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La leche es un alimento líquido con una elevada proporción de agua y una composición de glúcidos, lípidos y proteínas bastante equilibrada que contiene una importante cantidad de sales, vitaminas y enzimas. Se trata de un alimento con proteínas de alto valor nutritivo y de una importante fuente de calcio.

La leche forma parte del grupo de los lácteos, que juegan un papel importante en la alimentación de los bebés y los niños. Durante el primer año constituye el alimento principal (teniendo en cuenta que a partir de los seis meses se empiezan a ofrecer nuevos alimentos que aportan nuevos sabores y diferentes concentraciones de nutrientes), aunque no como la conocemos. Los bebés amamantados toman leche materna, que es bastante diferente de la leche de vaca de la que aquí hablamos y los bebés que no son amamantados deben tomar fórmulas adaptadas que provienen de la leche de vaca, ya que ésta sería altamente perjudicial para ellos.

Como digo, la leche de vaca no es un alimento apto para lactantes (lactante: bebé de 0 a 12 meses) porque tiene efectos adversos sobre el estado nutricional del hierro, contiene muchos solutos, que producen una excesiva carga renal y tiene un contenido bajo en ácido linoleico, cinc, vitamina C y niacina, además de una elevada proporción de ácidos grasos saturados.

Además, la leche de vaca es altamente alergénica y el riesgo de desarrollar hipersensibilidad a las proteínas de la leche de vaca disminuye muchísimo a partir de los 12 meses, cuando el intestino de los bebés es mucho menos permeable y deja de absorber moléculas que meses antes pasaban fácilmente al torrente sanguíneo produciendo alergias.

La carga renal de solutos en la leche de vaca

La leche de vaca tiene un alto contenido en proteínas (nada menos que el triple que la leche materna) y sales minerales, por ello los lactantes que toman leche de vaca entre los 6 y 12 meses (por suerte cada vez menos, aunque en 1987 lo hacían el 40% de los niños de 6 meses y el 75% de los de 9 meses) llegan a tomar entre un 20 y un 100% más que los lactantes alimentados con leche de fórmula y entre 2 y 3 veces más de la cantidad adecuada para los bebés de esta edad.

Este exceso de proteínas, sumado al exceso de sales minerales, hacen que se produzca una sobrecarga renal de solutos. En condiciones normales, un lactante mayor tiene pocas dificultades para excretar la carga renal de solutos, pero en situaciones en que haya una ingesta reducida de agua o si las pérdidas de agua son elevadas (fiebre, alta temperatura ambiente, diarrea,...), las dietas con alta carga renal de solutos ayudan a que la deshidratación se produzca más rápidamente.

Para verlo más gráficamente, mientras que un lactante alimentado con leche de fórmula podría necesitar 5 ó 6 días para perder el 10% del peso corporal, un niño alimentado con leche de vaca podría necesitar sólo 2 ó 3 días para llegar a la misma situación.

La leche de vaca y las grasas

La composición de los ácidos grasos de la leche de vaca es muy diferente al de la leche materna. La leche de vaca contiene ácidos grasos de cadena corta que irrita el tubo digestivo de los bebés y que incluso llegan a inhibir la función eritropoyética (generación de glóbulos rojos) de la médula ósea.

Tiene también más ácidos grasos saturados de cadena larga, que provoca una peor absorción y un mayor efecto hipercolesteremiante y es deficitaria en ácido linoleico, ácidos grasos esenciales y en poliinsaturados de cadena larga.

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Lo cierto es que estas características, y el observar que en algunos estudios realizados a lactantes de 12 meses que tomaban leche de vaca se hayan evidenciado valores significativamente elevados de colesterol total y de LDL-colesterol (el llamado colesterol malo), hacen que haya controversia acerca de la cantidad de grasas que deben ingerir los niños y, sobretodo, acerca del tipo de leche que deben tomar.

La recomendación actual es la de no limitar la ingesta de grasa hasta al menos los 2 años, por el temor a que dicha limitación afecte al crecimiento. Además, los lácteos desnatados no se recomiendan pues no contienen ácidos grasos esenciales, son deficientes en vitaminas y cargan demasiado a los riñones, pues tienen muchas proteínas para la poca energía que aportan.

Entre la leche entera y la desnatada puede encontrarse la leche semidesnatada. La OMS la acepta a partir de los 12 meses, pero sugiere continuar con la entera, por aportar más calorías. Quizás lo más adecuado sería empezar a tomarla a partir de los 24 meses de edad.

Importancia del calcio en la alimentación infantil

El calcio es importante en la alimentación infantil porque es necesario para la formación y mantenimiento del esqueleto y de los dientes. Además es necesario para el correcto funcionamiento del sistema muscular y del sistema nervioso.

El 99% del calcio se encuentra en los huesos y pasa de suponer 30 g en el recién nacido a 1.200 g cuando la persona es adulta.

Se recomienda una ingesta diaria de calcio de 400 mg en los primeros seis meses, de 600 mg en el segundo semestre, de 800 mg en el período que comprende los 12 meses y los 10 años y 1.200 mg durante la adolescencia. Esto equivale a entre dos y cuatro raciones de lácteos al día, según la edad.

La leche de vaca y el estado nutricional del hierro

La leche de vaca afecta de un modo importante al estado nutricional del hierro por diversos motivos:

  • Tiene un contenido muy bajo en hierro, por lo que es fácil que un exceso de ingesta produzca un déficit (si los niños toman mucha leche, comen menos de otros alimentos con más contenido en hierro) y, teniendo en cuenta que la leche es líquida y que muchos niños siguen con el biberón durante años (más fácil de tragar que en vaso), son demasiados los niños que llegan a beber más de un litro de leche al día, a todas luces excesivo si además sumamos yogures, natillas y similares y si tenemos en cuenta que cuando son pequeños es suficiente con dos raciones lácteas al día (500 ml o dos yogures).
  • Reduce la biodisponibilidad del hierro procedente de otros alimentos y tiene factores inhibidores de la absorción del hierro. No sólo tiene poco hierro, sino que además tiene la capacidad de alterar la biodisponilidad del hierro que llega de otras fuentes, haciéndolo menos útil para el cuerpo y de dificultar la absorción de dicho hierro. Esto no quiere decir que no haya que tomar leche, sino que si se toma demasiada, se ingiere poco hierro y el poco que llega de otros alimentos se absorbe peor.
  • Tiene tendencia a producir hemorragias intestinales. El consumo de leche de vaca, sobretodo en los primeros meses de vida, puede producir pérdidas de sangre gastrointestinal. Esto hace que el riesgo de anemia sea alto en los bebés. Las hemorragias intestinales parecen ir desapareciendo progresivamente entre los siete meses y medio y los 12 meses de edad.

Por todas estas razones se recomienda no ofrecer leche de vaca hasta al menos los doce meses de edad. Si el bebé es amamantado, no hace falta que tome dicha leche hasta más adelante, aunque, evidentemente, no pasa nada si la toma (a veces en forma de batidos, con cacao o similares). Si el bebé toma leche artificial, puede empezar a tomarla a partir de los doce meses, aunque personalmente me parece más lógico que empiecen a partir de los 18 meses, ya que las fórmulas adaptadas tienen menos proteínas y más hierro.

Fotos | adjustafresh, Tambako the Jaguar en Flickr
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