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Estos días Iván nos ha ofrecido unas más que interesantes entradas acerca de la sobreprotección de los padres y madres hacia sus hijos que me han gustado por dos motivos: uno, porque es un tema que me parece interesante, ya que lo más habitual es hablar de padres que deberían hacer más por sus hijos o que “pasan” bastante de ellos y no de padres que están demasiado encima de sus hijos, y dos, porque al leerlas me he dado cuenta de lo difícil que es ponerse de acuerdo (la población en general) cuando se habla de niños, ya que algunas de las cosas que explicó yo las veo de una manera algo diferente.

Es cierto que la sobreprotección puede llegar a ser negativa para nuestros hijos, tanto a nivel del lenguaje, que es en lo que Iván se ha centrado más, como a nivel de desarrollo general, a nivel de autonomía y a nivel de socialización.

Hasta aquí creo que estamos todos de acuerdo. El problema viene cuando alguien dice: “vale, ahora dame ejemplos de cosas que hacen los padres sobreprotectores” porque hay gente que habla, por ejemplo, de sobreprotección cuando a un niño se le habla con tranquilidad y dulzura cuando eso no es sobreproteger. Digamos que sería interesante definir qué es ser un padre sobreprotector y qué no lo es y esta entrada viene a ser un intento de ello.

Qué no es ser un padre sobreprotector

En la primera entrada de Iván pudimos leer un ejemplo de sobreprotección que a alguna lectora y a mí mismo nos creó algunas dudas, pues no veíamos claro que fuera oportuno el no “sobreproteger” (entrecomillo, precisamente, porque no estaba del todo de acuerdo en que el modo de actuar debiera tratarse con dicho término):

Nuestro hijo o hija está jugando tranquilamente en el parque con su juguete favorito. Está inmersa en su fantasía cuando, de pronto, un niño que también estaba jugando por ahí se acerca a ella y sin decirle nada le quita el juguete, además de empujarle y haciéndole llorar. Nosotros hemos presenciado este acto de “vandalismo” infantil e indignados nos levantamos en dirección al niño, le quitamos el juguete y se lo devolvemos a nuestro pequeño.

Conclusión: hemos resuelto satisfactoriamente el problema, pero ¿qué ocurre con nuestro hijo o hija? Simplemente se ha limitado a observar, y cuando vuelva a ocurrir una situación similar en la que no estemos presentes, muy probablemente no sabrá cómo resolver el conflicto.

Leyéndolo nos imaginamos a una niña de unos 2-3 años y, si realmente es una niña de esta edad, no creo que estemos sobreprotegiéndola si actuamos. Si con esa edad vienen un niño (un bruto), le quita el juguete, le hace llorar y yo como padre no digo nada no creo que realmente esté enseñando a mi hija a valerse por sí misma. En todo caso creo que lo que consigo es enseñar al otro niño que puede usar la ley del más fuerte en su beneficio y a mi hija dos cosas: que a su padre le importa poco que le hagan daño físico y/o emocional y que me parece normal que alguien le quite sus cosas.

En una situación así lo que yo haría, sin considerarme sobreprotector, sería esperar a que el padre de ese niño actuara inmediatamente para devolver el juguete y, de no ser así, cogería a mi hija llorando y juntos iríamos a recuperarlo. El día de mañana quiero que mi hijos sepan que si alguien que se cree más fuerte va robando por ahí lo de los demás, no hay que quedarse impasibles (o cómo mínimo que sepan que eso no está bien, que es en cierto modo el mensaje que ofrezco si no hago nada ante el “robo”).

Ahora bien, si el ejemplo se refiriera a una niña de 5-6 años las cosas serían diferentes. El mensaje que como padres deberíamos ofrecer es el mismo: no está bien quitar los juguetes de los demás y menos si con ello produces tristeza, enfado o llanto, pero el modo de actuar sería probablemente diferente. Si mi hija tuviera 5 años intentaría decirle que ella misma explicara que a) no me gusta que me quiten mis juguetes, devuévemelo y b) la próxima vez, si lo quieres, me lo pides y ya veremos…

Los niños de 2 y 3 años están empezando a sentar las bases del mundo emocional y muchos aún no han empezado a relacionarse con otros niños ni para jugar. Si aún no han compartido juego con otros niños, es decir, buenos momentos, es imposible que sean capaces de compartir malos momentos. Por eso, si otro niño (con malicia o sin ella) le arrebata un juguete, lo único que le queda a nuestra hija es llorar. Si hacemos algo recuperaremos el juguete para ella. Si no hacemos nada, ella seguirá disgustada y aprenderá las cosas tan negativas que hemos mostrado antes (la ley del más fuerte, papá pasa de mis problemas, mis cosas no son importantes pues cualquiera se las puede quedar,…).

Los niños de 5 y 6 años, en cambio, tienen más control de las emociones y del lenguaje, son más autónomos y son más capaces de explicar lo que les gusta y lo que no les gusta. Además saben lo que es suyo y lo que no es suyo y son capaces de defenderlo si les hemos enseñado a ello (defendiéndolo nosotros cuando ellos no eran capaces). De igual modo son también más capaces de compartir y, si quieren, pueden tolerar que otros niños jueguen con sus cosas (si son niños conocidos, claro).

Qué es ser un padre sobreprotector

En la otra cara de la moneda se sitúan otros ejemplos, de los que también habló Iván y con los que sí estoy plenamente de acuerdo. Niños de 5-6 años con biberón, que no saben ponerse un vaso de agua, que ni lo intentan, que no saben vestirse y ni lo intentan porque sus padres se lo hacen todo, que no saben elegir cuando les preguntas porque siempre han decidido sus padres, que cuando encuentran un problema siempre acuden a sus padres antes siquiera de intentarlo porque sus padres han estado tan encima que no les han dejado ni errar. Eso es sobreprotección porque no se les deja crecer ni desarrollar su autonomía.

Sobreprotección entonces es:

  • No dejar que coman solos para evitar que se manchen, porque luego llegan a los 2 ó 3 años y aún no saben ni pinchar ni utilizar la cuchara.
  • Vestirles nosotros siempre porque vamos más rápido (aunque esto lo hacemos muchos, confieso).
  • Lavarles nosotros las manos, enjabonarles completamente, lavarles los dientes,… sin darles opción de intentarlo ellos.
  • No dejarles fregar el suelo con la fregona porque nos lo dejan todo perdido, cuando están intentando imitarnos y aprender de nosotros.
  • Decirles continuamente lo que tienen que hacer y tomar decisiones que ellos son capaces de tomar: con 4 o 5 años son capaces de decidir qué comer y qué no comer, pueden elegir algunas prendas para vestirse y pueden tomar otras decisiones que muchos padres no dejan porque consideran que ellos saben mejor lo que quieren/necesitan.
  • Interceder siempre cuando hay una discusión con otro niño en favor del hijo propio, aún cuando es el culpable de lo sucedido.

¿Mimar?

No, mimar a un niño, que es lo que yo defino como dar muchos besos, abrazos y caricias, no es sobreproteger. Eso es amar. Hablar mucho, querer comprenderle, querer escuchar sus problemas, querer buscar soluciones conjuntamente, dialogar en vez de reñir, hablar calmadamente en vez de gritar, explicar por qué no debería haber hecho algo en vez de castigar, eso no es sobreproteger, eso es educar tratando de transmitir valores.

Foto | Frédéric de Villamil en Flickr
En Bebés y más | Los peligros de la sobreprotección a nuestros hijos, Las consecuencias de la sobreprotección en el lenguaje infantil, La sobreprotección afecta al desarrollo infantil

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