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"Debemos bajar a nuestros padres del pedestal". Entrevista al psicólogo Ramón Soler

"Debemos bajar a nuestros padres del pedestal". Entrevista al psicólogo Ramón Soler
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Publicábamos ayer la primera entrega de la entrevista que ha realizado Bebés y más al psicólogo Ramón Soler, en la que nos adelantaba una explicación sobre la manera en la que los padres reproducimos la crianza que recibimos, incluyendo azotes, insultos o gritos. Queremos seguir profundizando en esa línea en esta segunda parte.

La mayoría de los padres aman con locura a sus hijos y hacen lo que creen mejor para ellos, pero eso a veces implica que comenten errores y que les hacen daño física o emocionalmente. La mayor barrera es entender, explicarnos y superar que quizá nuestros padres, si nos pegaron o usaron los castigos o amenazas, se equivocaron aunque nos amasen. Y si repetimos sus errores, sin duda, repetiremos el daño que nos hicieron a nosotros.

¿Cómo podemos asimilar que el que nos pegaran no estuvo bien sin por ello negar el amor que nos tenían nuestros padres?

Es una cuestión muy controvertida que debemos resolver si pretendemos ser adultos libres y emocionalmente sanos.

Parece difícil de entender que los mismos padres que nos pegan, nos digan a continuación que nos quieren. Para el niño supone una tremenda contradicción: por un lado, la intuición le dice que el amor no puede ir asociado a los golpes, pero los hechos le demuestran que, los que dicen quererle, le pegan.

¿Y como hacemos para interiorizar lo sucedido y darle cierto sentido?

A medida que crecemos, elaboramos complicadas teorías para tratar de armonizar estos conceptos, al fin y al cabo, siempre nos han dicho que los padres quieren a sus hijos. Pero nuestro yo más profundo sabe que algo no está bien, por eso nos sigue resultando chocante.

Lo entiendo, Ramón, pero no se como podemos entender este conflicto y superarlo.

Resolver esta paradoja es una parte primordial de cualquier terapia que realmente se interese por profundizar en las raíces de los problemas emocionales que sufrimos los adultos.

Explícame que hace el niño para sobrevivir al maltrato.

De pequeños tuvimos que adaptarnos y someternos, pero debemos poder quitarnos la venda que nos pusimos en la infancia para poder sobrevivir entre tanta contradicción y poner las cosas en su sitio, bajar a nuestros padres del pedestal donde los pusimos y verlos como personas de carne y hueso, entendiendo que no son perfectos y que tienen defectos.

¿Es bueno para nuestra salud emocional entender que nuestros padres se equivocaron?

Claro. Sólo entonces podremos preguntarnos si de verdad aquello era amor o eran maneras de moldear al hijo a su imagen y semejanza, siguiendo la misma educación restrictiva que ellos recibieron, sin ser capaces de cuestionarse nada.

¿Qué quieres decir con “moldear a su hijo a su imagen”?

Muchos padres utilizan a sus hijos para vivir a través de ellos la vida que ellos mismos no pudieron vivir. Y, para conseguirlo, recurren a todos los medios a su alcance, incluidos los cachetes, si el niño se desvía demasiado del camino que ellos le han organizado.

¿Qué pasa cuando repetimos lo que nos hicieron y damos el primer azote?

Yo creo que, cuando un padre o madre le da el primer azote a su hijo, algo debe sacudirse en su interior que le haga replantearse lo que ha hecho. Ese es el momento clave en el que los adultos pueden decidir cambiar su vida y la de sus hijos.

Afortunadamente, algunos se dan cuenta y deciden abandonar esa actitud, mientras que otros pasan por alto este momento de duda y siguen transmitiendo la misma violencia que recibieron.

¿ Quieres decir que nos amaron nuestros padres aunque nos pegaran o hicieran daño emocionalmente?

Podremos decir, a lo sumo, que nos amaron a su manera, pero que esa manera de amar no es amor. El amor conlleva respeto y pegar no es respetar.

Por amor, uno es capaz de modificar sus convicciones erróneas. Si no fueron capaces de cuestionarse el sistema educativo que sufrieron por parte de sus propios padres, debemos cuestionarnos hasta qué punto el amor que decían sentir por nosotros era sincero.

Y para terminar con este tema tan conflictivo, me gustaría dejarte con lo que pensaba Alice Miller sobre este tema: “El amor y la automitificación se excluyen mutuamente(...) El verdadero amor soporta la verdad.”

Entonces, te pregunto ¿sirve de algo pegarle a un niño?

Si lo que deseamos al pegarle es que deje de hacer algo, lo único que conseguiremos es que tenga miedo de nuestra reacción y busque la manera de seguir haciendo lo mismo, pero sin que nos enteremos.

A la larga, el niño perderá la confianza en sus padres y, con cada cachete, la comunicación con ellos se irá deteriorando. También es muy posible que deje de expresar sus emociones si percibe que no son bien recibidas y los psicólogos conocemos muy bien las dramáticas consecuencias, emocionales y físicas, de reprimir las emociones.

¿Aprenderá el niño que pegar y usar la violencia es aceptable si le pegamos?

Si. si a todo lo anterior le añadimos que el niño aprenderá que la manera de resolver los conflictos es a través de la violencia, podemos concluir que no sirve de nada pegarle a un niño.

Cuando se habla de pegarle a un niño, si no es una paliza, se suele minimizar el problema, pero lo mismo resultaría intolerable si hablamos de pegarle a otro adulto, y especialmente, ahora que la sociedad se está concienciado sobre el maltrato de género, a una mujer. ¿Tu crees que es diferente pegarle a un niño que pegarle a una mujer?

