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Los niños con problemas del comportamiento tienen un cerebro diferente

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La posibilidad de saber cómo está funcionando el cerebro de una persona en tiempo real, gracias a las resonancias magnéticas, está haciendo que muchos de los problemas psicológicos o de conducta se vean reflejados también en el cerebro, viéndose cómo se activan o no ciertas zonas. Gracias a ello se ha podido estudiar también cómo funciona el cerebro de los niños con problemas del comportamiento.

Investigadores de Reino Unido han querido saber cómo reaccionan los niños ante imágenes de otras personas sufriendo dolor y han visto que los niños con problemas conductuales reaccionan diferente (sus cerebros funcionan de otro modo) que los niños con un comportamiento normal.

Cómo hicieron el estudio y qué concluyeron

Para hacer el estudio utilizaron resonancias magnéticas realizadas a los niños mientras les mostraban imágenes de otras personas sufriendo. Los niños con problemas de conducta, definidos como niños con conductas antisociales, que eran crueles con los demás, que se mostraban agresivos físicamente y/o que tenían una clara falta de empatía, mostraron unas respuestas reducidas al dolor de los demás, sobretodo en regiones del cerebro íntimamente ligadas a la empatía. Los niños más insensibles mostraron los niveles de activación más bajos de esas áreas del cerebro.

Según los investigadores, la existencia de este patrón de actividad reducida en los niños con problemas del comportamiento puede ser un factor de riesgo de psicopatía en la edad adulta, precisamente porque una psicopatía incluye rasgos como la insensibilidad, la manipulación, la búsqueda de sensaciones y las conductas antisociales. Evidentemente, dejaron una puerta a la esperanza al explicar que no todos los niños son iguales y que algunos cambian de comportamiento al crecer y madurar.

En palabras de Essi Viding, investigador del estudio:

Nuestros hallazgos indican que los niños con problemas de conducta tienen una respuesta cerebral atípica al ver a otras personas sufriendo [...] Es importante considerar estos hallazgos como un indicador de vulnerabilidad temprana, y no de un destino biológico. Sabemos que los niños pueden responder mucho a las intervenciones y el desafío es mejorar aún más esas intervenciones, de forma que podamos realmente ayudar a los niños, a sus familias y al entorno social más amplio.

El niño con mal comportamiento, ¿nace o se hace?

Leyendo el resumen de la investigación queda abierta la puerta a pensar que un niño nace con determinadas áreas cerebrales aletargadas o con poca capacidad de activación y que por esta razón acabe por desarrollar malos comportamientos. Sin embargo, dado que el cerebro es plástico, dudo que sea así, al menos en la gran mayoría de ocasiones.

El cerebro de un bebé es el 25% del cerebro que tendrá en la edad adulta. Esto quiere decir que tres cuartas partes de nuestro cerebro se forma en el exterior, en base a nuestras vivencias, a nuestro entorno, a nuestros intereses y, en definitiva, en base a todos los estímulos que recibimos, ya sean buenos, malos, mejores o peores.

Es muy posible que los niños con mal comportamiento sean así porque es eso lo que han mamado, o porque, como dice la canción, "soy rebelde porque el mundo me ha hecho así". De ese modo, si un niño crece con un comportamiento determinado, y éste se mantiene en el tiempo, su cerebro crecerá y se desarrollará en base a esos comportamientos. Por poner un ejemplo, una persona deprimida y depresiva difícilmente tendrá un cerebro cuyas áreas responsables de la felicidad se activen exageradamente al ver cosas bonitas.

Por suerte, no todo está perdido. El cerebro se comporta del modo que uno le enseña a hacerlo y en realidad no hacen falta resonancias ni escáneres para saber que si un niño tiene mal comportamiento y difícilmente reacciona ante imágenes de otras personas sufriendo podría ser en el futuro un adulto problemático. Lo importante es hacer cambiar al niño, hacer que trabaje el raciocinio, que empiece a trabajar la empatía y aquello de "no me gustaría que me hicieran lo que yo hago". Con el tiempo, a medida que un niño cambia, seguro que su cerebro también, activándose áreas antes "dormidas", de igual modo que un ciego agudiza el oído o un miedoso domina sus pánicos.

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