
Preparados, listos ya. ¡Qué ganas de vacaciones! De tostar nuestra piel blanquecina al sol y de no hacer nada excepto bostezar por el hastío de un descanso perenne de 2, 7 o 15 días (quien pueda). Esta rutina que se repetía cada verano ahora plantea ligeras dudas y ciertos cambios ¡hay un bebé en la familia!
Queremos tener su cuerpecito resguardado de cualquier daño solar (y vital), por eso una procura nunca olvidarse de aplicarle crema en el empeine de los pies, las orejitas, la nuca y las manos.
Eso y agua de forma continuada son los ingredientes principales para que un día en la playa sea una jornada inolvidable. Posiblemente será inevitable que al bebé le de por comerse arena cual manjar exquisito, gatear hasta la toalla de los vecinos y acampar cual okupa en casa ajena y adorar, hasta beberla a sorbitos, u odiar hasta gritarla sin recato el agua de mar. Paciencia es lo que nos falta en el petate playero pero lo que nos sobrará es amor y ganas de diversión.
Una cometa con la que surcar el viento, piezas apilables con las que construir, arena, agua, una pequeña red para pescar pequeños seres (y soltarlos) rastrillos, cubos y palas, piezas para hacer quesitos de variadas formas, son los juegos que el bebé encontrará apasionantes pero aún más apasionante será destruir lo construido sin ayuda y cual Atila de paso por Constantinopla.