Los que pegan a sus hijos se indignan mucho cuando alguien les plantea la cuestión de si no están tratando a sus hijos igual que los maltratadores que pegan a sus mujeres cuando, en realidad, utilizan excusas muy parecidas para justificarse: “no me hace caso, no cumple con sus obligaciones, me ha respondido mal, ha contestado mal a mi madre…”.

Ellos aducen que, dado que la mujer es adulta y está “educada”, no hace falta corregirla, mientras que los niños son poco menos que animales salvajes y necesitan una guía para adaptarse a la sociedad, lo cual me parece una tremenda barbaridad.

En estas últimas décadas hemos avanzado mucho en la defensa de los derechos de la mujer y, aún así, se producen muertes casi todas las semanas.

Si, hay un gran rechazo al maltrato a la mujer, pero no es igual cuando hablamos de las mismas amenazas, gritos o golpes a los niños. ¿No es más grave incluso pegarle a un niño indefenso?

Pensemos en lo que sucede con los niños que son más pequeños, más indefensos y que no pueden coger las maletas e irse de casa: las consecuencias para la salud emocional son catastróficas.

Además, los niños agredidos o violentados por su entorno, se enfrentan a la permisividad social que existe frente a la violencia ejercida contra ellos. Todos conocemos casos de personas que se interponen a un agresor cuando está maltratando a una mujer, pero ¿cuántas personas se indignan cuando ven a un padre pegar o agredir verbalmente a su hijo? No muchas ¿verdad?

No, no muchas. Ninguna o casi ninguna. Yo misma he temido intervenir y cuando lo he hecho, me he quedado insegura sobre las consecuencias para el niño.

Según yo lo veo, todo tipo de violencia es reprobable. Tanto pegar a una mujer, como a un niño es una forma de abuso de poder físico y psicológico abominable.

La cuestión es que, para acabar con el ciclo de terror: violencia en la infancia, adultos agresivos que pegan o adultos sumisos que se dejan pegar, las campañas en contra de la violencia deberían empezar a centrarse en la infancia.

Paremos la violencia en la infancia y conseguiremos frenar la violencia en la edad adulta.

Pero, Ramón, no todos los padres tienen recursos educativos o emocionales cuando hay un conflicto con el niño, pierden el control o actuan como se hizo con ellos. ¿Qué podemos hacer si se “porta mal” un niño?

Podemos hacer un esfuerzo por entenderlos. Muchas veces pretendemos que los niños sean como adultos en miniatura y nos olvidamos de que el universo de los niños es totalmente distinto al de los adultos.

Quizás lo que esté haciendo el niño le sirva para aprender algo del mundo en el que vive, algo que dejará de aprender si le impedimos jugar a lo que esté jugando. Por ejemplo, un niño está absorto jugando con agua, pasándola de un recipiente a otro. Seguramente, derrame algo de agua por el suelo, pero ¿podemos decir que se está portando mal? Si le impedimos que siga experimentando con el agua bajo la excusa de que tiene que ser un niño bueno, quizás no le dé tiempo a asimilar lo que estaba aprendiendo con su juego.

Debemos tener mucho cuidado con las etiquetas que les ponemos a los niños. Los niños no son ni buenos ni malos, por lo tanto, portarse “bien” ó “mal” es algo que siempre depende del punto de vista del adulto. Si repetimos estas etiquetas, corremos el peligro de que el niño las interiorice y termine adoptando el papel de “niño bueno” o “niño malo”.

Entiendo, pero dime, ¿qué daños emocionales causa en un niño el que los que le tienen que proteger le peguen?

Según compruebo día a día en mi consulta, en primer lugar, crea un desconcierto tremendo y mucha inseguridad. Si los que, supuestamente, deben cuidarme, me tratan así, ¿quién va a ocuparse de mi bienestar? El niño no tiene otros padres, por lo que si quiere sobrevivir, acaba adaptándose a la situación en la que vive. Además, para amoldarse a las exigencias de sus padres, renuncia a su verdadera personalidad, la esconde bajo capas y capas de reglas, órdenes y sumisiones.

Con el tiempo, el niño terminará perdiendo su yo interior y asumiendo que el trato que recibe es lo normal, que lo merece por su forma de ser y que así es el amor.

La tensión que provoca vivir en un ambiente violento, donde en cualquier momento y por cualquier cosa te pueden dar un azote, genera una total indefensión. Esto tendrá un efecto dramático sobre la autoestima del niño, que arrastrará en su vida adulta y le afectará en sus relaciones de amistad y de pareja.

Además, tendrá una mayor tendencia a enfermar, debido que una larga exposición a las hormonas del estrés disminuye la respuesta inmunitaria del cuerpo y le hará más vulnerable ante cualquier ataque contra sus defensas.


Ramón Soler es psicólogo especialista en Hipnosis Clínica y experto en Terapia Regresiva Reconstructiva. Con amplia experiencia como psicólogo, se especializó en el tratamiento del autismo, en la Universidad de Málaga. Desde hace varios años, colabora con la Asociación malagueña SIDI, puntera en el tratamiento del Autismo.

Como experto en psicología infantil, ha desarrollado junto a Elena Mayorga Toledano (licenciada en Filosofía y Letras y escritora experta en literatura infantil) una terapia específicamente dedicada a los problemas psicológicos infantiles denominada Terapia de Guiones Psicoeducativos para niños.

Hasta aqui esta segunda entrega de la entrevista al psicólogo Ramón Soler, en la que nos ha explicado el perjuicio que nuestros padres, si nos pegaban o nos hacían daño emocional, nos causaron y nos ha dado unas primeras claves para entender las consecuencias que tiene repetir ese modelo.

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