acciones que les cuesta reconocer como negativas, y se ven condenados a justificarlas y repetirlas. Necesitamos herramientas para, una vez reconocemos que a un niño no se le puede hacer daño igual que a un adulto, sepamos evitar ese comportamiento en nosotros mismos.

Hemos aprendido mucho sobre la violencia hacia los niños gracias a esta entrevista con el psicólogo Ramón Soler, a quien le agradecemos su tiempo y su esfuerzo, pero seguramente no va a ser la última vez que hablemos de estos temas con él. Necesitamos más herramientas y son muchos los padres que las necesitan pues desearían educar a sus hijos sin azotes ni gritos.

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