
Estos días Iván nos ha ofrecido unas más que interesantes entradas acerca de la sobreprotección de los padres y madres hacia sus hijos que me han gustado por dos motivos: uno, porque es un tema que me parece interesante, ya que lo más habitual es hablar de padres que deberían hacer más por sus hijos o que “pasan” bastante de ellos y no de padres que están demasiado encima de sus hijos, y dos, porque al leerlas me he dado cuenta de lo difícil que es ponerse de acuerdo (la población en general) cuando se habla de niños, ya que algunas de las cosas que explicó yo las veo de una manera algo diferente.
Es cierto que la sobreprotección puede llegar a ser negativa para nuestros hijos, tanto a nivel del lenguaje, que es en lo que Iván se ha centrado más, como a nivel de desarrollo general, a nivel de autonomía y a nivel de socialización.
Hasta aquí creo que estamos todos de acuerdo. El problema viene cuando alguien dice: “vale, ahora dame ejemplos de cosas que hacen los padres sobreprotectores” porque hay gente que habla, por ejemplo, de sobreprotección cuando a un niño se le habla con tranquilidad y dulzura cuando eso no es sobreproteger. Digamos que sería interesante definir qué es ser un padre sobreprotector y qué no lo es y esta entrada viene a ser un intento de ello.








